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La diversidad cultural y la paz

En poco más de diez años el mundo ha cambiado considerablemente. No sólo sufrió una profunda transformación que lo condujo en el plano internacional de las realidades bipolares hacia una realidad más diversificada que se busca hoy entre multilateralismo y unilateralismo, sino que además ha sido objeto de una transformación tecnológica que ha acercado a las culturas del mundo, gracias a un progreso inédito de las tecnologías de la comunicación, y las ha puesto en contacto unas con otras. Estas dos transformaciones, la del poder y la de la comunicación, han tenido consecuencias importantes y contradictorias en la evolución en curso y en la relación de las culturas entre sí.

La diversidad cultural y las amenazas que la acechan

La transformación del poder a escala mundial nos ha enfrentado de pronto a la polisemia del mundo. La desaparición de las divergencias ideológicas de la Guerra Fría, el final de las certezas mesiánicas, el derrumbe de las ilusiones de un progreso obtenido al precio de la supresión, cuando no del aplastamiento, de los derechos humanos han suscitado la esperanza de un mundo descompartimentalizado, liberado ahora de las trabas a la libertad y la libre expresión. Se entiende por «polisemia del mundo» la propensión de cada cultura a expresarse en el espacio mundializado realzando sus propios valores, reivindicando su identidad como una fuente inagotable de la que surgen una visión del hombre y de sus derechos, pero, asimismo, una representación de los grupos y sus lazos de civilidad. El espacio mundializado ha dado lugar a la mayor visibilidad de las culturas. El progreso de las tecnologías de la comunicación también desempeñó en ello un papel importante. Hizo que la proximidad de las culturas se volviera palpable y que su coexistencia fuera pensable. Jamás como en la mundialización se han tejido esas relaciones múltiples que nacen entre las culturas cuando toman unas de otras sus rasgos distintivos, cuando éstas se mezclan y se mestizan tomando entre sí sus rasgos específicos para integrarlos cada una de ellas en su espacio social y simbólico propio. Este intercambio a escala mundial indica una aculturación, una asimilación por parte de cada cultura de una porción del alma y la materialidad de las culturas otras.

Sin embargo, en el momento en que surge la diversidad y el pluralismo culturales, la cultura, cada cultura, se expone a grandes peligros. No tanto el peligro de ver su unidad en riesgo de quebrarse o su homogeneidad ceder ante el aporte de culturas alógenas. Más bien el peligro de verse amenazada en su centralidad y en su exclusividad como dispensadora de sentido y valores. Surge entonces la amenaza confusamente percibida de ver desaparecer el carácter «operatorio» de la cultura cuando ésta tiende a informar el comportamiento de los seres que la comparten, cuando les indica modalidades de comportamiento o modos de pensamiento aceptados en la sociedad en la que viven, cuando ya no basta para construir esa forma de reconocimiento en la cual todo ser se encuentra a sí mismo y encuentra las raíces de su ser que llamamos «identidad». El riesgo es entonces quedar desenclavado en su propio espacio simbólico, excluido de su propio mundo, vuelto sin embargo a tal punto extraño para sí que el universo cultural de cada individuo se transforma en un mundo de extrañeza y alienación. Tales eran, hasta no hace mucho tiempo, las angustias y los miedos de los pueblos del Tercer Mundo en la época de la colonización cuando comunidades enteras dejaban de reconocerse en su cultura de origen y comenzaban a sospechar que un poder exterior les quería imponer su propia cultura. Surgían oposiciones y resistencias que nutrían rebeliones contra la opresión, incluida en sus formas culturales. Felizmente hemos superado todo aquello. La época en que los pueblos intentaban imponer por la fuerza a otros sus normas y valores ha quedado en el pasado. Pero nuestra época, más insidiosa, tiende, mediante una suerte de «coerción simbólica» (Bourdieu) ¯esa fuerza que se ejerce sobre los espíritus¯ a infiltrar los poros culturales de las sociedades para moldear ese hombre cultural «unidimensional», retomando la expresión del desaparecido filósofo Herbert Marcuse, que señalaría el nacimiento del tiempo mundializado de la cultura homogénea. En los albores de esta nueva época, podríamos decir que tres peligros acechan la diversidad cultural.

Diversidad cultural y hegemonía

Un primer peligro es que la diversidad cultural se torne en ventaja de una «supercultura», una cultura de culturas, que se impondría desde arriba a todas las culturas, cubriéndolas y volviéndose de algún modo el idioma común de la mundialidad. El peligro no reside aquí en anular las culturas en su existencia diversificada y diferenciada, sino simplemente en provocar la relegación de las culturas, su marginalización. Éstas últimas quedarían entonces reducidas a un estatuto de «indigenidad», similares a esas lenguas vernáculas que no tienen otra función que la de expresar el aspecto utilitario de la vida, dejando a la «supercultura» la función de decir y vehicular las transformaciones del mundo, los nuevos valores y las innovaciones que importan en la vida de los hombres. Es una postura de esquizofrenia cultural la que lleva a separar en la vida de los grupos culturales lo que tiene que ver con las normas y la tradición, por un lado, y lo que depende de las técnicas y los valores que se les vinculan, por el otro. En esta nueva configuración, la «supercultura» permitiría incluso el pasaje de una cultura a otra. Sería el médium obligado entre las culturas. Sería, en suma, la lengua en la cual todas las lenguas del mundo podrían encontrar su equivalente, traducirse y comprenderse. Desde luego, el riesgo no reside en el pluralismo de las lenguas y culturas, sino en una especialización rígida que asignaría, en definitiva, a una lengua o a una cultura funciones que no se les otorgaría a las demás. El conjunto cultural lingüístico anglosajón está a punto de ocupar esta posición dominante, mediante su lengua, su potencia tecnológica y económica y su influencia en el universo de los medios de comunicación. Se encuentran allí reunidos todos los ingredientes de la hegemonía y una especie de signo de la potencia que existe. Y que viene. Querer ignorarlo implica exponerse no a una monocultura sino a la aceptación de lo que podríamos designar como una lengua de lo esencial: una lengua del mundo que impondría al mundo su lengua administrativa, artística o científica y que dejaría a las demás lenguas y culturas un ámbito de especificidad menor, fragmentos de historia confinados al folklore de las naciones. Preservar la diversidad cultural es permitir la omnifuncionalidad cultural, es decir, que cada cultura pueda asumir por medio de sus elementos constitutivos y sus valores específicos los diferentes aspectos de la vida cultural, científica o estética de una comunidad humana.

Diversidad cultural y repliegues identitarios

A la inversa del primero, el otro peligro que acecha a la cultura, y con ella a la diversidad cultural, es el del arrinconamiento: que quede reducida a significar un marcador de identidad tan estrecho y autocentrado que termine excluyendo cualquier coexistencia. De hecho, con las guerras identitarias y los conflictos étnicos que han ensangrentado durante la última década a países de pluralismo cultural, hemos visto identidades llevadas al extremo reivindicando para sí, y excluyendo a las otras, el territorio, la ley y el poder. El repliegue de las culturas sobre sí mismas, este nivelamiento «hacia abajo» de la identidad reducida a los albures del nacimiento, el color de la piel o la afiliación religiosa, da cuenta de la función restrictiva y de exclusión que puede asumir la cultura en ciertas circunstancias. Todo ocurre entonces como si el grupo, consolidado en torno de sus valores y sus símbolos que ya no sirven más que para garantizar su unidad y cohesión, se cerrara a toda alteridad, negándose incluso a tolerar sus huellas en el espacio que le es propio. En nombre de una identidad de combate, «mortífera», étnica y discriminatoria, la vida con los demás se declara imposible. La tierra es entonces «limpiada» en nombre de la identidad. Las comunidades y los grupos que no comparten la cultura, la lengua o la religión del grupo más poderoso sufren debido a su diferencia las exacciones más duras. Esta instrumentalización de los valores y las culturas por la que se convierten en fortalezas del encierro identitario es una inversión de las funciones de la cultura. La identidad se vuelve una herramienta destinada exclusivamente a la definición de sí mismo y el principio de una oposición a los otros. Los valores, el espacio y la razón política son puestos al servicio de la exaltación de la identidad más estrecha. La diversidad cultural ya no está limitada o amenazada. Es simplemente negada. La guerra se inscribe así insidiosamente en las funciones de la cultura.

Una de las primeras funciones de la cultura en los conflictos es que ésta aparece como un prescriptor de identidad. Cuando las naciones estallan y se derrumba la autoridad que garantizaba su unidad, o la identidad política que garantizaba su cohesión, se apela fuertemente a la cultura, a través de algunos de sus aspectos tales como la lengua o la religión, como el marco dispensador de una identidad alternativa. La identidad cultural se hace valer entonces como el sustituto de una identidad nacional difunta o desfalleciente. Así, sin ser exclusiva de otros elementos culturales, la religión, por ejemplo, es llamada a desempeñar el papel de soporte identitario en comunidades que no dejan de reconocerse en la identidad nacional que, antaño, englobaba las diferentes pertenencias de los ciudadanos de un Estado o los miembros de una nación. En Bosnia, la configuración de las fuerzas antagonistas en presencia cubría la pertenencia a las comunidades, ortodoxa, católica o musulmana. Las poblaciones de Bosnia tienen sin embargo una lengua en común. La diferenciación en comunidades distintas se operó sin embargo sobre una línea de fractura religiosa trabajada por una historia trágica. Se podría comparar fácilmente el caso bosnio con el caso libanés, en el cual comunidades confesionales aun sumergidas en el mismo universo lingüístico y en el mismo entorno global han percibido no obstante, durante la guerra que desgarró al país, su identidad y su porvenir a través de las grillas de valores y cultura antagonistas.

Una segunda función que cumple la cultura en situación de conflictos identitarios tiene que ver con la legitimación que puede aportar a la acción política del grupo en guerra. Este carácter difuso, casi espontáneo, puede agravarse y volverse explícito cuando instancias culturales, regionales o religiosas asignan un claro reconocimiento a causas étnicas, clánicas o confesionales. La cultura desempeña en este caso el papel de una religión desviada que aporta una suerte de «bendición» a una causa, haciendo creer, por ejemplo, que violencias «inevitables» inherentes a la acción son «aceptables». La línea y los medios de defensa del grupo son presentados como estrategias de supervivencia frente a la amenaza que harían planear comunidades opuestas.

Por último, las culturas presas en los meandros de los conflictos pueden transformarse en una verdadera fuerza de movilización. En circunstancias de crisis, la cultura da testimonio de su temible capacidad de sensibilizar los espíritus y galvanizar las energías. Orientado a la defensa de una tierra «sagrada» o de una causa igualmente «sagrada», el combate identitario cobra el aspecto de una guerra santa. Tras su impulso pueden constituirse partidos llamados religiosos que hacen del componente religioso de ciertas identidades una verdadera plataforma para el activismo político. En numerosos conflictos del mundo, en India, Afganistán, Sudán, Israel/Palestina, la radicalización política puede extraer del fondo cultural de las religiones los resortes de su acción. Proteger la cultura o los valores del grupo, preservar su territorio, se convierten en exigencias de reacción a favor de la salvaguarda de un «sagrado-profano» que reviste en la ocasión todos los rasgos de lo sagrado. Lo político termina de instrumentalizar la cultura ¯en realidad, de someterla a los fines del poder, de preeminencia o reparto inicuo de las riquezas, cuando llega a sacralizar el espacio comunitario (topos), a exaltar las normas, los símbolos, los valores y las reglas del grupo (nomos) y a establecer un discurso (logos) de exclusión.

Diversidad cultural y choque de imaginarios

El tercer peligro que acecha a la cultura se sitúa en el plano internacional. La mundialización, antes de ser un acercamiento de los espacios, es un poderoso revelador de desigualdades. La situación de indefensión en la competencia económica internacional de conjuntos geoculturales que ocupan posiciones de importancia desigual, el triunfo del mercado y de los valores correspondientes al orden liberal, la preeminencia ligada a los derechos humanos como si pertenecieran a una única civilización y que su formulación dependiera de una única cultura, todo ello ha agrandado la distancia entre las regiones del mundo. Una impresión de triunfo se desprendía de la proclamación de un «fin de la historia», entendida como el congelamiento del mundo en una imagen, una configuración y un modelo que serían los de Occidente. Los trágicos acontecimientos de Irak ilustran esta percepción diferenciada y esta sospecha de hegemonía que puede ser vinculada a una cultura cuando ésta mezcla las razones de una intervención con el advenimiento de un orden moral o cultural. El drama del choque contemporáneo de valores y símbolos reside en esta parte supuesta e imaginada de superioridad cultural y de gobernanza que se pretende ética y que se propone como lo que está casi exclusivamente en juego en las relaciones internacionales. En realidad, si existe drama, éste reside más bien en el hecho de tomar la vía de las culturas y especialmente las religiones para expresar y encarrilar las protestas contra un orden del mundo percibido como injusto. Reside también en el recurso a lenguajes culturales en los cuales la función crítica se moldea en los términos de una oposición cultural para construir estrategias de protesta. Todo ocurre como si las líneas de fractura ya no fueran las de las ideas o las ideologías ¯es decir, de naturaleza política¯ sino las de las culturas ¯de naturaleza normativa. Las culturas se opondrían en un enfrentamiento por la imposición de los principios de regulación del orden internacional. Si la teoría del choque de civilizaciones tiene algún viso de verdad, habría que poner en foco el torcimiento y el desvío de los filtros culturales de percepción del mundo toda vez que fracasen el diálogo y la cooperación. El error de una teoría del choque de las civilizaciones consiste en olvidar que la cultura es inseparable del progreso y la organización material del mundo, y que la movilización cultural adviene cuando la toma de conciencia de un retraso es agudizada por la marginalización en la participación equitativa en la gestión del bien común universal o en la toma de decisiones.

El diálogo de las culturas, cuya finalidad es el acercamiento de las culturas, supone como primera condición su libre expresión y la preservación de su diversidad. Pero supone también un entorno favorable a la concertación sumado a la voluntad de asociar los destinos de los pueblos a la gestión de su planeta común. Defender la diversidad de las culturas es a la vez defender la especificidad de cada cultura con relación a todas las demás y la necesidad para cada una de ellas de cooperar con las otras.

Las funciones de la cultura

Antes de pensar estrategias de cooperación, este modo de abordar los problemas de la diversidad y los peligros que pueden amenazarla nos lleva a señalar, a manera de recordatorio, las funciones que la cultura cumple o debe cumplir para que sean preservados el diálogo y la cooperación entre los hombres.

La cultura es ante todo el prisma a través del cual un hombre lee el mundo, da un sentido a la vida en sociedad, una orientación a la organización de sus relaciones con los otros y a la coexistencia de las sociedades entre sí. La cultura comporta una parte de organización material de la vida social del mismo modo que sintetiza para cada miembro del grupo que se reconoce en ella los valores fundadores de su ser en el mundo y su ser con los otros. Tanto, si no más, como los valores seculares, toda cultura vehicula las dimensiones de la transcendencia. Cuando un grupo humano se encuentra movilizado por una causa importante o se siente amenazado, estos valores pueden volverse un refugio que puede transformarse en bastión y una defensa que puede convertirse en violencia. Nosotros, que vivimos hoy un encuentro inédito de las culturas, algunas de las cuales atraviesan un momento de resurgencia de lo religioso, deberíamos estar más atentos aún a este cruce particular de los valores del cielo y de la tierra.

La cultura es, en segundo lugar, un vector de identidad. Es un signo de pertenencia porque ha sido antes que nada un medio de socialización, educación y formación de la parte colectiva de nuestra identidad. En este sentido, es tradición y transmisión. La tradición es lo que es dado como un marco histórico de referencia, de enraizamiento e identificación. Transmitir es mantener el vínculo que une a las generaciones y proponer a cada individuo las condiciones de su inserción en el conjunto al que pertenece. Preservar los lugares simbólicos de pertenencia y perennizar los canales de la transmisión es trabajar por la salvaguarda de las culturas y obrar con vistas a la diversidad cultural.

Finalmente, la cultura es lo que reúne a los seres humanos en la común humanidad. La cultura es, pues, también una manera de ver a los otros, de pensarse con ellos, de tomar conciencia de que la pertenencia a un grupo comanda al mismo tiempo ciertas reglas de relación con los otros. Lo cultural es de entrada también lo intercultural. En efecto, ¿de qué valdría una cultura que no sirviera más que a la definición de sus miembros en un mundo en el que ninguna cultura está sola ni es solitaria? Formular la pregunta de este modo implica admitir que toda cultura está orientada hacia los otros y que esta orientación define múltiples estrategias. Estas estrategias pueden favorecer actitudes de apertura como pueden generar bloqueos, desconfianzas y conductas de cierre. «Nosotros y los Otros»: la dialéctica de las relaciones interculturales permanece abierta. Por tanto es una puerta hacia la alteridad y el soporte de una cultura de paz y cooperación entre conjuntos diversos y plurales. «Nosotros contra los Otros»: la defensa identitaria se convierte en el único objeto de la política cultural. Contribuye a la creación de barreras culturales y se torna hostilidad y desconfianza. Del devenir de las relaciones entre las culturas plurales depende no sólo el futuro de la diversidad, sino también el refuerzo de nuestras defensas culturales contra el choque de los imaginarios y la exacerbación de las pasiones identitarias.

Propuestas para una estrategia de refuerzo de la diversidad y la cooperación culturales

Las propuestas para un refuerzo de la cooperación entre las culturas con vistas a crear un entorno pacificado tienen que ver tanto con estrategias culturales que apunten a la cultura de la paz y su difusión, como con verdaderos modos de prevención, gestión y resolución de conflictos que nacerían en circunstancias de gestión de reivindicaciones culturales o de percepciones contradictorias de valores e ideas en el plano mundial.

La difusión de la cultura de la paz podría entenderse según tres ejes.

Un eje del ver, en primer término, en el que se trataría de colaborar para una modificación de las percepciones y las imágenes de las culturas otras. Más específicamente, la difusión de «clichés culturales» vehiculados por los medios masivos de comunicación requiere que se intente una educación a las culturas otras para no seguir cultivando esquemas someros y simplistas, cuando no caricaturales o depreciativos, que favorecen los prejuicios y las imágenes deformadas del Otro. Esta estrategia implica una acción de socialización y de educación en la base, por la vía de la promoción de la diversidad cultural en el nivel de los programas de enseñanza, de la escuela a la universidad. Esta óptica ha sido adoptada por la Francofonía en la Conferencia Ministerial de Cotonu sobre la cultura en 2001. Una colaboración entre nuestras tres áreas lingüísticas permitiría coordinarla y generalizarla. Nada se podrá intentar en la materia si, en lo tocante a los medios de comunicación audiovisuales, no se emprende una política de sensibilización a la diversidad cultural, respetuosa de las especificidades y de la dignidad de cada una de las culturas.

Un eje del creer, en segundo lugar, que reconocería todo su lugar a las convicciones, las ideas, las creencias y los modelos culturales de los otros. Es necesario un mejor conocimiento de las culturas, las religiones y los sistemas de valores si se quiere honrar, respetar y proteger la diversidad cultural. De la ignorancia de los ideales de civilización y las convicciones morales, culturales o religiosas nace la desconfianza o, peor aún, el fanatismo que hace de la cultura propia un sistema de verdad y de la de los otros un tejido de errores o anacronismos. La tragedia del 11 de septiembre ha dado lugar, de una y otra parte, a un florecimiento de juicios apresurados de alcance cultural, moral o religioso que traducían, cuando menos, un desconocimiento de los sistemas de valores y creencias. Podría considerarse la posibilidad de organizar un diálogo trilateral, intercultural e interreligioso, asociando a representantes calificados de los grandes sistemas filosóficos y religiosos de nuestro tiempo.

Por último, un eje del poder, entendido como una capacidad de actuar, dado que se trata de organizar la diversidad cultural, en todos los niveles, y respetar en el plano constitucional y político el derecho a la diversidad cultural. Por consiguiente, más allá de la protección de las identidades culturales, habrá de encontrarse un equilibrio, en el respeto de las formas democráticas, entre la universalidad del derecho y la particularidad de los derechos culturales en el seno de los conjuntos nacionales. Una democracia abierta, representativa de la diversidad de lenguas y culturas, con una dimensión consociativa, es decir, de gestión del pluralismo gracias a la participación activa de todos los actores de la vida social, política y cultural es el mejor medio de hacer oír las voces de la diferencia.

En cuanto a los medios de prevenir, gestionar y resolver los conflictos, especialmente en el plano de su dimensión cultural, y de hacer de la diversidad cultural uno de los fundamentos de la paz, habrá de concebirse una acción de envergadura. Esta acción se articularía en torno de tres puntos fundamentales.

En primer lugar, se impondría un trabajo de elucidación, que consistiría en reflexionar sobre las amenazas a la paz propias de nuestro tiempo. Es preciso un informe sobre el «estado del mundo». Este informe tomaría la medida de las amenazas que pesan sobre la paz y la seguridad internacionales. Diagnosticaría con detenimiento las fracturas, especialmente aquellas de tipo cultural que acechan el orden internacional y preconizaría una serie de medidas a tomar para prevenir la amenaza y reducir la brecha cultural que separa a las naciones y los conjuntos geoculturales del mundo.

Luego, habrá de emprenderse un trabajo de observación y de alerta. Podría llevarse a cabo mediante la creación de un observatorio de las prácticas democráticas, del respeto de las libertades, los derechos humanos y la paz. En la continuidad del Simposio Internacional de Bamako, que prevé un mecanismo muy preciso de alerta, investigación y sanciones en caso de violación de los derechos humanos y de ruptura del orden constitucional y de la paz, sería inminente la implementación de un observatorio de este tipo.

Por último, debería programarse un trabajo de mediación. Se llevaría a cabo a través de la creación de un Centro de mediación y facilitación cuya tarea principal será formar mediadores y proponerlos en casos de conflictos a las partes en disputa de manera de ayudarlos a superar sus diferendos. Este Centro capacitará en modos de resolución pacífica de conflictos poniendo el acento en el abordaje cultural de la resolución de conflictos con el fin de contribuir a la construcción de sociedades pacificadas.


Autor:

Joseph Maila (*)

Docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas en el Instituto Católico de París. Profesor de Ciencias Políticas y Director del Centro de Investigación sobre la Paz (CRP, París) y del Instituto de Formación en Mediación y Negociación (IFOMEN). Miembro del Comité de redacción de las revistas Esprit y Etudes




 

 

Diversidad cultural¿Cuál será el impacto de una red informática mundial que permita la expresión abierta y la circulación de todos los tipos de documentos sobre los foros culturales? La construcción de las sociedades de la información inclusivas vuelve a lanzar el debate sobre la diversidad cultural, renovando la percepción común y la evolución de este término de contornos mal definidos. Detengámonos en el sentido de los dos términos diversidad y cultura.

¿Cuál será el impacto de una red informática mundial que permita la expresión abierta y la circulación de todos los tipos de documentos sobre los foros culturales? La construcción de las sociedades de la información inclusivas vuelve a lanzar el debate sobre la diversidad cultural, renovando la percepción común y la evolución de este término de contornos mal definidos. Detengámonos en el sentido de los dos términos diversidad y cultura.

La diversidad es a menudo percibida como una disparidad, una variación, una pluralidad, es decir, lo contrario de la uniformidad y de la homogeneidad. En su sentido original y literal, la diversidad cultural se referiría entonces simplemente a la multiplicidad de las culturas o de las identidades culturales. Pero hoy en día esta visión está superada, ya que para numerosos expertos, la “diversidad” se define no tanto por oposición a “homogeneidad” sino por oposición a “disparidad”. Es sinónimo de diálogo y de valores compartidos. En efecto, el concepto de diversidad cultural, así como el de biodiversidad, va más lejos en el sentido de que considera la multiplicidad de las culturas en una perspectiva sistémica donde cada cultura se desarrolla y evoluciona en contacto con las otras culturas.

En lo que se refiere a la cultura, ella tiene sus orígenes en la palabra latina cultura que designaba el cuidado de los campos y del ganado. A partir del siglo XVI, significará la acción de cultivar, es decir formar, acepción de la que se desprende el sentido que se le da hoy en día, a saber lo que forma y moldea el espíritu. La cultura se torna entonces ese conjunto de significaciones, de valores y de creencias que determina nuestra manera de hacer y estructura nuestros modos de pensar [1].

Un desafó económico y cultural

El término “diversidad cultural” ha sido utilizado en primer lugar con referencia a la diversidad en el seno de un sistema cultural dado, para designar la multiplicidad de sub - culturas y de sub - poblaciones de dimensiones variables que comparten un conjunto de valores y de ideas fundamentales. Seguidamente, ha sido utilizado en un contexto de mestizaje social, para describir la cohabitación de diferentes sistemas culturales, o por lo menos la existencia de otros grupos sociales importantes en el seno de las mismas fronteras geopolíticas. En los países del Tercer Mundo, la diversidad de las identidades culturales se convertirá rápidamente, en la época de la descolonización, en un argumento político a favor de la liberación y de la independencia de los países colonizados. Posteriormente, a partir de los años 60, impulsará una nueva visión del desarrollo, el desarrollo endógeno. Será seguido, por otra parte, por la puesta en relieve de un nuevo vínculo, el de la cultura y la democracia, que conducirá a dar prioridad “a la promoción de las expresiones culturales de las minorías en el marco del pluralismo cultural”.

Hoy en día, el término “diversidad cultural” tiende a reemplazar la noción de “excepción cultural” utilizada en las negociaciones comerciales a partir del ciclo Uruguay en el GATT, luego de la OMC. En este enfoque, la diversidad cultural apunta a garantizar el tratamiento particular de los bienes y de los servicios culturales con medidas nacionales o internacionales. La UNESCO redacta actualmente (firma prevista en noviembre de 2005) un “Convenio sobre la protección y la promoción de la diversidad de los contenidos culturales” [2].

El proyecto reconoce la especificidad de los bienes y servicios culturales y la legitimidad de las políticas culturales. Sin embargo, su artículo 20, que trata de las relaciones entre este convenio y los otros instrumentos internacionales, especialmente la OMC, ha sido objeto de fuertes debates con los Estados Unidos. En el estado actual, el convenio obliga a las partes signatarias a tomar en consideración las exigencias de la diversidad cultural cuando ellas interpreten y apliquen sus obligaciones internacionales o cuando suscriban nuevos compromisos, aun cuando el convenio no pueda ser opuesto a los otros tratados. Una fórmula diplomática obtenida después de largas negociaciones.

La protección de la diversidad cultural desde un punto de vista político y económico se vuelve en efecto urgente con la mundialización, que se caracteriza por la liberalización en gran escala de los intercambios económicos y comerciales, y en consecuencia, lo que se ha llamado la mercantilización de la cultura. Se puede notar por ejemplo que en el curso de las dos últimas décadas, el comercio de los bienes culturales se ha cuadriplicado y las nuevas reglas internacionales (OMC, OCDE) en materia de comercio suprimen cada vez más, en nombre de la libertad del mercado y del libre comercio, las intervenciones de apoyo o de protección de los Estados a favor de los bienes y servicios nacionales. La declaración independiente de la sociedad civil SMSI señala la urgencia de la situación en estos términos “La información y el saber son transformados cada vez más en recursos privados susceptibles de ser controlados, vendidos o comprados, como si fueran simples mercaderías y no componentes indispensables para la organización y el desarrollo social. Así, reconocemos que es urgente encontrar soluciones a estos problemas, a los cuales las sociedades de la información y de la comunicación se confrontan en primer lugar”.

Con el advenimiento de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación, las grandes firmas comerciales han aprovechado estos cambios inducidos para hacer adoptar peligrosas revisiones de textos legislativos en el sentido de una propiedad comercial de la cultura. Esta ofensiva de una cultura “mercantilizada” tiende a desplazar los lugares de debate y de decisión de los organismos multilaterales de la ONU hacia entidades como la OMC y los acuerdos y tratados de libre intercambio regionales o bilaterales. El tema de los debates internacionales sobre la cultura consiste pues en garantizar la supervivencia de la diversidad cultural, a pesar de los peligros de la sociedad de la información. En todo caso, para los representantes de los pueblos autóctonos, la evolución de las sociedades de la información y de la comunicación debe reposar sobre el respeto y la promoción de los derechos de las poblaciones indígenas y de su carácter distintivo, aun cuando la idea de la promoción siga siendo difícilmente aceptable para los partidarios del libre comercio.

Para los que sostienen la promoción cultural, entre cuyas filas se encuentran Canadá, Francia, el Grupo de los 77 (agrupamiento de los países en desarrollo), se trata sobre todo de obtener de los Estados Unidos la garantía, sancionada por ley, de que el Convenio no esté subordinado a los instrumentos comerciales internacionales. En efecto, para los Estados Unidos y otros partidarios del libre comercio, este convenio es una mala idea [3], y las medidas mencionadas anteriormente demuestran pura y simplemente una visión intervencionista del Estado, cuya naturaleza no es la de favorecer al mercado. Las subvenciones a las empresas culturales, la imposición de cuotas de difusión, las restricciones a la propiedad extranjera de los medios de comunicación, serían, según ellos, frenos al desarrollo natural del mercado. Además, aunque esto no tiene nada de oficial, el convenio sobre la diversidad cultural aparece para muchos norteamericanos como una tentativa de debilitar la supremacía de sus industrias audiovisuales a través del mundo.

Visión ética de la diversidad cultural

Situándose en un plano ético, la Declaración Universal de la Unesco sobre la diversidad cultural, adoptada el 2 de noviembre de 2001 [4], reconoce la diversidad cultural como “patrimonio común de la humanidad”. De este modo, la lucha por la salvaguarda de las culturas amenazadas se convierte en un deber ciudadano. Esta posición se explica por el hecho de que la comunidad científica ha tomado conciencia del riesgo de uniformidad de la cultura en una sociedad globalizada, aún si ésta permite en teóriá la manifestación de la diversidad cultural. En efecto, las tecnologías de la información y de la comunicación, lejos de ser únicamente herramientas, modelan nuestras maneras de pensar y de crear. La cultura, por ese hecho, se ve habitada por la tecnología, dialogando con ella, conteniéndola a veces y dejándose elaborar por ella. Esta situación crea una desigualdad y una dependencia de la cultura hacia la tecnología, e impide la manifestación de la diversidad cultural, tan necesaria para la sociedad de los saberes [5]. Por otra parte, numerosos observadores afirman que la tecnología ha dejado en la sombra a toda una parte de la población, la que sigue viviendo según los principios de la naturaleza, la que no cree en el Estado, sino en el poder de los ancestros, la que no cree en la ciencia, sino en el saber tradicional. La diversidad cultural se inscribe entonces en la lógica que considera que existen otras maneras de pensar, de existir, de trabajar fuera de la manera antropo - centrada y racio - centrada moderna. En efecto, si bien la ciencia y la tecnología son fácilmente comunicables ¿ están,sin embargo, todas las culturas listas para aceptar el formalismo matemático que se encuentra en la base de la construcción de las tecnologíasy de sus usos ?

En el contexto del debate sobre la edificación de la “sociedad de la información”, esta adaptación pasa, por supuesto, por la diversificación de los contenidos, es decir la cohabitación de los contenidos llamados clásicos y aquellos provenientes de culturas minoritarias, de saberes locales y autóctonos [6]. Pero ¿cómo integrar las culturas y saberes autóctonos sin generalizarlos, ni particularizarlos [7]? ¿Cómo convalidarlos con la ayuda de criterios exógenos? La declaración de principio de la CMSI, adoptada en Ginebra en diciembre de 2003, insiste sobre el hecho de que “las aplicaciones deberían ser amigables, accesibles a todos, abordables, adaptables a las necesidades locales en términos de culturas y de idiomas, y facilitar el desarrollo sostenible”. Es por esa razón que conviene pensar el ciberespacio de otra manera, permitiendo a todos y a cada uno acceder a Internet en su propio idioma, pensar en usos diferentes adaptados a todas las poblaciones, especialmente aquellas que funcionan sobre el modelo comunitario. Tomar en cuenta esto daría nacimiento a la producción de aparatos y estructuras adaptadas, un despliegue que no puede hacerse sin el desarrollo de las industrias culturales locales y la implementación de modelos especificos a diferentes contextos socioeconómicos. Pero esta expresión de las culturas se inscribe en una relación de fuerza que conviene matizar. Para la Red Internacional por la Diversidad Cultural [8], se trata antes que nada de introducir en el Convenio, “medidas eficaces que permitirían a los países en desarrollo dotarse de herramientas eficaces de producción y de difusión”.

Hacia un nuevo enfoque de la diversidad cultural

Si bien la diversidad cultural es comprendida en general tomando esencialmente como fundamento distinciones binarias: cultura moderna/cultura local, la realidad de la diversidad cultural no es binaria, sino que se des proviene del respeto y de la aceptación de las diferencias, del diálogo y de la búsqueda de valores comunes para salir del monologismo que caracteriza a la sociedad de la información. La Declaración independiente de la sociedad civil en la SMSI de Ginebra en 2003 menciona por otra parte que cada cultura posee una dignidad y un valor que deben ser respetados y preservados [9].

En este nuevo contexto, la diversidad se convierte en una manera de abordar el mejoramiento de nuestra vida en común, cuyo fundamento es la aceptación de una visión plural del mundo [10]. Se ve entonces que la diversidad cultural es percibida aquí como integración y no como superposición o yuxtaposición de culturas, y que la sociedad de la información en la cual ella se expresa es ante todo una sociedad de saberes compartidos.

En efecto, la noción de diversidad cultural nos remite a dos realidades bastantes distintas. Existe para empezar una primera concepción centrada en las artes y en las letras, que remite a su vez a la expresión cultural de una comunidad o de un grupo y que engloba la creación cultural bajo todas sus formas. Seguidamente están los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias que remiten a una perspectiva más sociológica o antropológica de la cultura. Pero adhiriendo a una u otra concepción, se puede convenir en que el contexto social dominado por las tecnologías de la información y de la comunicación, necesita la implementación de medidas que sean a la vez incitativas y limitativas, que prevaleciendo sobre los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio. De esta manera los debates actuales llegan hasta pedir, por ejemplo, que los países desarrollados se comprometan a aumentar la parte de mercado que destinan a los profesionales, artistas y otros creadores de los países en desarrollo. Pero esta propuesta, que recuerda fuertemente los debates sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación a propósito del reequilibrio de los ¬flujos, suscita por supuesto la oposición de los Estados que poseen las industrias culturales más grandes. Sin embargo, la pregunta que planteamos aquí se encuentra en la base misma de la edificación de una sociedad de la información accesible para todos.

 

10 de abril de 20

CONGRESO 2001

1.- INTRODUCCIÓN

 

         Contextualización:

      Larga tradición monocultural en el Estado Español (limpiezas étnicas contra judíos, árabes,... negación de las culturas nacionales durante dictaduras, desconocimiento y/o desprecio-marginación de la cultura gitana...), etnocentrismo y cultura unívoca. Como resultado de todo ello, en nuestra sociedad ha habido un predominio del hombre, del occidental, del blanco, del católico, del payo, del heterosexual, del económicamente poderoso, del individualista, del competitivo, del sumiso, del dogmático, del que sólo usa como lengua la norma culta del español..., perjudicando la cultura dominante los intereses de las clases populares, del mundo rural y suburbano y de los grupos étnicamente diferenciados.

Su reflejo es un modelo de enseñanza transmisiva, acrítica, jerárquica, clasista, sexista, selectiva, disciplinar, no participativa para la Comunidad Educativa,  homogeneizadora, segregadora, asimilacionista...donde sólo cabe un modelo que impone la cultura de una minoría dominante sobre la mayoría de la población. Modelo que globalmente no ha sido superado, si bien objetivamente no hay culturas “puras” y se han abierto procesos de transformación importantes, que actualmente corren serios riesgos de involución.

Una de las características de la sociedad actual es la movilidad espacial de las personas, debidas al inmenso desequilibrio Norte-Sur y a las contradicciones internas de cada sociedad: en  los países empobrecidos, depredación de sus recursos y aumento de su deuda externa, existencia de conflictos bélicos, hambrunas, dictaduras y falta de expectativas de democracia y progreso social. En el seno de los países enriquecidos, concentración del poder económico en pocas personas y empresas (incluidos los medios de comunicación), liberalización de la economía y pérdida de influencia de lo público, paro y precarización del empleo, bolsas de miseria, exclusión social y marginación de las minorías étnicas.

A todo ello se une el proceso de globalización de la economía y la uniformización de patrones culturales, vinculada al desarrollo de las nuevas tecnologías en la comunicación interpersonal y de masas.

Los mecanismos que generan racismo y xenofobia en la sociedad son fundamentalmente los mismos que conducen a otras situaciones de marginación personal o colectiva, aunque sus manifestaciones puedan enmascararse de otras formas.

·         Concepto de diversidad cultural en educación

       Llevado a sus últimas consecuencias, cuestiona  toda la cultura escolar, por lo que, si bien se evidencia cuanto mayores sean las manifestaciones de las diferencias, es el resultado de la combinación de las culturas nacionales, comarcales o locales, las de las minorías étnicas, las de las diferentes clases o estratos sociales,...además de la concurrencia multicultural en un ámbito territorial determinado, la creciente influencia de los medios audiovisuales y de comunicación, cuestiona el concepto tradicional de entorno, al superarse muchos de los condicionantes derivados de la cercanía física.

·         Manifestaciones de la diversidad cultural

      Son múltiples y rara vez se presentan aisladas: Pueden y deben favorecer enriquecimiento cultural recíproco, desarrollo de valores (solidaridad, tolerancia,...), profundización en la democracia (interculturalismo, participación, coeducación,...), pero también aparecen problemáticas derivadas del desarraigo, de la barrera idiomática, de la situación administrativa-legal, de procesos selectivos siempre en detrimento de la escuela pública o de los sectores más desfavorecidos de la población, de las carencias en políticas educativamente integradoras, de los insuficientes planteamientos de Educación Intercultural por parte de los diferentes agentes educativos ... Consecuencias de estos aspectos negativos son los choques culturales derivados del desconocimiento mutuo, la exclusión social, la existencia de guetos y “nichos” económicos, la baja autoestima individual o grupal, la xenofobia, el racismo,...  

·         Situaciones específicas que pueden requerir medidas complementarias dirigidas a la compensación socioeducativa:

      Escolarización y titulación de inmigrantes en situación irregular, especialmente la de menores extranjeros no acompañados. Población itinerante. Población gitana. Personas que precisan acciones globales de alfabetización.

 ·         El mestizaje como alternativa.-

      La construcción  de la identidad cultural individual y colectiva debe basarse en un proceso dialéctico, en que se combine el reconocimiento y valoración de las respectivas raíces culturales con la apertura hacia nuevas influencias y  aportaciones. El simple respeto pasivo a la presencia de otras culturas en nuestro entorno, puede conducir a la consolidación de guetos que tarde o temprano pueden entrar en conflicto, por lo que es importante potenciar procesos no traumáticos de mestizaje. Esta tarea no puede concebirse como responsabilidad exclusiva del sistema educativo, pero en él reside una amplia cuota de responsabilidad y sus posibilidades de propiciar procesos de transformación son amplias.

·         Estrategias para trabajar la multiculturalidad en el ámbito educativo.-

Deben enmarcarse en una profunda democratización del currículum, reformulándose objetivos, contenidos, metodología y evaluación, en el marco de la elaboración colectiva de propuestas de Educación Intercultural, que signifiquen un replanteamiento de los Proyectos Educativos de los Centros.

Es imprescindible fomentar la participación de toda la Comunidad Educativa, tanto en áreas de gestión como en los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Hay que propiciar la colaboración con otras instituciones y con los diferentes agentes sociales.

La potenciación de la Educación Pública es la mejor garantía de garantizar los derechos a la igualdad y a la diversidad, dotando a los Centros educativos de los recursos adecuados: materiales, humanos y de formación-asesoramiento.

La Administración educativa tiene que garantizar una adecuada distribución de las diferentes realidades culturales en los centros educativos sostenidos con fondos públicos, impidiendo cualquier política segregacionista.

Fundamental es el establecimiento de mecanismos de coordinación entre Centros con características similares a través de Programas Educativos y el fomento de dinámicas internas de trabajo colaborativo.

Las acciones educativas deben encaminarse a propiciar la acogida e integración personal y social, el desarrollo positivo de la autoestima, el aprendizaje funcional de la lengua y el aumento de la competencia comunicativa, la educación en valores democráticos y derechos universales, el desarrollo de habilidades sociales, el fomento del enriquecimiento cultural recíproco,  la construcción del conocimiento desde múltiples enfoques y con recursos variados, el desarrollo de una actitud crítica y la definición  de criterios e instrumentos de evaluación adecuados a todo ello.

 2. PROPUESTAS concretas que pueden incidir, desde el ámbito educativo, en un cambio cualitativo de la situación actual:

a)   Inclusión de partidas presupuestarias destinadas a este fin en los presupuestos de las respectivas instituciones, reforzando de forma específica la educación pública y los gastos en políticas sociales en general.

b)   Creación de foros amplios que generen dinámicas informativas, sensibilizadoras y      movilizadoras, que repercutan directamente en organizaciones sociales, en ámbitos interinstitucionales y en medios de comunicación de masas,  favoreciendo un clima social propicio a políticas de integración.

c)   Impulsar la creación de equipos de estudio, discusión e investigación de carácter interdisciplinar entre profesorado de diversos niveles educativos.

d)    Revisión sistemática de los contenidos ideológicos de los libros de texto y demás materiales curriculares, incorporando textos e imágenes procedentes de las diversas realidades culturales y rupturistas con respecto a los estereotipos dominantes sobre las mismas. Elaboración, desde los movimientos de renovación pedagógica, las ONGs y las instituciones, de materiales alternativos y propuestas metodológicas y organizativas que propicien el interculturalismo.

e)   Libre acceso a matriculación y titulación para cualquier persona, independientemente de su nacionalidad y situación jurídico-administrativa en el Estado, desligando el derecho fundamental a la educación de otras aspectos de carácter político, económico o policial.

f)    Diseño y desarrollo de Programas de colaboración con otros Estados y entre Comunidades Autónomas.          

g)   Mecanismos de compensación por porcentaje de alumnado no hispanohablante matriculado en cada centro: bajar ratios por aula, aumento del profesorado de apoyo, presupuesto extraordinario para la adquisición de materiales o realización de actividades, etc.

 

 

h)   Diseño de un módulo de equipamiento específico destinado a centros que tengan una realidad multicultural constante o en crecimiento, facilitando así unos recursos materiales disponibles de forma estable.

 

 

i)    Partiendo de un planteamiento hecho con sensibilidad social, las administraciones públicas deben elaborar y remitir instrucciones o recomendaciones, a centros e inspección, aclarando dudas más frecuentes en este tema: garantía del derecho básico de acceso a la educación, matriculación, traslados de expedientes, solicitud libros escolaridad, titulación, absentismo, criterios de promoción, etc.    

j)    Modificación de instrumentos estadísticos con el fin de poder registrar mejor la evolución de los centros con una composición multicultural y/o de gran movilidad de la matrícula a lo largo del curso, favoreciendo un conocimiento más objetivo de la realidad en las administraciones públicas a la hora de planificar el uso de sus recursos.    

k)   Establecimiento de criterios de distribución, cuando ello sea posible por cercanía, del alumnado de minorías étnicas, entre los centros sostenidos con fondos públicos de una zona determinada.

l)    Oferta pública, en los centros de enseñanza para personas adultas, de cursos de español como segunda lengua vinculados siempre a un planteamiento intercultural.

m)  Creación de aulas-puente, que permitan una primera y breve evaluación y escolarización (2-3 meses como máximo) de menores inmigrantes no acompañados, para preparar su transición a centros de enseñanza reglada: introducción a la lengua y cultura de la comunidad receptora, hábitos escolares y habilidades sociales, al tiempo que se sensibiliza y forma al profesorado del centro de destino para propiciar una adecuada acogida y escolarización,.... 

n)   Edición de una guía sobre las principales características de nuestro sistema educativo, en los diferentes idiomas presentes en cada realidad, con referencias básicas a ofertas educativas y normativa de funcionamiento, con el fin de orientar a padres y madres recién llegados que desconocen nuestro idioma.

o)   Publicación de guías de medidas organizativas y criterios metodológicos dirigidas al profesorado de centros con una realidad multicultural.

p)   Fomento de la elaboración y difusión de materiales curriculares con experiencias y actividades para facilitar  la práctica de Educación Intercultural.  

q)   Desarrollo de planes específicos de formación en Educación Intercultural para el  profesorado y el personal no docente en general. Formación intensiva, en la misma línea, para los programas y servicios externos: orientación, asesorías de CEPs, inspección, responsables de programas y proyectos de investigación, innovación e intercambios, etc.

r)   Convocatoria pública de proyectos para la experimentación de alternativas globales de Educación Intercultural, dotando a los centros de recursos materiales y humanos que posibiliten dicha tarea, especialmente en referencia a tiempo disponible para la dinamización interna y la coordinación externa.     


Conclusiones del Grupo de Trabajo

Idea clave aportada a las conclusiones generales

 

El sistema educativo debe superar la tradicional perspectiva monocultural y etnocéntrica, para favorecer un modelo de educación intercultural.

 

En el contexto de una sociedad de acogida que potencia la participación ciudadana como reflejo de integración social, la educación intercultural impulsa el plurilingüismo y concibe el mestizaje como algo enriquecedor y favorecedor de la convivencia.

 

 

 

Resto de conclusiones

 

*         Hablar de tolerancia hacia las diferentes culturas es insuficiente e, incluso, puede tener connotaciones de jerarquización entre ellas. Hay que hacer una apuesta clara por una sociedad intercultural y eso significa  posicionarse a favor de promover el mestizaje cultural, generador de riqueza individual y grupal.

Para ello, hay que trabajar no sólo con las personas sujetas a exclusión sino también con las excluyentes; no sólo con el profesorado, sino con toda la comunidad educativa.

Ante una realidad multicultural, la alternativa debe ser un posicionamiento claramente intercultural.

Los procesos de mestizaje no pueden ser forzados ni traumáticos (no debemos jugar a hacer “alquimia social”), sino fruto del  respeto y reconocimiento mutuos, debiendo promover acciones que faciliten dichos procesos.

*         No debemos olvidar que todas y todos somos resultado del mestizaje.

Es importante no perder la memoria histórica con respecto a los procesos migratorios en que hemos sido protagonistas, así como sobre las consecuencias ya vividas del fascismo (por ejemplo, en el nazismo hasta la identificación externa dejó de ser humana y se dio una situación de “esclavismo de subespecie”). Además de prevenir y combatir el racismo, la xenofobia y toda forma de exclusión social de la actualidad, hay que mantener la alerta ante la posibilidad de llegar a situaciones más graves.

Comprensión y conocimiento para evitar el rechazo a lo desconocido o lo diferente, son procedimientos básicos para frenar el racismo, no olvidando que éste normalmente tiene “dos direcciones” y habrá que incidir en ambos sentidos.

*         La cultura la definen los grupos humanos y no debemos restringir el concepto a la diversidad étnica. Tampoco estereotipar como homogéneas las que desconocemos, ya que también existe la “diversidad dentro de la diversidad”. Por lo tanto, el currículo escolar debe ser intercultural, abierto y flexible, no confundiendo integración entre culturas en condiciones de igualdad, con asimilacionismo de una que anula a las otras.

Especial peligro de asimilacionismo cultural sufre el alumnado de menor edad (en particular el de la etapa de Educación Infantil), más desprotegido frente a esa forma de entender la incorporación a la sociedad receptora.

El término “compensación” no se debe utilizar en este contexto porque las culturas no pueden ser objeto de compensación.

 

*         Los limites al respeto de las diversas culturas deben tener como referencia las convenciones  con mayor consenso internacional: Declaración Universal de los Derechos Humanos y  la de Derechos de la Infancia.

 

La forma de hacerlos efectivos ha de ser  en un proceso en el que se parta de actitudes de conocimiento y comprensión, lo cual implica apertura y sensibilidad, pero sin proteccionismos y sin caer en el relativismo cultural del “todo vale para así ser respetuosos-as”.

Si bien los valores y las normas que hayan de ser comunes deben ser consensuadas mediante procesos de cooperación, también hay que cuidarse de la búsqueda de consensos fáciles que tengan como fin evitar los conflictos. Si los conflictos no se resuelven con acuerdo y se vulneran derechos individuales o colectivos, hay que recurrir a instancias que garanticen su justa resolución.

*         Cuando se producen situaciones en que la familia decide trasladar a sus hijos e hijas a centros en los que no convivan diferentes minorías étnicas, normalmente las motivaciones de fondo no son las que se manifiestan. No toda la diversidad crea rechazo, sino fundamentalmente la que aparece vinculada a la pobreza, a la marginalidad y/o al retraso escolar, por lo que denunciamos la manipulación que se está haciendo de los orígenes culturales para enmascarar situaciones derivadas de la pertenencia a las clases o estratos sociales más desfavorecidos.

En ese sentido, habrá que tener especial cuidado en no sobredimensionar determinadas cuestiones que podrían distorsionar una visión de conjunto sobre la diversidad humana, olvidando a determinados sectores de la sociedad que no forman parte de la actualidad mediática.

 

*         En general, la escuela no está dando una respuesta adecuada a la diversidad cultural, ni en su organización, ni en recursos, ni en el currículo, ni en resultados.

En ese sentido, denunciamos que los nuevos currículos aprobados recientemente por el gobierno central se alejan aún más de una propuesta intercultural.

Además, la falta de un compromiso adecuado por parte de las administraciones y la escasa agilidad en las respuestas que ponen en marcha, condicionan considerablemente los procesos y los resultados.

El Proyecto Educativo del Centro (PEC) debe marcar las pautas en la articulación de la alternativa intercultural y es preciso abrir el debate en torno a este tema en todas las comunidades educativas. Las administraciones deben asumir su responsabilidad y han de establecer medidas concretas que favorezcan la implantación de un modelo de educación intercultural vinculado a una oferta de mayor calidad en la enseñanza.

Especial importancia cobra la formación, tanto del profesorado como de padres-madres y resto de personas que intervengan en procesos educativos y de acogida, así como la disposición a cambiar determinados roles.

Es conveniente mantener reservas con respecto a iniciativas (bastantes ejemplos se podrían hallar en los Programas Sócrates), que muchas veces no conectan con el contexto de diversidad de un centro educativo, con lo cual se pueden distorsionar los objetivos y desviar las acciones.

También hay que tener especial cuidado con propuestas como las de “aulas-puente”, para que no se conviertan en “aulas-pozo”, si se les da una orientación segregadora o no cuentan con las acciones metodológicas adecuadas.

El peso que tiene la religión, junto con la diversidad de opciones que en ese terreno aparecen en una realidad multicultural, son también argumentos para exigir una escuela laica en la que la asignatura de religión no tiene sentido en el horario escolar.

*         Es importante para el alumnado inmigrante, además de aprender la lengua común a la sociedad receptora, mantener su lengua materna. La enseñanza de las diferentes lenguas presentes en un determinado contexto, salvo que hubiera posibilidades de hacerlo con éxito en el horario escolar, debería garantizarse, al menos, en el marco de las actividades extraescolares.

Sin embargo, se constata que ni siquiera se está garantizando el  acceso a las diferentes lenguas oficiales del Estado, lo que implica grandes dificultades de hecho para un planteamiento plurilingüe donde tengan presencia real todas las lenguas de origen que conviven en un determinado espacio.

*         Si en la escolarización en una determinada zona se estableciera un criterio de reparto, éste debe hacerse a través de una baremación única, con garantías de transparencia y afectando a todo el alumnado, no sólo a un determinado sector del mismo con algún rasgo identitario concreto, ya que entonces su catalogación sería negativa y la medida se interpretaría como el reparto de un problema.

La educación en centros concertados es excluyente de hecho, aunque en teoría exista el derecho de libre acceso a los mismos.

Habrá que compaginar el derecho a la libertad de elección de centro educativo con la no formación de guetos.

El reto es estructurar los centros de tal forma que puedan recibir a todo tipo de alumnado. Más que tender a criterios de reparto, es clave el establecimiento en todos los centros de una reserva de plazas para alumnado en riesgo de exclusión social, de forma que no existan trabas para acceder a los mismos.

*       La presencia de la figura del mediador/a sociolingüístico puede ser altamente positiva, si bien ha de introducirse con ciertas reservas para garantizar un perfil personal y/o profesional adecuados, dada la trascendencia que puede llegar a tener su trabajo y la información que podría llegar a manejar. Especial cuidado debe tenerse cuando exista la posibilidad de utilización de dicha función para un fin ajeno a los intereses educativos (por ejemplo, ejercer un papel de control político o policial).

 

 

Aspectos en los que hay divergencia de opiniones o matices significativos:

 

Los procesos de mestizaje ¿deben producirse de forma más o menos espontánea en un clima adecuado, o deben programarse acciones que los favorezcan y los aceleren?

¿Se debe garantizar una distribución diversa de alumnado recurriendo a opciones como el establecimiento de cupos, incluyendo en los mismos a los centros concertados?¿O ello puede producir efectos contraproducentes?

La defensa de la escuela pública como único garante de la atención a la diversidad ¿podría entrar en contradicción con las apelaciones a la implicación efectiva de la concertada en el reparto de la misma?

¿La edad debe ser un criterio determinante al escolarizar a alumnado inmigrante para su ubicación en un determinado curso?

 

 

Propuestas:

*         Extender el planteamiento de Educación Intercultural, a partir de un currículo abierto, para cualquier proyecto educativo y hacer una amplia revisión de las normativas para adecuarse a dicha propuesta.Contar con un observatorio permanente para el tema.

Apoyar el modelo de transversalidad, desarrollándolo más, y aplicar los mecanismos de los que se ha dotado el sistema educativo (aprendizaje significativo, comprensividad,...).

Propiciar procesos conducentes al mestizaje cultural.

*         Diseño y puesta en práctica de un plan de acogida, integrado en el Proyecto Educativo de cada Centro, dirigido a toda la Comunidad Educativa y enmarcado en un proyecto de ciudad o pueblo.

Se deben articular e integrar las funciones de acogida en equipos interdisciplinares, de forma que existan también alternativas para el ocio y el tiempo libre.

Entre las acciones dirigidas a Asociaciones de Madres y Padres, se propone establecer la figura de familia-tutora, que sirva de referente y apoyo directo a la recién llegada.

Es clave también la implicación del alumnado en acciones que le permitan conocer y transformar el medio, así como aprovechar la fuerza asociativa de determinadas ONGs y organizaciones de inmigrantes.

Por otra parte, es fundamental una mayor agilidad en las respuestas que pueden y deben proporcionar las administraciones.

*         Reconocimiento y legitimación de las lenguas y culturas de origen, evitando pérdidas de identidad cultural o reduccionismo en las alternativas.

*         Creación de centros de recursos para la Educación Intercultural.

Recursos zonales para facilitar una mejor acogida, lo que requiere la coordinación en una red de centros.

El trabajo de los Equipos de Orientación debe hacerse también con las familias, así como debería ser habitual la presencia de profesionales del Trabajo Social en la relación escuela-familia.

Presencia de mediadores-as con un perfil adecuado para dicha función, para lo cual se debe garantizar la participación de cada Comunidad Educativa en su elección.

*         Desarrollar políticas interinstitucionales, para facilitar propuestas integrales.

*         Comisión u oficina de matriculación única y permanente (también puede ser zonal), que establezca una baremación unificada que garantice el justo acceso al derecho de elección de centro, con criterios que eviten situaciones discriminatorias y faciliten la homologación de ratios.

La administración educativa debe tomar medidas contundentes en todos los casos en que se aprecie discriminación de alumnado. Si ése fuera el caso de un centro privado sostenido con fondos públicos, ha de suponer como mínimo la pérdida del concierto educativo.

*         Planes de formación en Educación Intercultural para el profesorado, padres y madres, personal no docente y los diferentes agentes sociales.

*         Política activa con respecto a los medios de comunicación de masas.

*         Rechazo rotundo a la nueva ley de extranjería y a cualquier limitación de los derechos de toda persona que viva en el territorio estatal, independientemente de su situación administrativa en el mismo

De um viejo rojo asombrado... a los que no salen de su asombro

Veo los telediarios de estos días y oigo lo que se dice en tertulias radiofónicas y televisivas y no logro salir del asombro. Veo en el centro del Imperio a las gentes ricas resucitar el viejìsimo "ojo por ojo", blandir la sagrada bandera de los que nos han contado el cuento de que el mercado no tiene banderas y jalear los bombardeos de poblaciones civiles en nombre de la libertad y de la democracia mientras invocan a un viejo dios.

Veo, al otro lado del mundo, a las gentes pobres que se manifiestan en protesta contra los otros blandiendo las mismas banderas que les han hecho pobres, llamando a la guerra santa contra los infieles e invocando al viejo dios de un viejo libro.

Y oigo, en las provincias del Imperio, a intelectuales que un día fueron laicos y hasta "rojos" ponerse comprensivos con "esta guerra justa", alabar las religiones no fundamentalistas (como si hubiera habido alguna que no lo haya sido), recomendar la lectura del Corán a destiempo, comprometerse incluso a construir mezquitas a cuenta del estado laico y negociar con los imanes el futuro manual de la buena conducta del inmigrante integrado.

¿Era esto lo que llamaban posmodernidad?

Tiempos hubo, a los que Chaplin llamaba modernos, en que las guerras se mencionaban por su nombre (hasta cuando eran "frías"), los inmigrantes eran conocidos con el nombre de trabajadores, los sindicatos no diferenciaban a los trabajadores por sus creencias religiosas y los intelectuales no aspiraban a sustituir a los Papas ni a los Emires sino que cultivaban el análisis, la crítica, la cultura laica, el antibelicismo, los valores de la Ilustración.

Que venga Marx y lo vea! Aquellos tiempos no volverán, desde luego. Pero podrían volver al menos sus ideas para ayudarnos a salir del asombro.

Para los nuevos esclavos de la época de la economía global (que, según dice el profesor de Surrey, Kevin Bales, andarán rondando los treinta millones), para los proletarios que están obligados a ver el mundo desde abajo (un tercio de la humanidad) y para unos cuantos miles de personas sensibles que han decidido mirar el mundo con los ojos de estos otros (y sufrirlo con ellos), el viejo Marx todavía tiene algunas cosas que decir. Incluso después de que su busto cayera de los pedestales que para su culto construyeron los adoradores de otros tiempos.¿Qué cosas son esas? ¿Qué puede quedar vigente en la obra del viejo Marx después de que renegaran de él hasta aquellos que habían construido Estados en su nombre y de que llegara la nueva era de las banderas y de las religiones globalizadas?

Aunque Marx sea ya un clásico del pensamiento socioeconómico y del pensamiento político, todavía no es posible contestar a esas preguntas al gusto de todos, como las contestaríamos, tal vez, en el caso de algún otro clásico de los que caben en el canon. Y no es posible, porque Marx fue un clásico con un punto de vista muy explícito en una de las cosas que más dividen a los mortales: la valoración de las luchas entre las clases sociales.

Esto obliga a una restricción cuando se quiere hablar de lo que todavía haya de vigente en Marx. Y la restricción es gruesa. Hablaremos de vigencia sólo para los asombrados, para los que siguen viendo el mundo desde abajo, con los ojos de los desgraciados, de los esclavos, de los proletarios, de los humillados y ofendidos de la Tierra. No hace falta ser marxista para tener esa mirada, por supuesto, pero sí hace falta algo de lo que no andamos muy sobrados últimamente: compasión para con las víctimas de la globalización neoliberal (que es a la vez, como se está viendo, capitalista, precapitalista y posmoderna).

Para éstos, Marx sigue tan vigente como Shakespeare para los amantes de la literatura. Y tienen sus razones. Voy a dar algunas de las razones de que podrían aducir estos seres anónimos que sólo aparecen en los media debajo de las estadísticas y en las páginas de sucesos.

Marx dijo (en el volumen primero de El Capital y en otros lugares) que aunque el capitalismo ha creado por primera vez en la historia la base técnica para la liberación de la humanidad, sin embargo, justamente por su lógica interna, este sistema amenaza con transformar las fuerzas de producción en fuerzas de destrucción. La amenaza se ha hecho realidad. Y ahí seguimos.

Marx dijo (en el volumen primero de El Capital y en otros lugares) que todo progreso de la agricultura capitalista es un "progreso" no sólo en el arte de depredar al trabajador sino también, y al mismo tiempo, en el arte de depredar el suelo; y que todo progreso en el aumento de la fecundidad de la tierra para un plazo determinado es al mismo tiempo un "progreso" en la ruina de las fuentes duraderas de esa fecundidad. Ahora, gracias a la ecología y al ecologismo, sabemos más de esa ambivalencia. Pero los millones de campesinos proletarizados que sufren por ella en América Latina, en Asia y en Africa han aumentado.

Marx dijo (en el Manifiesto comunista y en otros lugares) que la causa principal de la amenaza que transforma las fuerzas productivas en fuerzas destructivas y mina así las fuentes de toda riqueza es la lógica del beneficio privado, la tendencia de la cultura burguesa a valorarlo todo en dinero, el vivir en las "gélidas aguas del cálculo egoísta". Millones de seres humanos, en Africa, Asia y América, experimentan hoy que esas aguas son peores, en todos los sentidos (no sólo el metafórico) que las que tuvieron hace años. Lo confirman los informes anuales de la ONU.

Marx dijo (en un célebre discurso a los obreros londinenses) que el carácter ambivalente del progreso tecnocientífico se acentúa de tal manera bajo el capitalismo que obnubila las conciencias de los hombres, aliena al trabajador en primera instancia y a gran parte de la especie humana por derivación; y que en este sistema "las victorias de la ciencia parecen pagarse con la pérdida de carácter y con el sometimiento de los hombres por otros hombres o por su propia vileza". Lo dijo con pesar, porque él era un amante de la ciencia y de la técnica. Pero, visto lo visto en el siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI, también en esto acertó.

Marx dijo (en los Grundrisse y en otros lugares) que la obnubilación de la consciencia y la extensión de las alienaciones producen la cristalización repetitiva de las formas ideológicas de la cultura, en particular de dos de sus formas: la legitimación positivista de lo existente y la añoranza romántica y religiosa.

Ojeo los periódicos de ese inicio de siglo y me veo, y veo a los pobres desgraciados del mundo, ahí mismo, en la misma noria, entre esas dos formas de obnubilacación de la conciencia: jaleando por millones a Papas o a Emires que condenan los anticonceptivos en la época del SIDA, matándose en nombre de dioses que dejaron de existir después de Auschwitz y consumiendo por millones la última inutilidad innecesaria mientras otros muchos más millones se mueren de hambre.

Marx dijo (ya de joven pero también de viejo) que para acabar con esa noria exasperante de las formas repetitivas de la cultura burguesa hacían falta una revolución y otra cultura. No dijo esto por amor a la violencia en sí ni por desprecio de la alta cultura burguesa, sino sencillamente con la convicción de que los de arriba no cederán graciosamente los privilegios alcanzados y con el convencimiento de que los de abajo también tienen derecho a la cultura. Han pasado ciento cincuenta años. Inutilmente se ha intentado por varias vías que los de arriba cedieran sus privilegios, pero todos esos intentos han fracasado.

Y cuando los de abajo han hecho realidad su derecho a la cultura los de arriba han empezado a llamar cultura a otra cosa. De esa constatación nace el fundamento de la revolución.

Como Marx sólo conoció los comienzos de la globalización y como era, además, una pizca eurocéntrico, cuando hablaba de revolución pensaba en Europa. Y cuando hablaba de cultura pensaba en la proletarización de la cultura ilustrada. Ahora, en el siglo XXI, para hablar con propiedad, habría que hablar de la necesidad de una revolución mundial. Y para hablar de cultura, habría que valorar lo que ha habido de bueno en las culturas de los "pueblos sin historia".

Como de momento no se puede hablar en serio de esto, porque quienes podrían hacerlo no tienen ni siquiera las proteinas necesarias para ello, las gentes, en general, vuelven sus ojos nuevamente hacia las religiones. Lo que no se dicen es que las religiones siguen siendo, como cuando vivía Marx, "el suspiro de la criatura abrumada", "el sentimiento de un mundo sin corazón", "el espíritu de los tiempos sin espíritu".

A esa mirada sobre el mundo desde abajo la llamó Marx "materialismo histórico". No hay duda de que desde entonces se han producido otras miradas, tal vez más más finamente expresadas. La pregunta que deberíamos hacernos, al menos los que estamos asombrados por lo que vemos ahora, es esta: ¿Hemos producido algo que dé más esperanza a los que no tienen nada o, en el asombro, vamos a pasarnos?

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Francisco Fernández Buey é professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona.



Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

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    Imperialismo ecológico

    Imperialismo ecológico. El interminable saqueo de la naturaleza y de los parias del sur del mundo

    El hemisferio norte contiene la mayor parte de la moderna tecnosfera y la riqueza que la misma genera. El hemisferio sur contiene la mayor parte de la gente, casi toda desesperadamente pobre. El resultado de esta división es una dolorosa ironía global: los países pobres del sur, sufren los riesgos ambientales generados por la creación de esta riqueza en el Norte.

    Por Renán Vega Cantor

    En los actuales momentos de expansión imperialista hasta el último rincón del planeta, ocurre una acelerada destrucción de los ecosistemas y una drástica reducción de la biodiversidad. Es un resultado directo de la generalización del capitalismo, de la apertura incondicional de los países a las multinacionales, de la conversión en mercancía de los productos de origen natural, de la competencia desaforada entre los países por situarse ventajosamente en el mercado exportador, de la caída de precios de las materias primas procedentes del mundo periférico, de la reprimarización de las economías, en fin, de la lógica inherente al capitalismo de acumular a costa de la destrucción de los seres humanos y de la naturaleza.

    El capitalismo es una relación profundamente desigual y el gran desarrollo productivo y la capacidad de consumo se concentran en los países centrales (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón), donde se producen también millones de toneladas de desperdicios. No otra cosa son los automóviles, teléfonos, televisores, neveras, pilas… que, rápidamente inservibles, van a parar a la basura... y a los países pobres considerados receptáculo de las deyecciones que origina el consumo desenfrenado de los opulentos del Norte. Según el ecologista Barry Commoner, el planeta está dividido en dos:

    El hemisferio norte contiene la mayor parte de la moderna tecnosfera, sus fábricas, plantas de energía eléctrica, vehículos automóviles y plantas petroquímicas y la riqueza que la misma genera. El hemisferio sur contiene la mayor parte de la gente, casi toda desesperadamente pobre. El resultado de esta división es una dolorosa ironía global: los países pobres del sur, a pesar de estar privados de una parte equitativa de la riqueza mundial, sufren los riesgos ambientales generados por la creación de esta riqueza en el Norte [1].

    Esa dualidad no es resultado de cierta disposición divina o natural, sino que se convierte en uno de los objetivos del nuevo desorden mundial capitalista y debe considerarse en sentido estricto como una característica propia del imperialismo ecológico. Así, (…) la explotación masiva del medio ambiente en el Tercer Mundo incluye la conversión de residuos letales en mercancías, y el comercio internacional con ellos. También involucra la imposición por parte del capital de trueques de deudas por medio ambiente, la construcción de inmensos incineradores y vertederos, y muchos otros proyectos aparentemente sin sentido [2].

    Todas esas acciones son mecanismos propios de la dominación imperialista, las cuales generan resistencias por parte de los explotados y oprimidos del orbe enfrentando los crímenes ambientales que están destruyendo nuestra madre tierra y poniendo en peligro la supervivencia de nuestra especie. Para que el asunto no quede en enunciación retórica, deben precisarse las principales características del imperialismo ecológico, a fin de entender las novedosas formas asumidas por el imperialismo contemporáneo: es lo que intentamos hacer en este ensayo.

    1. Destrucción acelerada de ecosistemas en los países dominados

    La noción de ecosistemas ayuda a entender la magnitud de los problemas ambientales que hoy padecemos, en la medida en que su destrucción se constituye en la principal manifestación de la inviabilidad ambiental del modo de producción capitalista. Por ecosistemas puede entenderse a los conjuntos o escenarios en que se reproduce la vida. Un ecosistema determinado está definido por "el medio abiótico físico-químico y las manifestaciones bióticas a las que sirve de soporte: microbios y bacterias, plantas, animales" [3]. Para las sociedades los ecosistemas han sido fuentes de riqueza y bienestar, en la medida en que no solamente son ensamblajes de especies sino de "sistemas combinados de materia orgánica e inorgánica y fuerzas naturales que interactúan y se transforman". La energía que permite el funcionamiento del sistema proviene del sol, siendo dicha energía (…) absorbida y convertida en alimento por plantas y otros organismos que realizan la fotosíntesis y que se encuentran en la base misma de la cadena alimentaria. El agua es el elemento crucial que fluye a través del sistema. La cantidad de agua disponible, junto con los niveles extremos de temperatura y la luz solar que un determinado sitio recibe, determinan en lo fundamental el tipo de plantas, insectos y animales que habitan en ese lugar y la manera en que se organiza el ecosistema [4].

    Los ecosistemas reportan beneficios directos e indirectos a los seres humanos. Entre los directos se destacan la obtención de plantas y animales como alimentos y materias primas o como recursos genéticos y los indirectos toman la forma de servicios como control de la erosión, almacenamiento de agua por parte de plantas y microorganismos o la polinización por dispersión de semillas por insectos, aves y mamíferos.

    Los ecosistemas tal y como los conocemos en la actualidad han evolucionado durante millones de años y no pueden ser sustituidos ni recuperados por procedimientos tecnológicos. La desaparición de cualquier ecosistema supone eliminar posibilidades de subsistencia para los seres humanos por la sencilla razón de que "los ecosistemas hacen que la Tierra sea habitable purificando el aire y el agua, manteniendo la biodiversidad, descomponiendo y dando lugar al ciclo de nutrientes y proporcionándonos todo un abanico de funciones críticas" [5].

    En términos económicos inmediatos, el aprovechamiento de las riquezas naturales es una base de subsistencia y de empleo, sobre todo en los países del sur, puesto que la agricultura, la explotación forestal y la pesca generan uno de cada dos empleos que existen en el mundo y, además, en todo el planeta las actividades relacionadas con la madera, los productos agrícolas y el pescado son más importantes que los bienes industriales. Por esta razón, la disminución de la capacidad productiva de los ecosistemas tiene efectos devastadores sobre los seres humanos y de manera directa sobre los pobres que dependen de aquéllos para su subsistencia.

    Existen antecedentes históricos de que determinadas sociedades han colapsado por la destrucción de la riqueza natural y de los ecosistemas (como los Mayas en Mesoamérica). Sin embargo, tales colapsos fueron completamente distintos a lo que está pasando en la actualidad en términos de escala y velocidad, porque antes de la emergencia del capitalismo la degradación ambiental afectó a sociedades perfectamente localizadas y fue un proceso de deterioro gradual a lo largo de varios siglos, mientras que ahora la destrucción de los ecosistemas se efectúa a un ritmo acelerado y cubre hasta el último rincón del planeta tierra.

    Los ecosistemas son dinámicos y se regeneran constantemente en forma natural, pero en la medida en que las fuerzas destructoras del capitalismo se generalizan pueden desaparecer, en razón de que cada ecosistema interactúa de manera compleja con el ambiente y la comunidad biológica que lo habita, lo cual a su vez lo hace particularmente vulnerable. Las presiones generadas por la explotación intensiva de recursos para satisfacer el consumo voraz de grupos reducidos de la población (las clases dominantes de todo el mundo), y sobre todo de los países imperialistas, destruyen los ecosistemas. Cada uno de los ecosistemas existentes ha sufrido un notable deterioro, como se constata con algunas cifras elementales: el 75% de las principales pesquerías marinas está agotado por el exceso de pesca o ha sido explotado hasta su límite biológico; la tala indiscriminada de árboles ha reducido a la mitad la cubierta forestal del mundo; el 58% de los arrecifes coralinos está amenazado por destructivas prácticas de pesca, por el turismo y por la contaminación; el 65% de los casi 1.500 millones de hectáreas de tierras de cultivo que hay en todo el mundo presenta algún nivel de degradación del suelo; y el bombeo excesivo de aguas subterráneas por parte de los grandes agricultores en todo el mundo excede las tasas naturales de reposición en por lo menos 160.000 millones de metros cúbicos por año [6].

    Está perfectamente establecido el diferente impacto de la acción de los opulentos y de los pobres sobre recursos, materiales y energía. A nivel mundial existe una geografía desigual del consumo, puesto que un habitante de un país "desarrollado" consume el doble de grano y pescado, el triple de carne, nueve veces más papel y once veces más petróleo que un habitante de un país neocolonial. Es necesario subrayar que semejante diferencia en los niveles de consumo es posible porque hay una apropiación directa de los recursos disponibles en todo el mundo para disfrute de una escasa minoría, ya que ésta no gasta solamente los recursos que encuentra en sus propios países (por el contrario, trata de preservarlos durante más tiempo, o por lo menos eso es lo que afirman de dientes para afuera). Incluso, en la mayor parte de las ocasiones el consumidor del Norte ignora de dónde proceden los materiales y la energía que consume diariamente y el impacto que su producción tiene en sus lugares de origen, como se ejemplifica con el caso de las tuberías de cobre que se usan en las grandes ciudades de los Estados Unidos:

    Un constructor de viviendas en Los Ángeles instala tuberías de cobre, pero no tiene forma de saber que ese cobre proviene de la infame mina de Ok Tedi en Papúa Nueva Guinea. Esta gigantesca mina, propiedad de un consorcio internacional, arroja diariamente 80.000 toneladas de desechos de minería sin tratar al río Ok Tedi, lo que destruye la mayor parte de su vida acuática y perturba los medios de subsistencia de la comunidad wopkaimin. La globalización implica que los propietarios eventuales de las viviendas que se benefician de las tuberías de cobre no tienen conocimiento de su nexo con la deteriorada cuenca del Ok Tedi ni cargan con sus costos ambientales [7].

    En la vida diaria, unos pocos consumen mercancías que se han originado a partir de la explotación intensiva de los ecosistemas de todo el mundo, como se ejemplifica con algunos datos elementales: (…) un ciudadano estadounidense requiere más o menos cinco hectáreas de un ecosistema productivo para mantener su consumo promedio de bienes y servicios, comparadas con menos de 0,5 hectáreas que se necesitan para sostener el consumo de un habitante de un país en desarrollo. Las emisiones per cápita anuales de CO2 ascienden a 11.000 kilogramos en los países industrializados, donde hay muchos más automóviles, industrias y electrodomésticos, comparados con menos de 3.000 kilogramos en Asia [8].

    Sin embargo, quienes más directamente dependen y viven con los ecosistemas, indígenas, campesinos y mujeres, son los que menos disfrutan los productos que allí se generan, tienen un peor nivel de vida y además se ven perjudicados en forma inmediata y directa por su destrucción. Esto es causado por la apropiación privada de los ecosistemas por parte del capitalismo, lo que da como resultado que quienes detentan más capital y dinero tengan un mayor nivel de consumo y muchas más posibilidades de beneficiarse de los bienes y servicios que originan los diversos ecosistemas. Cuando se contamina un río o una costa, reduciendo la pesca, quienes lo sufren en carne propia no son los consumidores de las engalanadas mesas del Norte, sino los pescadores y sus familias que habitan en las costas o en los ríos de los países del Sur.

    Para concluir este primer parágrafo puede decirse con plena seguridad que es imposible la existencia de las sociedades humanas sin ecosistemas, ya que éstos son en realidad "los motores productivos del planeta". En forma ineludible, (…) los ecosistemas están a nuestro alrededor: bosques, praderas, ríos, aguas costeras y profundidades marinas, islas, montañas e incluso ciudades. Cada uno entraña la solución a un desafío particular de la vida, solución ésta que se ha configurado a lo largo de los milenios; cada uno codifica enseñanzas de supervivencia y eficiencia, a medida que incontables especies compiten por luz solar, agua, nutrientes y espacio. Si se la privara de sus ecosistemas, la Tierra se parecería a las imágenes desoladas y sin vida que proyectaron desde Marte las cámaras de la NASA en 1997 [9].

    Pretender que la vida humana es posible sin los ecosistemas, tal y como afirman ciertos economistas y tecnócratas, no pasa de ser una falacia justificatoria del irracional modelo de acumulación capitalista, como si así se pudiera eludir los límites naturales existentes que cuestionan la creencia absurda en un crecimiento económico ilimitado. Sólo individuos cínicos o mentirosos, engreídos por su culto a la tecnología y al consumo ostentoso, pueden decir barbaridades que rayan en la demencia. Por ejemplo, Adrian Berry llegó a sostener que (…) contrariamente a la creencia del Club de Roma, no hay "límites al crecimiento". No hay ninguna razón por la que nuestra riqueza global, o por lo menos la riqueza de las naciones industriales, no siga creciendo indefinidamente a su promedio anual actual de un 3 o un 5%. Aunque se demuestre finalmente que los recursos de la tierra son finitos, los del Sistema Solar y los de la Gran Galaxia que lo rodea son, para todos los fines prácticos, infinitos [10].

    Tal nivel de estupidez y de arrogancia con respecto a la naturaleza es notable pero no sorprendente, porque ella hace parte de la lógica capitalista que se ha enseñoreado del mundo. Esa lógica la expresan mejor que nadie los economistas neoliberales, porque "quien crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un mundo finito, o es un loco o es un economista" [11].

    2. La acentuación del saqueo de materias primas y recursos naturales

    En los últimos años se ha acentuado la explotación de materias primas, incluyendo petróleo, recursos forestales, cobre, café, banano, minerales, metales preciosos, diamantes, a despecho de la propaganda sosteniendo que ya no son importantes esas materias primas ni los recursos naturales, porque la sociedad posindustrial -en la que supuestamente nos encontraríamos- ya no los necesita, dado que ahora lo que contaría es el conocimiento y la información [12]. Esos supuestos de la "era de la información" no tienen nada que ver con la realidad, ya que los polos dominantes en el mercado mundial capitalista siempre deben recurrir a las fuentes materiales de producción, porque para elaborar automóviles, televisores, computadores, teléfonos portátiles y todo tipo de objetos no se pueden violar las leyes físicas ni producir cosas materiales a partir de la nada. Es necesario extraer la materia y la energía de los lugares donde se encuentre, e incluso, en los casos en que se avanza en la producción de materiales sintéticos que sustituyan a determinados productos, no puede eludirse la dependencia material de otro tipo de recursos (si en la producción de determinadas partes del automóvil se prescinde del hierro y se sustituye por plásticos, eso supone la incorporación de mayores cantidades de petróleo).

    Que los recursos materiales son y seguirán siendo importantes para el capitalismo y el imperialismo ha quedado demostrado en los últimos años con las guerras y conflictos azuzados o llevados a cabo por las potencias imperialistas. Dado el agotamiento de los recursos naturales no renovables y que otros renovables, en razón de su explotación desaforada se están convirtiendo en no renovables (plantas, animales y agua), los países imperialistas compiten entre sí para usufructuar esos recursos. Los Estados Unidos, el país del mundo que más consume y despilfarra materia y fuentes de energía, ha proclamado como un asunto de seguridad nacional el control de las fuentes de petróleo y de materias primas estratégicas, y las guerras y genocidios que ha organizado en los últimos años están relacionados con la apropiación de importantes reservas de crudo [13]. Basta recordar que en el documento Santa Fe IV se sostiene que el control de los recursos naturales de América Latina no sólo es una prioridad de los Estados Unidos, sino una cuestión de seguridad nacional.

    Desde luego, esa guerra mundial por los recursos que se libra entre las potencias (pero no en sus países sino en los territorios del Sur, convertidos en campos de batalla) tiene consecuencias ambientales evidentes al aumentar la presión sobre los ecosistemas, tendencia que es una continuación de procesos típicos del capitalismo desde la Revolución Industrial, como se evidencia al recordar que entre 1770 y 1995 la tierra perdió más de un tercio de los recursos existentes, una cifra impensable en cualquier otro momento de la historia humana y que "un 70% del bosque tropical seco ha desaparecido, junto con un 60% de los bosques de la zona templada y el 45% de la selva tropical húmeda" [14].

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    El saqueo de los recursos materiales y energéticos que se encuentran en los países dominados del Sur y del Este se ha institucionalizado a través del impulso a las exportaciones por la vía de los Planes de Ajuste Estructural, lo cual ha producido un regreso a las economías primarias tradicionales en muchos países del mundo. Eso explica que el culto a las exportaciones y al comercio exterior haya adquirido tanta legitimidad política y justificación teórica (reviviendo el mito de las "ventajas comparativas") y se haya convertido en parte del imaginario político y económico de las clases dominantes de los países periféricos, deseosas de regalar en forma rápida todos los recursos naturales con que cuente el territorio de un país, en aras de ser competitivos en el mercado mundial. Esta ideología exportadora -que cuenta como sus principales exponentes al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional y a la Organización Mundial de Comercio- es justificatoria del saqueo de materias primas y recursos naturales y oculta conscientemente los impactos ambientales que eso produce o, lo que es todavía peor, pretendiendo que eso beneficia los ecosistemas al dejarlos bajo la regulación del capital privado para capitalizar la naturaleza a su antojo, lo que finalmente nos beneficiará a todos. Este cinismo se encuentra detrás del discurso "verde" de todos aquellos interesados en llevarse hasta el último pedazo de selva virgen que pueda quedar en algún lugar del mundo, dejando a su paso miseria y desolación.

    3. Biopiratería y saqueo de la diversidad biológica y cultural de los países dominados

    El desarrollo de la ingeniería genética y de la biotecnología se está haciendo a partir de la base genética natural existente en los diversos ecosistemas del mundo, como las selvas húmedas tropicales, los páramos y los manglares, muchos de los cuales habían permanecido al margen del saqueo de compañías y estados imperialistas. Con los avances tecnológicos en la investigación biológica y biomédica en los laboratorios de las multinacionales -principalmente de los Estados Unidos-, esos recursos naturales gestados durante miles o millones de años pasan a convertirse en un ansiado botín mercantil de las multinacionales o los centros científicos de investigación del Norte. En este sentido, puede hablarse de un verdadero expolio de los recursos biogenéticos existentes en el Sur del mundo por parte del Norte, donde las empresas multinacionales empiezan a explotarlos comercialmente como expresión de lo que se ha denominado capital genético. Este es un capital que parte de una base natural ya existente, que debería pertenecer a los pobladores de las regiones o localidades donde se encuentra pero es apropiado en forma fraudulenta por grandes compañías, las que a partir de esa base genética desarrollan o reproducen medicamentos o productos que luego son patentados y apropiados por las compañías multinacionales. Así, la biodiversidad se ha convertido en el nuevo coto de caza del imperialismo genético, cuyo interés fundamental es apropiarse de esa riqueza. El nuevo colonialismo genético supone, desde luego, un proceso de expropiación en el que existen, en términos sociales, ganadores y perdedores. El bando de los ganadores está constituido por las grandes compañías multinacionales de la biotecnología y sus investigadores y el bando de los perdedores está formado por millones de campesinos e indígenas (expropiados de sus saberes ancestrales, de sus recursos, de sus plantas y animales) y la población pobre de los países situados en el Sur del mundo. Desde este ángulo, existe un intercambio genéticamente desigual, caracterizado por el traslado masivo y tramposo de la riqueza natural que se alberga en los trópicos hacia los países imperialistas, muy poco biodiversos y con una alta homogeneización genética [15].

    El ataque del imperialismo genético contra la biodiversidad acentúa el ecocidio contra las selvas y sus habitantes y reduce todavía más la maltrecha fuente de alimentos de la humanidad, ya que el 90% de nuestra dieta cotidiana está constituido por unas 15 especies agrícolas y 8 especies de animales. Con la Revolución Biotecnológica se acentúa la homogeneización genética de los principales cultivos, la desaparición de las variedades locales que aun existen y la imposición del latifundismo genético, impulsado por las grandes empresas multinacionales de la alimentación y los agroquímicos.

    La expropiación de las riquezas biológicas de las selvas y bosques tropicales forma parte de una nueva fase de dominación imperialista, tan rapaz y genocida como los anteriores períodos de saqueo colonialista del planeta. La expropiación genética constituye uno de los soportes del tan alabado avance de la biotecnología en los centros imperialistas, donde se consuma la reducción de los seres humanos y de todas las formas de vida a simples mercancías para valorizar grandes capitales, sin que importen los efectos perversos de esa lógica criminal y depredadora.

    4. El traslado de desechos tóxicos (nucleares y radiactivos) del Norte al Sur

    El capitalismo genera una gran cantidad de desechos tras la obsolescencia de las mercancías. Si para confeccionar productos se usan materiales tóxicos o radiactivos, como en efecto sucede con la industria microelectrónica y otras ramas de la producción industrial, es obvio que se originen desechos radioactivos. Para los países capitalistas del centro se hace imprescindible liberarse de esos desechos tóxicos y convertir su comercialización en una lucrativa industria y es "una estrategia central del Nuevo Orden Mundial, una forma intencionada de cercar tierras y recursos -el mismísimo aire que respiramos-, previamente de propiedad común, y establecer el comercio en ‘derechos de polución’" [16]. El capitalismo "descubrió" que hasta los desechos tóxicos pueden convertirse en una mercancía susceptible de ser vendida a los países más desprotegidos y miserables, y ha procedido a poner en práctica esa estrategia comercial, lo que ha dado como resultado que "prósperos empresarios" de los países imperialistas, en alianza con sus respectivos estados, estén asumiendo la tarea de envenenar el suelo, el mar y el aire de países enteros, con la consiguiente enfermedad y muerte de seres humanos y animales.

    Los Estados Unidos encabezan la lista de países que anualmente envían miles de toneladas de residuos tóxicos, encubiertos como fertilizantes, que son vertidos en las playas y tierras productivas de Bangla Desh, Haití, Somalia, Brasil, y otros países. La administración de Bill Clinton (1993-2001), por ejemplo, aceptó que las grandes corporaciones estadounidenses mezclaran cenizas de incineradores -que tienen altas concentraciones de plomo, cadmio, y mercurio- con productos agroquímicos. Este veneno químico se vende a agencias y gobiernos extranjeros que, o no sospechan de ese contenido o simplemente hacen la vista gorda [17]. El traslado de desechos tóxicos al Sur del planeta no es el resultado de imprevisiones o fruto necesario del "progreso técnico", sino que hace parte de la lógica de un explícito racismo ambiental que tiene como finalidad expresa la contaminación de seres humanos y de países considerados como inferiores. La lógica criminal del racismo ambiental se basa en el supuesto de que unos grupos humanos tienen el derecho a consumir hasta el hartazgo, sin miramientos con los que viven en condiciones infrahumanas de vida, y luego enviarles los residuos tóxicos a sus territorios. Semejante práctica genocida se sustenta en la convicción de las clases dominantes de todo el mundo de que su sola existencia es beneficiosa para el planeta, y los otros seres humanos deben resignarse a aceptar ese destino inexorable en el que sólo los ricos y opulentos tienen derecho a una vida sana y limpia. Es la típica ilusión NIMBY (Not in My Blacyard- No en mi jardín) que concibe como posible mantener al mismo tiempo un aumento incontrolable en el consumo de productos y preservar el medio ambiente circundante en condiciones adecuadas, para lo cual no importa contaminar el jardín del vecino con tal de mantener limpio el mío.

    El traslado de residuos contaminantes a los países dominados se ha convertido en un lucrativo negocio para ciertas compañías de los países imperialistas. Aunque la mayor parte de las materias primas utilizadas en la producción de las mercancías proceden del mundo pobre y dependiente -cuando esas materias tenían un valor de uso, es decir, se podían utilizar- se convierten en basura inservible luego de que han sido utilizados por los usuarios y consumidores del Norte y por sus pocos émulos en los países del Sur. Y es en este momento cuando nuevamente se piensa en esos países pobres como receptáculo de los desperdicios que origina el consumo desenfrenado de los opulentos del Norte. Los países altamente industrializados, se encuentran literalmente inundados de desechos y productos tóxicos, tal y como sucede en los Estados Unidos. Sus ríos y lagos están tan contaminados que las grandes empresas han abierto mercados para sus "apetecidos" residuos tóxicos, como ya se hizo desde mediados de la década de 1980 cuando vertieron miles de barriles de residuos de mercurio en los ríos sudafricanos [18].

    La exportación de residuos tóxicos por parte de los Estados Unidos está estrechamente emparentada con sus estrategias políticas ante los países pobres del mundo. La destrucción ecológica, la pobreza forzada, la guerra de contrainsurgencia, la corrupción y brutalidad política y el vertido de residuos tóxicos provenientes del extranjero forman parte de la misma estrategia. El comercio de residuos tóxicos es una estrategia central del nuevo desorden mundial con la finalidad de apropiarse de las tierras y recursos de los pueblos más pobres, incluyendo el propio aire que respiramos, para establecer el comercio de derechos de polución. Pero, al mismo tiempo, es un medio de proletarizar a campesinos y aldeanos, conduciéndolos a nuevas formas de explotación del trabajo y también una manera de arrasar con los ecosistemas del Sur.

    Mientras en el Norte se hacen más fuertes las regulaciones ambientales, sus empresas y capitalistas se encargan de impulsar la contaminación en el Sur y el Este del mundo. Los Estados Unidos se oponen a la reglamentación del transporte de residuos peligrosos y también han bloqueado las propuestas de otros países encaminadas a prohibir los embarques de residuos hacia los países pobres. No es de extrañar, pues, que al mismo tiempo haya convertido a martirizados países como Haití, Guatemala, Salvador y Somalia en zonas de descarga de sus residuos industriales, una forma premeditada de envenenamiento de los países neocolonizados.

    5. El desconocimiento de la deuda ecológica que el imperialismo le debe al mundo dependiente

    Por deuda ecológica debe entenderse el no pago por parte de los países altamente industrializados de los daños causados durante varios siglos por la explotación indiscriminada de los recursos naturales destinados a la exportación, sin que se contabilizaran los impactos negativos sobre los ecosistemas y el hábitat locales. En forma más concreta se puede considerar como (…) la deuda contraída por los países industrializados del Norte con los países del Tercer Mundo a causa del saqueo de los recursos naturales, los daños ambientales y la libre utilización de espacio ambiental para depositar desechos, tales como los gases de efecto invernadero, producidos por esos países industrializados [19].

    En consecuencia, los verdaderos deudores son las clases dominantes de todo el mundo, en primer lugar las de los países colonialistas e imperialistas.

    En contra del sentido común de los tecnócratas neoliberales, de los banqueros y de los representantes del capital financiero y de las transnacionales, la noción de deuda ecológica destaca que los países del Norte le deben a los pobres del mundo por haber ocasionado un "déficit terrestre (...) provocado por el aniquilamiento de los sistemas vitales básicos del planeta debido al abuso de su aire, sus suelos, las aguas y la vegetación". La responsabilidad de este déficit recae en forma desigual para los pobres y los opulentos, en la medida en que el consumo y el nivel de vida son diferentes entre unos y otros. Por esa razón, la deuda ecológica está relacionada con el racismo ecológico, ya que quienes más soportan los efectos de la devastación ambiental son los pobres, los campesinos, los indígenas, las mujeres humildes y los trabajadores. En otros términos, para comprender la deuda ecológica es menester introducir un análisis de clase, de género y de etnia, que permita determinar la forma como los más pobres son afectados por la degradación ambiental.

    En una perspectiva histórica, durante los últimos cinco siglos los habitantes de los países imperialistas han contraído una deuda con los pobres del mundo, como resultado de una diversidad de procesos mutuamente relacionados entre los que sobresalen: la extracción de los recursos (minerales, marinos, forestales y genéticos) en los países del Sur; la consolidación de un intercambio ecológicamente desigual, como resultado del cual se exportan bienes primarios sin evaluar económicamente el impacto social y ambiental generado por su extracción o producción; el saqueo, destrucción y devastación de hombres y culturas desde la era colonial; la apropiación de conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas sobre semillas y plantas medicinales, en los que se sustentan las modernas agroindustrias y la biotecnología; la destrucción de las mejores tierras de cultivo y de los recursos marinos para la exportación, debilitando la autosuficiencia alimentaria y la soberanía cultural de las comunidades del Sur; la contaminación de la atmósfera por parte de las naciones industrializadas debido a la excesiva emisión de gases que han afectado a la capa de ozono, provocando el efecto invernadero y desestabilizando el clima; la apropiación desproporcionada de la capacidad de absorción de dióxido de carbono que tienen los océanos y bosques del planeta; la producción de armas químicas y nucleares, cuya puesta a punto se hace con frecuencia en los países del Sur; y la venta de plaguicidas que no son usados en el Norte y el almacenamiento de desechos tóxicos en los países del Sur [20].

    Con respecto a las relaciones entre deuda externa y deuda ecológica cabe destacar dos aspectos: 1º) los precios de las exportaciones no incluyen los diversos costos sociales y ambientales, que no se contabilizan (es decir, son gratuitos) y los saberes (por ejemplo el conocimiento exportado desde América Latina sobre el manejo de determinados productos, como la papa o el maíz) tampoco se pagan. Pero al mismo tiempo las emisiones de gas carbónico que se producen a gran escala en el Norte son absorbidas gratis por la vegetación o los océanos de todo el mundo, incluyendo al Sur del planeta. Es como si los ricos del mundo se hubieran "arrogado derechos de propiedad sobre todos los sumideros de CO2, los océanos, la nueva vegetación y la atmósfera" [21]; 2º) la cancelación de la deuda externa degrada la naturaleza, puesto que para pagarla debe aumentarse la producción lo cual por lo común se hace a costa del empobrecimiento de la gente y de una mayor extorsión de la naturaleza. En la medida en que se dedican más recursos para exportación con la finalidad de pagar la deuda externa, ésta aumenta y al mismo tiempo los países pierden sus riquezas naturales. Esta es una muestra palpable de injusticia económica y ambiental, propia del sistema capitalista e imperialista. Como parte de esa injusticia, la deuda externa se sigue cobrando -y pagando, que es lo peor- cumplidamente, pero la deuda ecológica contraída por los países imperialistas nunca se menciona, como si no existiera.

    Existe una estrecha relación entre la deuda externa (financiera) que desangra a los países dependientes y la deuda ecológica (nunca reconocida por los países dominantes en el sistema mundial), debido a que las divisas destinadas al pago de los intereses y amortizaciones de la deuda externa aumentan la extracción de recursos naturales, para convertirlos en exportaciones al mercado externo con el fin de obtener dinero para seguir pagando las deudas. El costo ambiental de ese proceso se materializa en hechos como los siguientes:

    - Acelerada deforestación que destruye la biodiversidad y convierte en desiertos vastas superficies de tierras anteriormente fértiles. "Desde 1970 las áreas arboladas han disminuido de 11,4 kilómetros cuadrados por cada mil habitantes a sólo 7,3 kilómetros cuadrados".

    - La utilización de las mejores tierras de cultivo para la exportación ha forzado a los campesinos a cultivar tierras marginales. Por ejemplo, la utilización para el cultivo de laderas escarpadas, vulnerables a la erosión, ha favorecido los fatales deslizamientos de lodo que recientemente han afectado a Honduras, Nicaragua y Venezuela.

    - Incremento del uso de plaguicidas y fertilizantes químicos. Por ejemplo, la industria bananera de diversos países utiliza el plaguicida DBCP, que provoca esterilidad masculina.
    - Destrucción de los manglares para la cría del camarón, favoreciendo así las inundaciones en las zonas costeras. En Ecuador, el 70% de los manglares ha sido destruido para instalar criaderos de camarón para la exportación, afectando con ello la supervivencia de los pescadores tradicionales y aumentando las posibilidades de inundaciones provocadas por el fenómeno de El Niño.

    - Consumo excesivo de combustible, disminución del valor nutricional e incremento del uso de conservantes, provocados por el transporte de alimentos a grandes distancias.

    - Sustitución de la diversidad biológica por monocultivos y bosques artificiales. La explotación comercial de las plantaciones forestales extrae la madera y destruye el resto por considerarlo "desechos".

    - Pesca excesiva: "Las existencias mundiales de pesca están en declive, con una cuarta parte ya agotada o en vías de serlo y otro 44% explotado al límite de su continuidad biológica".
    - Destrucción de hábitats naturales y humanos como resultado de los riesgos de la extracción de petróleo. Por ejemplo, los daños provocados por la Shell en el delta del río Níger, hogar del pueblo Ogoni [22].

    Un procedimiento adecuado para sopesar la deuda ecológica contraída por los voraces consumidores de los países imperialistas y los subconsumidores del Sur consiste en comparar sus respectivas huellas ecológicas. Por huella ecológica se entiende la cantidad de "tierra cultivable, zonas de pastoreo, bosques, producción oceánica y capacidad de absorción de dióxido de carbono que es consumida por una persona promedio en un área geográfica determinada" [23]. Esa noción apunta a medir el impacto de los modelos de consumo con relación a la capacidad de carga del planeta, por lo cual se entiende el máximo de población de una determinada especie que puede sobrevivir en cierto hábitat sin provocarle daños irreversibles. En el caso de un país determinado, la huella ecológica mide la superficie biológicamente productiva que es necesaria para mantener el nivel de recursos de ese país y para absorber sus desechos:

    Cuando la huella ecológica de un país es mayor que su capacidad ecológica de carga, ese país tiene que "importar" capacidad de carga de algún otro sitio y/o consumir su capital natural a un ritmo mayor que el de la regeneración de la naturaleza. Esto se logra importando alimentos, combustible o productos forestales o agotando su provisión de recursos renovables y no renovables (por ejemplo, combustibles fósiles). También puede "exportar" desechos, como el exceso de emisiones de dióxido de carbono que su masa forestal o los océanos circundantes no pueden absorber [24].

    Se ha establecido que la huella ecológica promedio de un habitante humano en el planeta es de 7,7 hectáreas, pero que los países altamente industrializados superan con creces esa media en tanto que los países dependientes están sensiblemente por debajo de la misma. De esta forma, por ejemplo, Canadá tiene una capacidad ecológica de carga de 9,6 hectáreas per capita, mientras que en el otro extremo Bangla Desh, con una huella ecológica de sólo 0,5 hectárea per cápita dispone de una capacidad de carga de tan solo 0,3 hectárea por persona. Considerando los resultados de la huella ecológica por países se encuentra que a escala mundial el 77% de la población humana tiene una huella ecológica menor que la media, de sólo 1,02 hectárea, pero el otro 23% -los verdaderos deudores ecológicos- ocupa el 67% de la huella de toda la humanidad. Esto quiere decir que sólo un quinto de la población utiliza dos tercios de la capacidad de carga. Es esa quinta parte de deudores ricos la responsable de que la humanidad esté consumiendo un 40% más de recursos de los que pueden regenerarse sosteniblemente. Por cada persona que utiliza el triple de lo que en justicia le corresponde de la capacidad de carga del planeta, hay tres que sobreviven con sólo un tercio de lo que realmente les correspondería [25].

    6. Intercambio ecológico desigual

    Cuando se analiza la dominación imperialista suele hablarse del intercambio económico desigual expresado en la célebre formulación teórica del deterioro de los términos de intercambio, con lo que se quiere expresar que en el mercado mundial tienden a depreciarse los productos primarios y a encarecerse los bienes manufacturados. Mirada en el largo plazo esta tendencia perjudica a los países productores de materias primas. Pero sin desconocer la importancia de este intercambio desigual en términos económicos, es necesario considerar el intercambio ecológico desigual, algo poco estudiado. Por tal puede entenderse el resultado ambiental -negativo para los países dependientes- de la importación por parte de los países altamente industrializados de productos del Sur a bajos precios, que no toman en consideración el agotamiento y perennidad de tales recursos [26]. Esto sucede hoy con recursos naturales, como la madera (de la cual el Japón es uno de los primeros compradores del mundo), minerales, petróleo y especies exóticas. También debe considerarse como parte de ese intercambio ecológico desigual el envenenamiento de aguas, aire, tierras y seres humanos que se produce como resultado de la aplicación de plaguicidas en las plantaciones agrícolas de empresas imperialistas en países dependientes (como hicieron en Nicaragua las compañías bananeras). Mientras que las compañías transnacionales se llevan el producto para ser vendido y consumido en su país de origen, en las zonas productoras queda la desolación, la muerte y el veneno por todos lados.

    En pocas palabras, intercambio ecológicamente desigual "significa el hecho de exportar productos de países y regiones pobres, sin tomar en cuenta las externalidades locales provocadas por estos productos o el agotamiento de los recursos naturales, a cambio de bienes y servicios de regiones más ricas" [27]. Y lo más importante radica en que esa noción tiene implicaciones políticas, al destacar que la pobreza y la carencia de soberanía y autonomía por parte de las regiones exportadoras, debido a su condición dependiente y subordinada en el plano mundial, están en la base de ese intercambio desigual que finalmente perjudica a los pobres de dichas regiones, en virtud de la irremediable destrucción de sus ecosistemas sin que la misma sea asumida por los países imperialistas y sus empresas, que lucran con los productos que allí se generan.

    7. Violación de las aguas territoriales de los países dependientes por parte de las flotas pesqueras de las grandes potencias

    El ritmo infernal de pesca que se ha practicado durante las últimas décadas, a medida que aumenta el consumo de pescado o productos derivados en los países del Norte, ha agotado los principales bancos de peces en todo el mundo, comenzando por los mares y ríos de esos mismos países. Un buen ejemplo al respecto es el del bacalao, un producto esencial para la subsistencia de miles de pescadores artesanales en las costas canadienses de Terranova, que, por la acción de los grandes pesqueros comerciales, ha sido diezmado, terminando no sólo con el recurso sino también con los propios pescadores [28]. Como resultado del agotamiento de los bancos de peces en las aguas del Atlántico norte, grandes buques pesqueros de los países europeos, de los Estados Unidos y de Japón, incursionan en las aguas de todo el mundo para depredar literalmente todo lo que encuentran a su paso. Ahora, la pesca en alta mar está dominada por grandes barcos que operan a gran velocidad y "llevan detrás inmensos sistemas de redes que barren todo a su paso, sin tener en cuentas los cupos de peces y con una total indiferencia hacia el medio ambiente" [29]. Esto ha ocasionado la extinción de cientos de especies marinas y una drástica reducción del volumen de pesca a nivel mundial. También ha significado el empobrecimiento o la ruina de los pequeños pescadores artesanales en diversos lugares del mundo, una consecuencia dramática porque en los países de la periferia existen millones de personas cuya vida se ha desenvuelto durante cientos o decenas de años en torno a la pesca [30].

    8. Exportaciones forzadas de especies animales y vegetales

    Este comercio desigual que se hace siempre en la dirección Sur-Norte es realizado por mafias organizadas y tiene como objetivo transportar mascotas de compañía o producir mercancías exóticas a partir de partes animales (piel, marfil, dientes) para adornar a la burguesía de los países industrializados. Este comercio ilegal es tan significativo que se considera como la segunda actividad comercial subterránea, solamente superada por el comercio de estupefacientes. Anualmente circulan en forma ilegal 50 mil primates, 4 millones de aves, 350 millones de peces tropicales, de todos los cuales mueren en el viaje entre el 60 y el 80%. [31]. Para que este negocio funcione existen complejas redes de traficantes de animales, emparentadas con otras actividades como el narcotráfico, en las que participan funcionarios estatales y empresarios privados tanto de los países pobres como de los países ricos. Solo de esa forma pueden ser extraídos de la Amazonía brasileña, para señalar el caso más aberrante de expoliación imperialista, 12 millones de animales, de los cuales muy pocos llegan vivos a su destino final, puesto que sólo uno de cada diez resiste las travesías, el cambio de hábitat, la suciedad o el maltrato [32]. No es coincidencia, entonces, que en el Brasil 208 especies están seriamente amenazadas [33].

    El mercado de los animales y de las plantas exóticas está claramente definido en términos económicos y geográficos: la oferta la suministran los países tropicales y la demanda se concentra en los países industrializados. En estos últimos se presenta un consumo insostenible de fauna exótica, abastecido por países en los cuales los campesinos y los trabajadores soportan peores condiciones de existencia. En ese mercado internacional existen consumidores conspicuos que buscan ejemplares raros, pero también debe incluirse a la industria farmacéutica, que compra por ejemplo especies venenosas como arañas y serpientes para experimentar y producir nuevos medicamentos y productos.

    La Unión Europea es el principal consumidor de animales exóticos, siendo el primer importador mundial de pieles de reptil, de loros, de boas y de pitones y el segundo importador, después de los Estados Unidos, de primates y felinos. En ese mercado internacional de seres vivos España desempeña un papel significativo, por su posición geográfica que sirve de puente entre África Ecuatorial, América Latina y el sudeste asiático, con los Estados Unidos y otros lugares de Europa.

    9. A manera de conclusión: el capitalismo y la ecología son mutuamente excluyentes

    La crisis ambiental de nuestro tiempo ha sido producida por el modo de producción capitalista, debido a su carácter mercantil orientado a producir no para satisfacer necesidades sino para incrementar la ganancia individual. Este hecho aparentemente elemental que rige el funcionamiento del capitalismo constituye la base del agotamiento de los recursos naturales, expoliados a un ritmo nunca antes visto en la historia de la humanidad, al mismo tiempo que produce desechos y contaminación de manera incontrolable. Desde este punto de vista el capitalismo tiene dos características claramente antiecológicas: la pretensión de producir de manera ilimitada en un mundo donde los recursos y la energía son limitados; y originar desechos materiales que no pueden ser eliminados -cosa imposible en concordancia con las leyes físicas- y que deben ir a alguna parte, lo cual supone exportarlos a los países más pobres de la tierra. Como bien lo dice James O’Connor (…) la naturaleza es un punto de partida para el capital, pero no suele ser un punto de regreso. La naturaleza es un grifo económico y también un sumidero, pero un grifo que puede secarse y un sumidero que puede taparse. La naturaleza, como grifo, ha sido más o menos capitalizada; la naturaleza como sumidero está más o menos no capitalizada. El grifo es casi siempre propiedad privada; el sumidero suele ser propiedad común [34].

    Está absolutamente demostrado por todos los indicadores de deterioro ambiental que la ecología y el capitalismo son polos opuestos de una contradicción insalvable, puesto que el capitalismo se basa en la lógica del lucro y de la acumulación sin importar los medios que se empleen para lograrlo, ni la destrucción de recursos naturales y ecosistemas que eso conlleve. Se podría argüir en contra de esta afirmación que hoy el capitalismo tiene un discurso ecológico y preocupaciones "verdes". Desde luego que sí, pero detrás de ese discurso se esconden los grandes grupos corporativos interesados en expoliar hasta el fin al medio ambiente y de convertirlo en una mercancía muy rentable que genere pingües beneficios. En otros términos, hasta la ecología y el medio ambiente se han convertido en una mercancía más, lo cual tiene implicaciones negativas sobre las mismas posibilidades de existencia y reproducción de la vida en sus más diversas manifestaciones, y esa mercancía ecológica (expresada en la retórica insulsa del pretendido "desarrollo sustentable" y el "capital verde") también se ha mundializado como resultado de la expansión imperialista de las últimas décadas.

    En esa perspectiva, pueden señalarse los tres nudos problemáticos que, en términos ambientales, ha generado el capitalismo, tal y como lo ha analizado en varias investigaciones el teólogo brasileño Leonardo Boff: el nudo de la extinción de los recursos naturales; el nudo de la sostenibilidad de la tierra; y el nudo de la injusticia social mundial. En cuanto a la extinción de los recursos naturales estamos asistiendo al más acelerado exterminio de especies de seres vivos, la peor de los últimos 65 millones de años, ya que diariamente desaparecen para siempre unas 10 especies y anualmente unas 20.000. Esta cifra adquiere relevancia si se considera que en la última gran extinción de especies desaparecían dos o tres por año. Otro de los recursos que se agota rápidamente es la tierra fértil, convertida en desierto rural o urbano, deforestada y seca. Al mismo tiempo, la sostenibilidad de la tierra está seriamente en duda ante los procesos en curso, entre los que sobresale el calentamiento global, con sus consecuencias nefastas de alteración climática en todo el orbe, aumento en el nivel de los mares, inundaciones, sequías, huracanes, etcétera, fenómenos todos que pueden llegar a alterar el equilibrio químico-físico y biológico de la tierra. En lo que respecta a la injusticia social mundial, que se manifiesta en la concentración del ingreso y la prosperidad en reducidos sectores de las elites dominantes en todo el mundo al lado de la miseria y la pobreza de millones de seres humanos, tiene una relación directa con la apropiación de recursos y energía por esa minoría opulenta [35].

    En este artículo se han descrito y analizado en forma apretada algunas de las características del imperialismo ecológico, sin que hayamos considerado todos los aspectos que pueden ser estudiados a partir del uso de dicha categoría. Simplemente, se ha pretendido demostrar la utilidad de esta noción para entender y enfrentar algunos de los problemas ambientales más álgidos de nuestro tiempo, los cuales no son resultado, ni mucho menos, de catástrofes naturales o fuerzas incontrolables, como se ha dicho tan reiteradamente durante todo el año 2005, después del tsunami en el Océano Indico en diciembre de 2004 o del huracán que asoló a Nueva Orleáns. Teniendo en cuenta los elementos expuestos, es evidente que el imperialismo ecológico tiene múltiples dimensiones, que ameritan ser consideradas, tanto para entender la voracidad del imperialismo contemporáneo como para organizar luchas de resistencia y defensa de los ecosistemas por parte de todos aquellos que sentimos que la naturaleza se ha convertido en el último coto de caza de la mercantilización ecocida del capitalismo mundial. www.EcoPortal.net

    * Renán Vega Cantor es profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá-Colombia, y colaborador de la revista Herramienta. Este artículo fue publicado en Revista Herramienta Nº31-Buenos Aires, marzo 2006 -Boletín informativo - Red solidaria de la izquierda radical –y Ecoportal.net

    Notas

    [1] Barry Componer (1992), En paz con el planeta, Barcelona, Editorial Crítica, pág. 137.
    [2] Mitchel Cohen "Residuos tóxicos y el Nuevo Orden Mundial", en
    www.rebelion.org/ecologia/040128cohen.htm
    [3] Ramón Tamanes (1983), Ecología y desarrollo. La polémica sobre los límites al crecimiento, Madrid, Alianza Editorial, pág. 147.
    [4] "El vínculo entra la gente y los ecosistemas", en
    www.agrovia.com/ambiente/pdf/MAB
    [5] Ibíd.
    [6] Ibíd.
    [7] Ibíd.
    [8] Ibíd.
    [9] Ibíd.
    10] Adrian Berry (1997), Los próximos diez mil años, Madrid, Alianza Editorial, pág. 65.
    11] Citado en J. Riechmann (2004), Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación, Madrid, Libros de la Catarata, pág.133.
    12] Entre los autores que enfatizan este tipo de concepciones podemos mencionar a Jeremy Rifkin (2000), en La era del acceso. La revolución de la nueva economía, Barcelona, Editorial Paidos, págs. 49 y ss.
    13] Michael T. Klare (2003), Guerras por los recursos. El futuro escenario del conflicto global, Barcelona, Ediciones Urano, pág. 23.
    14] Ibíd., págs. 37, 39.
    [15] Vandana Shiva (2001), Biopiratería. El saqueo de la naturaleza y el conocimiento, Barcelona, Editorial Icaria, pág. 90; Isabel Bermejo, "El debate acerca de las patentes biotecnológicas", en Alicia Durán y Jorge Riechmann (1997), Genes en el laboratorio y en la fábrica, Madrid, Editorial Trotta, págs. 53-70.
    [16] M. Cohen, op. cit.
    [17] Ibíd.
    [18] Ibíd.
    [19] John Dillon, "Deuda ecológica. El Sur dice al Norte: ‘es hora de pagar’", en
    www.debtwatch.org/cat/formacio/maleti/material/de/da/dillon.pdf
    [20] Ibíd.
    [21] Joan Martínez Allier y Arcadi Olivares (2003), ¿Quién debe a quién? Deuda externa y deuda ecológica, Barcelona, Editorial Icaria, pág. 43.
    [22] J. Dillon, op. cit.
    [23] Ibíd.
    [24] Ibíd.
    [25] Ibíd.
    [26] Juan Martinez-Alier (1996), "De l’economie politique à l’ecologie politique", Un siècle de marxisme. Bilan et prospective critique, París, pág. 177.
    [27] Joan Martínez Allier (2005), El ecologismo de los pobres. Conflictos ambientales y lenguajes de valoración, Barcelona, Editorial Icaria, pág. 275.
    [28] James Petras y Henry Veltmeyer(2003), Un sistema en crisis. La dinámica del capitalismo de libre mercado, México, Editorial Lumen, págs. 171 y ss.
    [29] Ibíd, pág.183.
    [30] Joni Seager (1995), Atlas de la terre. Le coût écologique de nos modes de vie, la politique des Etats: une vision d’ensemble, París, Autrement, págs. 68-69 y 120-121.
    [31] Ibíd, págs. 80-81 y 124-125
    [32] Mario Osava, "Tráfico de animales, un negocio millonario", en web.chasque.net/informes/agosto-2001/info2001-08-15.htm; "Comercio internacional de animales y plantas", en
    www.!españa.es/naturaeduca/conserva_comercio.htm; "El tráfico ilegal de especies", en www.!españa.es/naturaeduca/hom_traficoespecies.htm; "Animales y plantas en peligro de extinción", en www.anbientum.com.revista/2003_04/EXTINCION_imprimir.htm
    [33] M. Osava, op. cit.
    [34] James O’Connor (2001), Causas naturales. Ensayos de marxismo ecológico, México, Siglo XXI Editores, pág. 221.
    [35]Leonardo Boff, "La contradicción capitalismo/ecología", en
    www.latinoamericana.org/2005/textos/castellano/Boff.htm

    Gentileza: volar [ volar@fibertel.com.ar ]

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    Imperialismo ecológico

    Imperialismo ecológico. El interminable saqueo de la naturaleza y de los parias del sur del mundo

    El hemisferio norte contiene la mayor parte de la moderna tecnosfera y la riqueza que la misma genera. El hemisferio sur contiene la mayor parte de la gente, casi toda desesperadamente pobre. El resultado de esta división es una dolorosa ironía global: los países pobres del sur, sufren los riesgos ambientales generados por la creación de esta riqueza en el Norte.

    Por Renán Vega Cantor

    En los actuales momentos de expansión imperialista hasta el último rincón del planeta, ocurre una acelerada destrucción de los ecosistemas y una drástica reducción de la biodiversidad. Es un resultado directo de la generalización del capitalismo, de la apertura incondicional de los países a las multinacionales, de la conversión en mercancía de los productos de origen natural, de la competencia desaforada entre los países por situarse ventajosamente en el mercado exportador, de la caída de precios de las materias primas procedentes del mundo periférico, de la reprimarización de las economías, en fin, de la lógica inherente al capitalismo de acumular a costa de la destrucción de los seres humanos y de la naturaleza.

    El capitalismo es una relación profundamente desigual y el gran desarrollo productivo y la capacidad de consumo se concentran en los países centrales (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón), donde se producen también millones de toneladas de desperdicios. No otra cosa son los automóviles, teléfonos, televisores, neveras, pilas… que, rápidamente inservibles, van a parar a la basura... y a los países pobres considerados receptáculo de las deyecciones que origina el consumo desenfrenado de los opulentos del Norte. Según el ecologista Barry Commoner, el planeta está dividido en dos:

    El hemisferio norte contiene la mayor parte de la moderna tecnosfera, sus fábricas, plantas de energía eléctrica, vehículos automóviles y plantas petroquímicas y la riqueza que la misma genera. El hemisferio sur contiene la mayor parte de la gente, casi toda desesperadamente pobre. El resultado de esta división es una dolorosa ironía global: los países pobres del sur, a pesar de estar privados de una parte equitativa de la riqueza mundial, sufren los riesgos ambientales generados por la creación de esta riqueza en el Norte [1].

    Esa dualidad no es resultado de cierta disposición divina o natural, sino que se convierte en uno de los objetivos del nuevo desorden mundial capitalista y debe considerarse en sentido estricto como una característica propia del imperialismo ecológico. Así, (…) la explotación masiva del medio ambiente en el Tercer Mundo incluye la conversión de residuos letales en mercancías, y el comercio internacional con ellos. También involucra la imposición por parte del capital de trueques de deudas por medio ambiente, la construcción de inmensos incineradores y vertederos, y muchos otros proyectos aparentemente sin sentido [2].

    Todas esas acciones son mecanismos propios de la dominación imperialista, las cuales generan resistencias por parte de los explotados y oprimidos del orbe enfrentando los crímenes ambientales que están destruyendo nuestra madre tierra y poniendo en peligro la supervivencia de nuestra especie. Para que el asunto no quede en enunciación retórica, deben precisarse las principales características del imperialismo ecológico, a fin de entender las novedosas formas asumidas por el imperialismo contemporáneo: es lo que intentamos hacer en este ensayo.

    1. Destrucción acelerada de ecosistemas en los países dominados

    La noción de ecosistemas ayuda a entender la magnitud de los problemas ambientales que hoy padecemos, en la medida en que su destrucción se constituye en la principal manifestación de la inviabilidad ambiental del modo de producción capitalista. Por ecosistemas puede entenderse a los conjuntos o escenarios en que se reproduce la vida. Un ecosistema determinado está definido por "el medio abiótico físico-químico y las manifestaciones bióticas a las que sirve de soporte: microbios y bacterias, plantas, animales" [3]. Para las sociedades los ecosistemas han sido fuentes de riqueza y bienestar, en la medida en que no solamente son ensamblajes de especies sino de "sistemas combinados de materia orgánica e inorgánica y fuerzas naturales que interactúan y se transforman". La energía que permite el funcionamiento del sistema proviene del sol, siendo dicha energía (…) absorbida y convertida en alimento por plantas y otros organismos que realizan la fotosíntesis y que se encuentran en la base misma de la cadena alimentaria. El agua es el elemento crucial que fluye a través del sistema. La cantidad de agua disponible, junto con los niveles extremos de temperatura y la luz solar que un determinado sitio recibe, determinan en lo fundamental el tipo de plantas, insectos y animales que habitan en ese lugar y la manera en que se organiza el ecosistema [4].

    Los ecosistemas reportan beneficios directos e indirectos a los seres humanos. Entre los directos se destacan la obtención de plantas y animales como alimentos y materias primas o como recursos genéticos y los indirectos toman la forma de servicios como control de la erosión, almacenamiento de agua por parte de plantas y microorganismos o la polinización por dispersión de semillas por insectos, aves y mamíferos.

    Los ecosistemas tal y como los conocemos en la actualidad han evolucionado durante millones de años y no pueden ser sustituidos ni recuperados por procedimientos tecnológicos. La desaparición de cualquier ecosistema supone eliminar posibilidades de subsistencia para los seres humanos por la sencilla razón de que "los ecosistemas hacen que la Tierra sea habitable purificando el aire y el agua, manteniendo la biodiversidad, descomponiendo y dando lugar al ciclo de nutrientes y proporcionándonos todo un abanico de funciones críticas" [5].

    En términos económicos inmediatos, el aprovechamiento de las riquezas naturales es una base de subsistencia y de empleo, sobre todo en los países del sur, puesto que la agricultura, la explotación forestal y la pesca generan uno de cada dos empleos que existen en el mundo y, además, en todo el planeta las actividades relacionadas con la madera, los productos agrícolas y el pescado son más importantes que los bienes industriales. Por esta razón, la disminución de la capacidad productiva de los ecosistemas tiene efectos devastadores sobre los seres humanos y de manera directa sobre los pobres que dependen de aquéllos para su subsistencia.

    Existen antecedentes históricos de que determinadas sociedades han colapsado por la destrucción de la riqueza natural y de los ecosistemas (como los Mayas en Mesoamérica). Sin embargo, tales colapsos fueron completamente distintos a lo que está pasando en la actualidad en términos de escala y velocidad, porque antes de la emergencia del capitalismo la degradación ambiental afectó a sociedades perfectamente localizadas y fue un proceso de deterioro gradual a lo largo de varios siglos, mientras que ahora la destrucción de los ecosistemas se efectúa a un ritmo acelerado y cubre hasta el último rincón del planeta tierra.

    Los ecosistemas son dinámicos y se regeneran constantemente en forma natural, pero en la medida en que las fuerzas destructoras del capitalismo se generalizan pueden desaparecer, en razón de que cada ecosistema interactúa de manera compleja con el ambiente y la comunidad biológica que lo habita, lo cual a su vez lo hace particularmente vulnerable. Las presiones generadas por la explotación intensiva de recursos para satisfacer el consumo voraz de grupos reducidos de la población (las clases dominantes de todo el mundo), y sobre todo de los países imperialistas, destruyen los ecosistemas. Cada uno de los ecosistemas existentes ha sufrido un notable deterioro, como se constata con algunas cifras elementales: el 75% de las principales pesquerías marinas está agotado por el exceso de pesca o ha sido explotado hasta su límite biológico; la tala indiscriminada de árboles ha reducido a la mitad la cubierta forestal del mundo; el 58% de los arrecifes coralinos está amenazado por destructivas prácticas de pesca, por el turismo y por la contaminación; el 65% de los casi 1.500 millones de hectáreas de tierras de cultivo que hay en todo el mundo presenta algún nivel de degradación del suelo; y el bombeo excesivo de aguas subterráneas por parte de los grandes agricultores en todo el mundo excede las tasas naturales de reposición en por lo menos 160.000 millones de metros cúbicos por año [6].

    Está perfectamente establecido el diferente impacto de la acción de los opulentos y de los pobres sobre recursos, materiales y energía. A nivel mundial existe una geografía desigual del consumo, puesto que un habitante de un país "desarrollado" consume el doble de grano y pescado, el triple de carne, nueve veces más papel y once veces más petróleo que un habitante de un país neocolonial. Es necesario subrayar que semejante diferencia en los niveles de consumo es posible porque hay una apropiación directa de los recursos disponibles en todo el mundo para disfrute de una escasa minoría, ya que ésta no gasta solamente los recursos que encuentra en sus propios países (por el contrario, trata de preservarlos durante más tiempo, o por lo menos eso es lo que afirman de dientes para afuera). Incluso, en la mayor parte de las ocasiones el consumidor del Norte ignora de dónde proceden los materiales y la energía que consume diariamente y el impacto que su producción tiene en sus lugares de origen, como se ejemplifica con el caso de las tuberías de cobre que se usan en las grandes ciudades de los Estados Unidos:

    Un constructor de viviendas en Los Ángeles instala tuberías de cobre, pero no tiene forma de saber que ese cobre proviene de la infame mina de Ok Tedi en Papúa Nueva Guinea. Esta gigantesca mina, propiedad de un consorcio internacional, arroja diariamente 80.000 toneladas de desechos de minería sin tratar al río Ok Tedi, lo que destruye la mayor parte de su vida acuática y perturba los medios de subsistencia de la comunidad wopkaimin. La globalización implica que los propietarios eventuales de las viviendas que se benefician de las tuberías de cobre no tienen conocimiento de su nexo con la deteriorada cuenca del Ok Tedi ni cargan con sus costos ambientales [7].

    En la vida diaria, unos pocos consumen mercancías que se han originado a partir de la explotación intensiva de los ecosistemas de todo el mundo, como se ejemplifica con algunos datos elementales: (…) un ciudadano estadounidense requiere más o menos cinco hectáreas de un ecosistema productivo para mantener su consumo promedio de bienes y servicios, comparadas con menos de 0,5 hectáreas que se necesitan para sostener el consumo de un habitante de un país en desarrollo. Las emisiones per cápita anuales de CO2 ascienden a 11.000 kilogramos en los países industrializados, donde hay muchos más automóviles, industrias y electrodomésticos, comparados con menos de 3.000 kilogramos en Asia [8].

    Sin embargo, quienes más directamente dependen y viven con los ecosistemas, indígenas, campesinos y mujeres, son los que menos disfrutan los productos que allí se generan, tienen un peor nivel de vida y además se ven perjudicados en forma inmediata y directa por su destrucción. Esto es causado por la apropiación privada de los ecosistemas por parte del capitalismo, lo que da como resultado que quienes detentan más capital y dinero tengan un mayor nivel de consumo y muchas más posibilidades de beneficiarse de los bienes y servicios que originan los diversos ecosistemas. Cuando se contamina un río o una costa, reduciendo la pesca, quienes lo sufren en carne propia no son los consumidores de las engalanadas mesas del Norte, sino los pescadores y sus familias que habitan en las costas o en los ríos de los países del Sur.

    Para concluir este primer parágrafo puede decirse con plena seguridad que es imposible la existencia de las sociedades humanas sin ecosistemas, ya que éstos son en realidad "los motores productivos del planeta". En forma ineludible, (…) los ecosistemas están a nuestro alrededor: bosques, praderas, ríos, aguas costeras y profundidades marinas, islas, montañas e incluso ciudades. Cada uno entraña la solución a un desafío particular de la vida, solución ésta que se ha configurado a lo largo de los milenios; cada uno codifica enseñanzas de supervivencia y eficiencia, a medida que incontables especies compiten por luz solar, agua, nutrientes y espacio. Si se la privara de sus ecosistemas, la Tierra se parecería a las imágenes desoladas y sin vida que proyectaron desde Marte las cámaras de la NASA en 1997 [9].

    Pretender que la vida humana es posible sin los ecosistemas, tal y como afirman ciertos economistas y tecnócratas, no pasa de ser una falacia justificatoria del irracional modelo de acumulación capitalista, como si así se pudiera eludir los límites naturales existentes que cuestionan la creencia absurda en un crecimiento económico ilimitado. Sólo individuos cínicos o mentirosos, engreídos por su culto a la tecnología y al consumo ostentoso, pueden decir barbaridades que rayan en la demencia. Por ejemplo, Adrian Berry llegó a sostener que (…) contrariamente a la creencia del Club de Roma, no hay "límites al crecimiento". No hay ninguna razón por la que nuestra riqueza global, o por lo menos la riqueza de las naciones industriales, no siga creciendo indefinidamente a su promedio anual actual de un 3 o un 5%. Aunque se demuestre finalmente que los recursos de la tierra son finitos, los del Sistema Solar y los de la Gran Galaxia que lo rodea son, para todos los fines prácticos, infinitos [10].

    Tal nivel de estupidez y de arrogancia con respecto a la naturaleza es notable pero no sorprendente, porque ella hace parte de la lógica capitalista que se ha enseñoreado del mundo. Esa lógica la expresan mejor que nadie los economistas neoliberales, porque "quien crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un mundo finito, o es un loco o es un economista" [11].

    2. La acentuación del saqueo de materias primas y recursos naturales

    En los últimos años se ha acentuado la explotación de materias primas, incluyendo petróleo, recursos forestales, cobre, café, banano, minerales, metales preciosos, diamantes, a despecho de la propaganda sosteniendo que ya no son importantes esas materias primas ni los recursos naturales, porque la sociedad posindustrial -en la que supuestamente nos encontraríamos- ya no los necesita, dado que ahora lo que contaría es el conocimiento y la información [12]. Esos supuestos de la "era de la información" no tienen nada que ver con la realidad, ya que los polos dominantes en el mercado mundial capitalista siempre deben recurrir a las fuentes materiales de producción, porque para elaborar automóviles, televisores, computadores, teléfonos portátiles y todo tipo de objetos no se pueden violar las leyes físicas ni producir cosas materiales a partir de la nada. Es necesario extraer la materia y la energía de los lugares donde se encuentre, e incluso, en los casos en que se avanza en la producción de materiales sintéticos que sustituyan a determinados productos, no puede eludirse la dependencia material de otro tipo de recursos (si en la producción de determinadas partes del automóvil se prescinde del hierro y se sustituye por plásticos, eso supone la incorporación de mayores cantidades de petróleo).

    Que los recursos materiales son y seguirán siendo importantes para el capitalismo y el imperialismo ha quedado demostrado en los últimos años con las guerras y conflictos azuzados o llevados a cabo por las potencias imperialistas. Dado el agotamiento de los recursos naturales no renovables y que otros renovables, en razón de su explotación desaforada se están convirtiendo en no renovables (plantas, animales y agua), los países imperialistas compiten entre sí para usufructuar esos recursos. Los Estados Unidos, el país del mundo que más consume y despilfarra materia y fuentes de energía, ha proclamado como un asunto de seguridad nacional el control de las fuentes de petróleo y de materias primas estratégicas, y las guerras y genocidios que ha organizado en los últimos años están relacionados con la apropiación de importantes reservas de crudo [13]. Basta recordar que en el documento Santa Fe IV se sostiene que el control de los recursos naturales de América Latina no sólo es una prioridad de los Estados Unidos, sino una cuestión de seguridad nacional.

    Desde luego, esa guerra mundial por los recursos que se libra entre las potencias (pero no en sus países sino en los territorios del Sur, convertidos en campos de batalla) tiene consecuencias ambientales evidentes al aumentar la presión sobre los ecosistemas, tendencia que es una continuación de procesos típicos del capitalismo desde la Revolución Industrial, como se evidencia al recordar que entre 1770 y 1995 la tierra perdió más de un tercio de los recursos existentes, una cifra impensable en cualquier otro momento de la historia humana y que "un 70% del bosque tropical seco ha desaparecido, junto con un 60% de los bosques de la zona templada y el 45% de la selva tropical húmeda" [14].

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    El saqueo de los recursos materiales y energéticos que se encuentran en los países dominados del Sur y del Este se ha institucionalizado a través del impulso a las exportaciones por la vía de los Planes de Ajuste Estructural, lo cual ha producido un regreso a las economías primarias tradicionales en muchos países del mundo. Eso explica que el culto a las exportaciones y al comercio exterior haya adquirido tanta legitimidad política y justificación teórica (reviviendo el mito de las "ventajas comparativas") y se haya convertido en parte del imaginario político y económico de las clases dominantes de los países periféricos, deseosas de regalar en forma rápida todos los recursos naturales con que cuente el territorio de un país, en aras de ser competitivos en el mercado mundial. Esta ideología exportadora -que cuenta como sus principales exponentes al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional y a la Organización Mundial de Comercio- es justificatoria del saqueo de materias primas y recursos naturales y oculta conscientemente los impactos ambientales que eso produce o, lo que es todavía peor, pretendiendo que eso beneficia los ecosistemas al dejarlos bajo la regulación del capital privado para capitalizar la naturaleza a su antojo, lo que finalmente nos beneficiará a todos. Este cinismo se encuentra detrás del discurso "verde" de todos aquellos interesados en llevarse hasta el último pedazo de selva virgen que pueda quedar en algún lugar del mundo, dejando a su paso miseria y desolación.

    3. Biopiratería y saqueo de la diversidad biológica y cultural de los países dominados

    El desarrollo de la ingeniería genética y de la biotecnología se está haciendo a partir de la base genética natural existente en los diversos ecosistemas del mundo, como las selvas húmedas tropicales, los páramos y los manglares, muchos de los cuales habían permanecido al margen del saqueo de compañías y estados imperialistas. Con los avances tecnológicos en la investigación biológica y biomédica en los laboratorios de las multinacionales -principalmente de los Estados Unidos-, esos recursos naturales gestados durante miles o millones de años pasan a convertirse en un ansiado botín mercantil de las multinacionales o los centros científicos de investigación del Norte. En este sentido, puede hablarse de un verdadero expolio de los recursos biogenéticos existentes en el Sur del mundo por parte del Norte, donde las empresas multinacionales empiezan a explotarlos comercialmente como expresión de lo que se ha denominado capital genético. Este es un capital que parte de una base natural ya existente, que debería pertenecer a los pobladores de las regiones o localidades donde se encuentra pero es apropiado en forma fraudulenta por grandes compañías, las que a partir de esa base genética desarrollan o reproducen medicamentos o productos que luego son patentados y apropiados por las compañías multinacionales. Así, la biodiversidad se ha convertido en el nuevo coto de caza del imperialismo genético, cuyo interés fundamental es apropiarse de esa riqueza. El nuevo colonialismo genético supone, desde luego, un proceso de expropiación en el que existen, en términos sociales, ganadores y perdedores. El bando de los ganadores está constituido por las grandes compañías multinacionales de la biotecnología y sus investigadores y el bando de los perdedores está formado por millones de campesinos e indígenas (expropiados de sus saberes ancestrales, de sus recursos, de sus plantas y animales) y la población pobre de los países situados en el Sur del mundo. Desde este ángulo, existe un intercambio genéticamente desigual, caracterizado por el traslado masivo y tramposo de la riqueza natural que se alberga en los trópicos hacia los países imperialistas, muy poco biodiversos y con una alta homogeneización genética [15].

    El ataque del imperialismo genético contra la biodiversidad acentúa el ecocidio contra las selvas y sus habitantes y reduce todavía más la maltrecha fuente de alimentos de la humanidad, ya que el 90% de nuestra dieta cotidiana está constituido por unas 15 especies agrícolas y 8 especies de animales. Con la Revolución Biotecnológica se acentúa la homogeneización genética de los principales cultivos, la desaparición de las variedades locales que aun existen y la imposición del latifundismo genético, impulsado por las grandes empresas multinacionales de la alimentación y los agroquímicos.

    La expropiación de las riquezas biológicas de las selvas y bosques tropicales forma parte de una nueva fase de dominación imperialista, tan rapaz y genocida como los anteriores períodos de saqueo colonialista del planeta. La expropiación genética constituye uno de los soportes del tan alabado avance de la biotecnología en los centros imperialistas, donde se consuma la reducción de los seres humanos y de todas las formas de vida a simples mercancías para valorizar grandes capitales, sin que importen los efectos perversos de esa lógica criminal y depredadora.

    4. El traslado de desechos tóxicos (nucleares y radiactivos) del Norte al Sur

    El capitalismo genera una gran cantidad de desechos tras la obsolescencia de las mercancías. Si para confeccionar productos se usan materiales tóxicos o radiactivos, como en efecto sucede con la industria microelectrónica y otras ramas de la producción industrial, es obvio que se originen desechos radioactivos. Para los países capitalistas del centro se hace imprescindible liberarse de esos desechos tóxicos y convertir su comercialización en una lucrativa industria y es "una estrategia central del Nuevo Orden Mundial, una forma intencionada de cercar tierras y recursos -el mismísimo aire que respiramos-, previamente de propiedad común, y establecer el comercio en ‘derechos de polución’" [16]. El capitalismo "descubrió" que hasta los desechos tóxicos pueden convertirse en una mercancía susceptible de ser vendida a los países más desprotegidos y miserables, y ha procedido a poner en práctica esa estrategia comercial, lo que ha dado como resultado que "prósperos empresarios" de los países imperialistas, en alianza con sus respectivos estados, estén asumiendo la tarea de envenenar el suelo, el mar y el aire de países enteros, con la consiguiente enfermedad y muerte de seres humanos y animales.

    Los Estados Unidos encabezan la lista de países que anualmente envían miles de toneladas de residuos tóxicos, encubiertos como fertilizantes, que son vertidos en las playas y tierras productivas de Bangla Desh, Haití, Somalia, Brasil, y otros países. La administración de Bill Clinton (1993-2001), por ejemplo, aceptó que las grandes corporaciones estadounidenses mezclaran cenizas de incineradores -que tienen altas concentraciones de plomo, cadmio, y mercurio- con productos agroquímicos. Este veneno químico se vende a agencias y gobiernos extranjeros que, o no sospechan de ese contenido o simplemente hacen la vista gorda [17]. El traslado de desechos tóxicos al Sur del planeta no es el resultado de imprevisiones o fruto necesario del "progreso técnico", sino que hace parte de la lógica de un explícito racismo ambiental que tiene como finalidad expresa la contaminación de seres humanos y de países considerados como inferiores. La lógica criminal del racismo ambiental se basa en el supuesto de que unos grupos humanos tienen el derecho a consumir hasta el hartazgo, sin miramientos con los que viven en condiciones infrahumanas de vida, y luego enviarles los residuos tóxicos a sus territorios. Semejante práctica genocida se sustenta en la convicción de las clases dominantes de todo el mundo de que su sola existencia es beneficiosa para el planeta, y los otros seres humanos deben resignarse a aceptar ese destino inexorable en el que sólo los ricos y opulentos tienen derecho a una vida sana y limpia. Es la típica ilusión NIMBY (Not in My Blacyard- No en mi jardín) que concibe como posible mantener al mismo tiempo un aumento incontrolable en el consumo de productos y preservar el medio ambiente circundante en condiciones adecuadas, para lo cual no importa contaminar el jardín del vecino con tal de mantener limpio el mío.

    El traslado de residuos contaminantes a los países dominados se ha convertido en un lucrativo negocio para ciertas compañías de los países imperialistas. Aunque la mayor parte de las materias primas utilizadas en la producción de las mercancías proceden del mundo pobre y dependiente -cuando esas materias tenían un valor de uso, es decir, se podían utilizar- se convierten en basura inservible luego de que han sido utilizados por los usuarios y consumidores del Norte y por sus pocos émulos en los países del Sur. Y es en este momento cuando nuevamente se piensa en esos países pobres como receptáculo de los desperdicios que origina el consumo desenfrenado de los opulentos del Norte. Los países altamente industrializados, se encuentran literalmente inundados de desechos y productos tóxicos, tal y como sucede en los Estados Unidos. Sus ríos y lagos están tan contaminados que las grandes empresas han abierto mercados para sus "apetecidos" residuos tóxicos, como ya se hizo desde mediados de la década de 1980 cuando vertieron miles de barriles de residuos de mercurio en los ríos sudafricanos [18].

    La exportación de residuos tóxicos por parte de los Estados Unidos está estrechamente emparentada con sus estrategias políticas ante los países pobres del mundo. La destrucción ecológica, la pobreza forzada, la guerra de contrainsurgencia, la corrupción y brutalidad política y el vertido de residuos tóxicos provenientes del extranjero forman parte de la misma estrategia. El comercio de residuos tóxicos es una estrategia central del nuevo desorden mundial con la finalidad de apropiarse de las tierras y recursos de los pueblos más pobres, incluyendo el propio aire que respiramos, para establecer el comercio de derechos de polución. Pero, al mismo tiempo, es un medio de proletarizar a campesinos y aldeanos, conduciéndolos a nuevas formas de explotación del trabajo y también una manera de arrasar con los ecosistemas del Sur.

    Mientras en el Norte se hacen más fuertes las regulaciones ambientales, sus empresas y capitalistas se encargan de impulsar la contaminación en el Sur y el Este del mundo. Los Estados Unidos se oponen a la reglamentación del transporte de residuos peligrosos y también han bloqueado las propuestas de otros países encaminadas a prohibir los embarques de residuos hacia los países pobres. No es de extrañar, pues, que al mismo tiempo haya convertido a martirizados países como Haití, Guatemala, Salvador y Somalia en zonas de descarga de sus residuos industriales, una forma premeditada de envenenamiento de los países neocolonizados.

    5. El desconocimiento de la deuda ecológica que el imperialismo le debe al mundo dependiente

    Por deuda ecológica debe entenderse el no pago por parte de los países altamente industrializados de los daños causados durante varios siglos por la explotación indiscriminada de los recursos naturales destinados a la exportación, sin que se contabilizaran los impactos negativos sobre los ecosistemas y el hábitat locales. En forma más concreta se puede considerar como (…) la deuda contraída por los países industrializados del Norte con los países del Tercer Mundo a causa del saqueo de los recursos naturales, los daños ambientales y la libre utilización de espacio ambiental para depositar desechos, tales como los gases de efecto invernadero, producidos por esos países industrializados [19].

    En consecuencia, los verdaderos deudores son las clases dominantes de todo el mundo, en primer lugar las de los países colonialistas e imperialistas.

    En contra del sentido común de los tecnócratas neoliberales, de los banqueros y de los representantes del capital financiero y de las transnacionales, la noción de deuda ecológica destaca que los países del Norte le deben a los pobres del mundo por haber ocasionado un "déficit terrestre (...) provocado por el aniquilamiento de los sistemas vitales básicos del planeta debido al abuso de su aire, sus suelos, las aguas y la vegetación". La responsabilidad de este déficit recae en forma desigual para los pobres y los opulentos, en la medida en que el consumo y el nivel de vida son diferentes entre unos y otros. Por esa razón, la deuda ecológica está relacionada con el racismo ecológico, ya que quienes más soportan los efectos de la devastación ambiental son los pobres, los campesinos, los indígenas, las mujeres humildes y los trabajadores. En otros términos, para comprender la deuda ecológica es menester introducir un análisis de clase, de género y de etnia, que permita determinar la forma como los más pobres son afectados por la degradación ambiental.

    En una perspectiva histórica, durante los últimos cinco siglos los habitantes de los países imperialistas han contraído una deuda con los pobres del mundo, como resultado de una diversidad de procesos mutuamente relacionados entre los que sobresalen: la extracción de los recursos (minerales, marinos, forestales y genéticos) en los países del Sur; la consolidación de un intercambio ecológicamente desigual, como resultado del cual se exportan bienes primarios sin evaluar económicamente el impacto social y ambiental generado por su extracción o producción; el saqueo, destrucción y devastación de hombres y culturas desde la era colonial; la apropiación de conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas sobre semillas y plantas medicinales, en los que se sustentan las modernas agroindustrias y la biotecnología; la destrucción de las mejores tierras de cultivo y de los recursos marinos para la exportación, debilitando la autosuficiencia alimentaria y la soberanía cultural de las comunidades del Sur; la contaminación de la atmósfera por parte de las naciones industrializadas debido a la excesiva emisión de gases que han afectado a la capa de ozono, provocando el efecto invernadero y desestabilizando el clima; la apropiación desproporcionada de la capacidad de absorción de dióxido de carbono que tienen los océanos y bosques del planeta; la producción de armas químicas y nucleares, cuya puesta a punto se hace con frecuencia en los países del Sur; y la venta de plaguicidas que no son usados en el Norte y el almacenamiento de desechos tóxicos en los países del Sur [20].

    Con respecto a las relaciones entre deuda externa y deuda ecológica cabe destacar dos aspectos: 1º) los precios de las exportaciones no incluyen los diversos costos sociales y ambientales, que no se contabilizan (es decir, son gratuitos) y los saberes (por ejemplo el conocimiento exportado desde América Latina sobre el manejo de determinados productos, como la papa o el maíz) tampoco se pagan. Pero al mismo tiempo las emisiones de gas carbónico que se producen a gran escala en el Norte son absorbidas gratis por la vegetación o los océanos de todo el mundo, incluyendo al Sur del planeta. Es como si los ricos del mundo se hubieran "arrogado derechos de propiedad sobre todos los sumideros de CO2, los océanos, la nueva vegetación y la atmósfera" [21]; 2º) la cancelación de la deuda externa degrada la naturaleza, puesto que para pagarla debe aumentarse la producción lo cual por lo común se hace a costa del empobrecimiento de la gente y de una mayor extorsión de la naturaleza. En la medida en que se dedican más recursos para exportación con la finalidad de pagar la deuda externa, ésta aumenta y al mismo tiempo los países pierden sus riquezas naturales. Esta es una muestra palpable de injusticia económica y ambiental, propia del sistema capitalista e imperialista. Como parte de esa injusticia, la deuda externa se sigue cobrando -y pagando, que es lo peor- cumplidamente, pero la deuda ecológica contraída por los países imperialistas nunca se menciona, como si no existiera.

    Existe una estrecha relación entre la deuda externa (financiera) que desangra a los países dependientes y la deuda ecológica (nunca reconocida por los países dominantes en el sistema mundial), debido a que las divisas destinadas al pago de los intereses y amortizaciones de la deuda externa aumentan la extracción de recursos naturales, para convertirlos en exportaciones al mercado externo con el fin de obtener dinero para seguir pagando las deudas. El costo ambiental de ese proceso se materializa en hechos como los siguientes:

    - Acelerada deforestación que destruye la biodiversidad y convierte en desiertos vastas superficies de tierras anteriormente fértiles. "Desde 1970 las áreas arboladas han disminuido de 11,4 kilómetros cuadrados por cada mil habitantes a sólo 7,3 kilómetros cuadrados".

    - La utilización de las mejores tierras de cultivo para la exportación ha forzado a los campesinos a cultivar tierras marginales. Por ejemplo, la utilización para el cultivo de laderas escarpadas, vulnerables a la erosión, ha favorecido los fatales deslizamientos de lodo que recientemente han afectado a Honduras, Nicaragua y Venezuela.

    - Incremento del uso de plaguicidas y fertilizantes químicos. Por ejemplo, la industria bananera de diversos países utiliza el plaguicida DBCP, que provoca esterilidad masculina.
    - Destrucción de los manglares para la cría del camarón, favoreciendo así las inundaciones en las zonas costeras. En Ecuador, el 70% de los manglares ha sido destruido para instalar criaderos de camarón para la exportación, afectando con ello la supervivencia de los pescadores tradicionales y aumentando las posibilidades de inundaciones provocadas por el fenómeno de El Niño.

    - Consumo excesivo de combustible, disminución del valor nutricional e incremento del uso de conservantes, provocados por el transporte de alimentos a grandes distancias.

    - Sustitución de la diversidad biológica por monocultivos y bosques artificiales. La explotación comercial de las plantaciones forestales extrae la madera y destruye el resto por considerarlo "desechos".

    - Pesca excesiva: "Las existencias mundiales de pesca están en declive, con una cuarta parte ya agotada o en vías de serlo y otro 44% explotado al límite de su continuidad biológica".
    - Destrucción de hábitats naturales y humanos como resultado de los riesgos de la extracción de petróleo. Por ejemplo, los daños provocados por la Shell en el delta del río Níger, hogar del pueblo Ogoni [22].

    Un procedimiento adecuado para sopesar la deuda ecológica contraída por los voraces consumidores de los países imperialistas y los subconsumidores del Sur consiste en comparar sus respectivas huellas ecológicas. Por huella ecológica se entiende la cantidad de "tierra cultivable, zonas de pastoreo, bosques, producción oceánica y capacidad de absorción de dióxido de carbono que es consumida por una persona promedio en un área geográfica determinada" [23]. Esa noción apunta a medir el impacto de los modelos de consumo con relación a la capacidad de carga del planeta, por lo cual se entiende el máximo de población de una determinada especie que puede sobrevivir en cierto hábitat sin provocarle daños irreversibles. En el caso de un país determinado, la huella ecológica mide la superficie biológicamente productiva que es necesaria para mantener el nivel de recursos de ese país y para absorber sus desechos:

    Cuando la huella ecológica de un país es mayor que su capacidad ecológica de carga, ese país tiene que "importar" capacidad de carga de algún otro sitio y/o consumir su capital natural a un ritmo mayor que el de la regeneración de la naturaleza. Esto se logra importando alimentos, combustible o productos forestales o agotando su provisión de recursos renovables y no renovables (por ejemplo, combustibles fósiles). También puede "exportar" desechos, como el exceso de emisiones de dióxido de carbono que su masa forestal o los océanos circundantes no pueden absorber [24].

    Se ha establecido que la huella ecológica promedio de un habitante humano en el planeta es de 7,7 hectáreas, pero que los países altamente industrializados superan con creces esa media en tanto que los países dependientes están sensiblemente por debajo de la misma. De esta forma, por ejemplo, Canadá tiene una capacidad ecológica de carga de 9,6 hectáreas per capita, mientras que en el otro extremo Bangla Desh, con una huella ecológica de sólo 0,5 hectárea per cápita dispone de una capacidad de carga de tan solo 0,3 hectárea por persona. Considerando los resultados de la huella ecológica por países se encuentra que a escala mundial el 77% de la población humana tiene una huella ecológica menor que la media, de sólo 1,02 hectárea, pero el otro 23% -los verdaderos deudores ecológicos- ocupa el 67% de la huella de toda la humanidad. Esto quiere decir que sólo un quinto de la población utiliza dos tercios de la capacidad de carga. Es esa quinta parte de deudores ricos la responsable de que la humanidad esté consumiendo un 40% más de recursos de los que pueden regenerarse sosteniblemente. Por cada persona que utiliza el triple de lo que en justicia le corresponde de la capacidad de carga del planeta, hay tres que sobreviven con sólo un tercio de lo que realmente les correspondería [25].

    6. Intercambio ecológico desigual

    Cuando se analiza la dominación imperialista suele hablarse del intercambio económico desigual expresado en la célebre formulación teórica del deterioro de los términos de intercambio, con lo que se quiere expresar que en el mercado mundial tienden a depreciarse los productos primarios y a encarecerse los bienes manufacturados. Mirada en el largo plazo esta tendencia perjudica a los países productores de materias primas. Pero sin desconocer la importancia de este intercambio desigual en términos económicos, es necesario considerar el intercambio ecológico desigual, algo poco estudiado. Por tal puede entenderse el resultado ambiental -negativo para los países dependientes- de la importación por parte de los países altamente industrializados de productos del Sur a bajos precios, que no toman en consideración el agotamiento y perennidad de tales recursos [26]. Esto sucede hoy con recursos naturales, como la madera (de la cual el Japón es uno de los primeros compradores del mundo), minerales, petróleo y especies exóticas. También debe considerarse como parte de ese intercambio ecológico desigual el envenenamiento de aguas, aire, tierras y seres humanos que se produce como resultado de la aplicación de plaguicidas en las plantaciones agrícolas de empresas imperialistas en países dependientes (como hicieron en Nicaragua las compañías bananeras). Mientras que las compañías transnacionales se llevan el producto para ser vendido y consumido en su país de origen, en las zonas productoras queda la desolación, la muerte y el veneno por todos lados.

    En pocas palabras, intercambio ecológicamente desigual "significa el hecho de exportar productos de países y regiones pobres, sin tomar en cuenta las externalidades locales provocadas por estos productos o el agotamiento de los recursos naturales, a cambio de bienes y servicios de regiones más ricas" [27]. Y lo más importante radica en que esa noción tiene implicaciones políticas, al destacar que la pobreza y la carencia de soberanía y autonomía por parte de las regiones exportadoras, debido a su condición dependiente y subordinada en el plano mundial, están en la base de ese intercambio desigual que finalmente perjudica a los pobres de dichas regiones, en virtud de la irremediable destrucción de sus ecosistemas sin que la misma sea asumida por los países imperialistas y sus empresas, que lucran con los productos que allí se generan.

    7. Violación de las aguas territoriales de los países dependientes por parte de las flotas pesqueras de las grandes potencias

    El ritmo infernal de pesca que se ha practicado durante las últimas décadas, a medida que aumenta el consumo de pescado o productos derivados en los países del Norte, ha agotado los principales bancos de peces en todo el mundo, comenzando por los mares y ríos de esos mismos países. Un buen ejemplo al respecto es el del bacalao, un producto esencial para la subsistencia de miles de pescadores artesanales en las costas canadienses de Terranova, que, por la acción de los grandes pesqueros comerciales, ha sido diezmado, terminando no sólo con el recurso sino también con los propios pescadores [28]. Como resultado del agotamiento de los bancos de peces en las aguas del Atlántico norte, grandes buques pesqueros de los países europeos, de los Estados Unidos y de Japón, incursionan en las aguas de todo el mundo para depredar literalmente todo lo que encuentran a su paso. Ahora, la pesca en alta mar está dominada por grandes barcos que operan a gran velocidad y "llevan detrás inmensos sistemas de redes que barren todo a su paso, sin tener en cuentas los cupos de peces y con una total indiferencia hacia el medio ambiente" [29]. Esto ha ocasionado la extinción de cientos de especies marinas y una drástica reducción del volumen de pesca a nivel mundial. También ha significado el empobrecimiento o la ruina de los pequeños pescadores artesanales en diversos lugares del mundo, una consecuencia dramática porque en los países de la periferia existen millones de personas cuya vida se ha desenvuelto durante cientos o decenas de años en torno a la pesca [30].

    8. Exportaciones forzadas de especies animales y vegetales

    Este comercio desigual que se hace siempre en la dirección Sur-Norte es realizado por mafias organizadas y tiene como objetivo transportar mascotas de compañía o producir mercancías exóticas a partir de partes animales (piel, marfil, dientes) para adornar a la burguesía de los países industrializados. Este comercio ilegal es tan significativo que se considera como la segunda actividad comercial subterránea, solamente superada por el comercio de estupefacientes. Anualmente circulan en forma ilegal 50 mil primates, 4 millones de aves, 350 millones de peces tropicales, de todos los cuales mueren en el viaje entre el 60 y el 80%. [31]. Para que este negocio funcione existen complejas redes de traficantes de animales, emparentadas con otras actividades como el narcotráfico, en las que participan funcionarios estatales y empresarios privados tanto de los países pobres como de los países ricos. Solo de esa forma pueden ser extraídos de la Amazonía brasileña, para señalar el caso más aberrante de expoliación imperialista, 12 millones de animales, de los cuales muy pocos llegan vivos a su destino final, puesto que sólo uno de cada diez resiste las travesías, el cambio de hábitat, la suciedad o el maltrato [32]. No es coincidencia, entonces, que en el Brasil 208 especies están seriamente amenazadas [33].

    El mercado de los animales y de las plantas exóticas está claramente definido en términos económicos y geográficos: la oferta la suministran los países tropicales y la demanda se concentra en los países industrializados. En estos últimos se presenta un consumo insostenible de fauna exótica, abastecido por países en los cuales los campesinos y los trabajadores soportan peores condiciones de existencia. En ese mercado internacional existen consumidores conspicuos que buscan ejemplares raros, pero también debe incluirse a la industria farmacéutica, que compra por ejemplo especies venenosas como arañas y serpientes para experimentar y producir nuevos medicamentos y productos.

    La Unión Europea es el principal consumidor de animales exóticos, siendo el primer importador mundial de pieles de reptil, de loros, de boas y de pitones y el segundo importador, después de los Estados Unidos, de primates y felinos. En ese mercado internacional de seres vivos España desempeña un papel significativo, por su posición geográfica que sirve de puente entre África Ecuatorial, América Latina y el sudeste asiático, con los Estados Unidos y otros lugares de Europa.

    9. A manera de conclusión: el capitalismo y la ecología son mutuamente excluyentes

    La crisis ambiental de nuestro tiempo ha sido producida por el modo de producción capitalista, debido a su carácter mercantil orientado a producir no para satisfacer necesidades sino para incrementar la ganancia individual. Este hecho aparentemente elemental que rige el funcionamiento del capitalismo constituye la base del agotamiento de los recursos naturales, expoliados a un ritmo nunca antes visto en la historia de la humanidad, al mismo tiempo que produce desechos y contaminación de manera incontrolable. Desde este punto de vista el capitalismo tiene dos características claramente antiecológicas: la pretensión de producir de manera ilimitada en un mundo donde los recursos y la energía son limitados; y originar desechos materiales que no pueden ser eliminados -cosa imposible en concordancia con las leyes físicas- y que deben ir a alguna parte, lo cual supone exportarlos a los países más pobres de la tierra. Como bien lo dice James O’Connor (…) la naturaleza es un punto de partida para el capital, pero no suele ser un punto de regreso. La naturaleza es un grifo económico y también un sumidero, pero un grifo que puede secarse y un sumidero que puede taparse. La naturaleza, como grifo, ha sido más o menos capitalizada; la naturaleza como sumidero está más o menos no capitalizada. El grifo es casi siempre propiedad privada; el sumidero suele ser propiedad común [34].

    Está absolutamente demostrado por todos los indicadores de deterioro ambiental que la ecología y el capitalismo son polos opuestos de una contradicción insalvable, puesto que el capitalismo se basa en la lógica del lucro y de la acumulación sin importar los medios que se empleen para lograrlo, ni la destrucción de recursos naturales y ecosistemas que eso conlleve. Se podría argüir en contra de esta afirmación que hoy el capitalismo tiene un discurso ecológico y preocupaciones "verdes". Desde luego que sí, pero detrás de ese discurso se esconden los grandes grupos corporativos interesados en expoliar hasta el fin al medio ambiente y de convertirlo en una mercancía muy rentable que genere pingües beneficios. En otros términos, hasta la ecología y el medio ambiente se han convertido en una mercancía más, lo cual tiene implicaciones negativas sobre las mismas posibilidades de existencia y reproducción de la vida en sus más diversas manifestaciones, y esa mercancía ecológica (expresada en la retórica insulsa del pretendido "desarrollo sustentable" y el "capital verde") también se ha mundializado como resultado de la expansión imperialista de las últimas décadas.

    En esa perspectiva, pueden señalarse los tres nudos problemáticos que, en términos ambientales, ha generado el capitalismo, tal y como lo ha analizado en varias investigaciones el teólogo brasileño Leonardo Boff: el nudo de la extinción de los recursos naturales; el nudo de la sostenibilidad de la tierra; y el nudo de la injusticia social mundial. En cuanto a la extinción de los recursos naturales estamos asistiendo al más acelerado exterminio de especies de seres vivos, la peor de los últimos 65 millones de años, ya que diariamente desaparecen para siempre unas 10 especies y anualmente unas 20.000. Esta cifra adquiere relevancia si se considera que en la última gran extinción de especies desaparecían dos o tres por año. Otro de los recursos que se agota rápidamente es la tierra fértil, convertida en desierto rural o urbano, deforestada y seca. Al mismo tiempo, la sostenibilidad de la tierra está seriamente en duda ante los procesos en curso, entre los que sobresale el calentamiento global, con sus consecuencias nefastas de alteración climática en todo el orbe, aumento en el nivel de los mares, inundaciones, sequías, huracanes, etcétera, fenómenos todos que pueden llegar a alterar el equilibrio químico-físico y biológico de la tierra. En lo que respecta a la injusticia social mundial, que se manifiesta en la concentración del ingreso y la prosperidad en reducidos sectores de las elites dominantes en todo el mundo al lado de la miseria y la pobreza de millones de seres humanos, tiene una relación directa con la apropiación de recursos y energía por esa minoría opulenta [35].

    En este artículo se han descrito y analizado en forma apretada algunas de las características del imperialismo ecológico, sin que hayamos considerado todos los aspectos que pueden ser estudiados a partir del uso de dicha categoría. Simplemente, se ha pretendido demostrar la utilidad de esta noción para entender y enfrentar algunos de los problemas ambientales más álgidos de nuestro tiempo, los cuales no son resultado, ni mucho menos, de catástrofes naturales o fuerzas incontrolables, como se ha dicho tan reiteradamente durante todo el año 2005, después del tsunami en el Océano Indico en diciembre de 2004 o del huracán que asoló a Nueva Orleáns. Teniendo en cuenta los elementos expuestos, es evidente que el imperialismo ecológico tiene múltiples dimensiones, que ameritan ser consideradas, tanto para entender la voracidad del imperialismo contemporáneo como para organizar luchas de resistencia y defensa de los ecosistemas por parte de todos aquellos que sentimos que la naturaleza se ha convertido en el último coto de caza de la mercantilización ecocida del capitalismo mundial. www.EcoPortal.net

    * Renán Vega Cantor es profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá-Colombia, y colaborador de la revista Herramienta. Este artículo fue publicado en Revista Herramienta Nº31-Buenos Aires, marzo 2006 -Boletín informativo - Red solidaria de la izquierda radical –y Ecoportal.net

    Notas

    [1] Barry Componer (1992), En paz con el planeta, Barcelona, Editorial Crítica, pág. 137.
    [2] Mitchel Cohen "Residuos tóxicos y el Nuevo Orden Mundial", en
    www.rebelion.org/ecologia/040128cohen.htm
    [3] Ramón Tamanes (1983), Ecología y desarrollo. La polémica sobre los límites al crecimiento, Madrid, Alianza Editorial, pág. 147.
    [4] "El vínculo entra la gente y los ecosistemas", en
    www.agrovia.com/ambiente/pdf/MAB
    [5] Ibíd.
    [6] Ibíd.
    [7] Ibíd.
    [8] Ibíd.
    [9] Ibíd.
    10] Adrian Berry (1997), Los próximos diez mil años, Madrid, Alianza Editorial, pág. 65.
    11] Citado en J. Riechmann (2004), Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación, Madrid, Libros de la Catarata, pág.133.
    12] Entre los autores que enfatizan este tipo de concepciones podemos mencionar a Jeremy Rifkin (2000), en La era del acceso. La revolución de la nueva economía, Barcelona, Editorial Paidos, págs. 49 y ss.
    13] Michael T. Klare (2003), Guerras por los recursos. El futuro escenario del conflicto global, Barcelona, Ediciones Urano, pág. 23.
    14] Ibíd., págs. 37, 39.
    [15] Vandana Shiva (2001), Biopiratería. El saqueo de la naturaleza y el conocimiento, Barcelona, Editorial Icaria, pág. 90; Isabel Bermejo, "El debate acerca de las patentes biotecnológicas", en Alicia Durán y Jorge Riechmann (1997), Genes en el laboratorio y en la fábrica,

    "El Malku" La huella del cóndor.

    Por Marina Ari Murillo

    Felipe Quispe Huanca nació en Ajllata, provincia Omasuyos, el 22 de agosto de 1942. Su comunidad originaria fue arrebatada por los latifundistas y sus antepasados objeto de las relaciones brutales de esclavismo y explotación por parte de los "Patrones" feudales. Sus padres eran forzados para trabajar como siervos impagos y abusados del Patrón. Su padre tenía la conciencia clara de que los K'aras , los blancos explotadores y racistas, habían llegado de Europa para robar tierras , destruir la cultura originaria e imponer la injusticia y el racismo. Sus padres, campesinos, pobres como son la gran mayoría de Aymaras y Quechuas, fueron Gabino Quispe y Leandra Huanca, quienes tuvieron 6 hijos más para el hambre , como era el hijo menor sus padres no pudieron ayudarlo para que siguiera estudiando después del 6to grado.

    Fue una víctima más del sistema escolar blancoide donde el idioma español es impuesto con golpes, plantones, tortura; donde se prohibe hablar en Aymara y se ridiculiza el gorro andino, el llucho. En una entrevista publicada por el periódico "Los tiempos de Bolivia", relató que el profesor cuando no podían cantar el himno nacional en un "buen" español les quitaba sus lluchus (los gorros andinos tejidos a mano con precioso esfuerzo y un bien para los que no tienen nada) y los quemaba sin importarles el llanto de los niños indígenas .

    En ese ritual campesino de voluntad para integrarse como ciudadano, hizo su servicio militar en Grupo Aéreo de Cobertura en Riberalta en 1983.

    Trabajó en la tierra en la comunidad de Ajllata, cercana al guerrero pueblo de Achacachi, y se convirtió en dirigente campesino. Tal vez por esa época conoció a uno de los ideólogos Aymaras más importantes: Fausto Reinaga, cuyas ideas han influido sin duda en la trayectoria de muchos de los principales activistas y líderes Aymaras contemporáneos, entre ellos Felipe Quispe.

    Bajo la dictadura

    En 1971 cuando ocupaba la secretaría general del sindicato de su comunidad, se produjo el golpe militar que inició la sangrienta dictadura del hijo de la Escuela de las Américas: Hugo Bánzer. La muerte y persecución que vivieron los indígenas es horrorosa, anónima e impune, Quispe tuvo que escapar a Santa Cruz donde fue obrero explotado hasta 1977 .

    En 1978 volvió a la ciudad de La Paz y conoció al Movimiento Indígena Tupac Katari (MITKA) mediante un locutor de radio San Gabriel, que teatralizaba las gestas heroicas de los libertarios indígenas Tupac Katari y Bartolina Sisa. Entonces tomó contacto con varios dirigentes, entre ellos Luciano Tapia, incorporándose a ese partido, en el que trabajó como secretario permanente hasta 1980 cuando nuevamente fue perseguido por el narcogolpista Luis García Meza. Quispe tuvo que salir al Perú, luego a México, en 1983, Guatemala y posteriormente al Salvador. En 1983 volvió a Bolivia y en 1984 fue elegido como dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores Campesinos de La Paz y fundó el movimiento" Ayllus Rojos", el brazo político de las organizaciones campesinas de base.

    En 1988, los "Ayllus Rojos "se presentaron en el Congreso Campesino de Potosí con una tesis que planteó una vía desesperada frente a siglos de etnocidio sistemático por parte del estado mestizo: la lucha armada. Esta misma tesis se presentó en el Congreso de la COB en 1989 y recibió el rechazo de diferentes partidos, ese año fue detenido en la cárcel de San Pedro por siete meses.

    En esa época se forma el Ejercito Guerrillero Tupac Katari (EGTK), que hizo asaltos a remesas de dinero de cuatro entidades para la compra de armas. En 1992 se desarticula el EGTK y varios militantes, entre ellos mujeres son arrestados. Lo que los medios de comunicación manejados íntegramente por blancos y mestizos en Bolivia, nunca denunciaron fue la violación de derechos humanos elementales, violaciones y torturas a las que fueron sometidos con especial ensañamiento en indígenas y mujeres, para obtener auto incriminaciones.

    Quispe fue detenido el 19 de agosto de 1992 durante el gobierno de Jaime Paz Zamora, en la ciudad de El Alto por el Coronel Germán Linares. Entrevistado por una feroz y afamada periodista que había dejado sin argumentos a los detenidos blancos que participaron en el EGTK la dejó sin habla cuando contesto a sus agresivas recriminaciones de porqué la violencia: "Para que mi hija no sea tu empleada".

    Durante su detención fue salvajemente torturado durante varios días, golpeado con palos y hierros, colgado de cabeza, sometido a la picana eléctrica. Le destrozaron los oídos perforándolos con una punta metálica, privado de agua, alimento, descanso, baño, sofocado por bolsas plásticas hasta no poder respirar, y después acusado de alzamiento armado.

    Una voz para la historia

    "El Mallku", (Cóndor que simboliza la máxima autoridad comunal en Aymara), como ya lo conocieron desde esa época, permaneció en el penal de San Pedro hasta el 17 de julio de 1997, cuando los campesinos de la Provincia de Omasuyos rodearon la cárcel exigiendo la libertad de Quispe. Durante éste período salió bachiller e inició estudios de Historia en la Universidad Estatal de la Paz. El Mallku ha escrito tres libros, "Indio en escena", "tupac Katari vive y vuelve..." y "Mi captura", aun inédita.

    Un año después de su liberación, en un congreso nacional realizado el 29 de noviembre de 1988, "el Mallku" fue elegido Secretario Ejecutivo de la máxima organización campesina de Bolivia: la Confederación Sindical Unica de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB).

    Gentileza: Melina Alfaro [ melina

    Ballenas: Votos por muerte. Nada es a cambio de nada,

    En un estudio sobre compra de votos, Leslie Busby dice que “el Gobierno japonés ha sido acusado por años de utilizar la asistencia oficial para el desarrollo (ODA) con el fin de reclutar miembros en los países en desarrollo para la Comisión Ballenera Internacional (CBI) en apoyo a sus intereses.

    Por Carolina Escobar Sarti

    La caza comercial de ballenas está prohibida en todo el planeta desde 1986, y ahora resulta que el voto de Guatemala en un foro internacional puede ser el decisivo para revertir tal situación a favor de Japón.

    De allí que no extrañe el dinero “generosamente” donado por el Gobierno japonés al Gobierno guatemalteco para construir un tramo carretero y la donación de algunas computadoras para una escuela, entre otras “ayudas”. Nada es a cambio de nada, menos en la política.

    En un estudio sobre compra de votos, Leslie Busby dice que “el Gobierno japonés ha sido acusado por años de utilizar la asistencia oficial para el desarrollo (ODA) con el fin de reclutar miembros en los países en desarrollo para la Comisión Ballenera Internacional (CBI) en apoyo a sus intereses”.

    El Informe Global de Corrupción 2004 de la organización Transparencia Internacional prueba la compra de votos en la CBI y Milko Schvartzman señala que “el Gobierno de Guatemala se encuentra al borde de verse involucrado en un claro caso de corrupción; es incoherente que un país que nunca ha cazado ballenas y que se beneficia del ecoturismo de avistamiento de ballenas y delfines se preste a defender la extinción de los mismos”.

    Casualmente, un funcionario del Ministerio de Agricultura está ahora viajando por Japón, para decidir cuál será la posición de Guatemala en la reunión de la CBI, a realizarse en junio de este año en Saint Kitts y Nevis.

    El huésped guatemalteco está recibiendo información que el Gobierno nipón suele preparar para las delegaciones y funcionarios gubernamentales sobre el tema ballenero. Lo más interesante, es que en varias ocasiones estos simposios suelen ser impartidos por miembros de Ecco (Eastern Caribbean Cetacean Commission), organización también fundada por los japoneses.

    Guatemala tiene motivos para avergonzarse: el primero es porque durante la semana del 15 de septiembre del año pasado, los diputados guatemaltecos aprobaron muy calladitos, a petición del presidente Berger, la Convención Internacional para la Regulación de la Caza de la Ballena, requisito previo para participar en la reunión de la CIB.

    Durante esa semana de fiestas patrias, el Congreso sólo trabajó día y medio, pero la aprobación fue rapidísima y tomó por sorpresa a una población que ha visto cómo se engavetan allí leyes tan importantes como las de adopciones y seguridad, por meses y hasta por años.

    Además, en el informe financiero presentado por el Congreso a los medios de prensa a finales de ese mismo mes, se habían eliminado los gastos en que incurrió el diputado que viajó a Japón para conocer más sobre las ballenas.

    Otro motivo es nuestro presidente, que sigue haciéndola de ingenuo y mendigo e imponiéndole a Guatemala una vergüenza internacional innecesaria por unos cuantos centavos. El turismo de avistamiento de ballenas en Costa Rica, por ejemplo, genera más de US$4 millones para ese país, y casos similares se dan en otros países de la región, incluida Guatemala, que comienza a beneficiarse de esta industria sin sangre.

    Desde el año 2000, Japón viene orquestando una estrategia para lograr que la CBI dé por finalizada la moratoria para la caza de ballenas, emitida en 1986. Para ello comenzó a ayudar a los países en desarrollo, a cambio de que se integraran a la CBI y fueran sumándose los votos a su favor.

    A eso lo llama Bernard Petitjean “la corrupción institucionalizada”. Desde 1987, Japón se amparó en las excepciones de dicha convención y siguió cazando ballenas para surtir mercados y restaurantes asiáticos con su carne, so pretexto de una “caza científica”. Y ya han asegurado que el próximo diciembre masacrarán un millar de ballenas en el océano Antártico.

    A mí me importan mucho las ballenas, como cualquier ser vivo, y toda masacre humana o animal me delata el calibre de los asesinos. Pero acá no sólo hago eco de la voz de los ecologistas de todo el mundo que se oponen a ésta y otras prácticas salvajes, sino que estoy evidenciando que siguen dándose formas descaradas de corrupción institucionalizada al más alto nivel, que compran con mendrugos la voluntad, la ignorancia y la muerte.

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    Gentileza: volar [ volar@fibertel