Blogia
rosoca

CULTURA

La diversidad cultural y la paz

En poco más de diez años el mundo ha cambiado considerablemente. No sólo sufrió una profunda transformación que lo condujo en el plano internacional de las realidades bipolares hacia una realidad más diversificada que se busca hoy entre multilateralismo y unilateralismo, sino que además ha sido objeto de una transformación tecnológica que ha acercado a las culturas del mundo, gracias a un progreso inédito de las tecnologías de la comunicación, y las ha puesto en contacto unas con otras. Estas dos transformaciones, la del poder y la de la comunicación, han tenido consecuencias importantes y contradictorias en la evolución en curso y en la relación de las culturas entre sí.

La diversidad cultural y las amenazas que la acechan

La transformación del poder a escala mundial nos ha enfrentado de pronto a la polisemia del mundo. La desaparición de las divergencias ideológicas de la Guerra Fría, el final de las certezas mesiánicas, el derrumbe de las ilusiones de un progreso obtenido al precio de la supresión, cuando no del aplastamiento, de los derechos humanos han suscitado la esperanza de un mundo descompartimentalizado, liberado ahora de las trabas a la libertad y la libre expresión. Se entiende por «polisemia del mundo» la propensión de cada cultura a expresarse en el espacio mundializado realzando sus propios valores, reivindicando su identidad como una fuente inagotable de la que surgen una visión del hombre y de sus derechos, pero, asimismo, una representación de los grupos y sus lazos de civilidad. El espacio mundializado ha dado lugar a la mayor visibilidad de las culturas. El progreso de las tecnologías de la comunicación también desempeñó en ello un papel importante. Hizo que la proximidad de las culturas se volviera palpable y que su coexistencia fuera pensable. Jamás como en la mundialización se han tejido esas relaciones múltiples que nacen entre las culturas cuando toman unas de otras sus rasgos distintivos, cuando éstas se mezclan y se mestizan tomando entre sí sus rasgos específicos para integrarlos cada una de ellas en su espacio social y simbólico propio. Este intercambio a escala mundial indica una aculturación, una asimilación por parte de cada cultura de una porción del alma y la materialidad de las culturas otras.

Sin embargo, en el momento en que surge la diversidad y el pluralismo culturales, la cultura, cada cultura, se expone a grandes peligros. No tanto el peligro de ver su unidad en riesgo de quebrarse o su homogeneidad ceder ante el aporte de culturas alógenas. Más bien el peligro de verse amenazada en su centralidad y en su exclusividad como dispensadora de sentido y valores. Surge entonces la amenaza confusamente percibida de ver desaparecer el carácter «operatorio» de la cultura cuando ésta tiende a informar el comportamiento de los seres que la comparten, cuando les indica modalidades de comportamiento o modos de pensamiento aceptados en la sociedad en la que viven, cuando ya no basta para construir esa forma de reconocimiento en la cual todo ser se encuentra a sí mismo y encuentra las raíces de su ser que llamamos «identidad». El riesgo es entonces quedar desenclavado en su propio espacio simbólico, excluido de su propio mundo, vuelto sin embargo a tal punto extraño para sí que el universo cultural de cada individuo se transforma en un mundo de extrañeza y alienación. Tales eran, hasta no hace mucho tiempo, las angustias y los miedos de los pueblos del Tercer Mundo en la época de la colonización cuando comunidades enteras dejaban de reconocerse en su cultura de origen y comenzaban a sospechar que un poder exterior les quería imponer su propia cultura. Surgían oposiciones y resistencias que nutrían rebeliones contra la opresión, incluida en sus formas culturales. Felizmente hemos superado todo aquello. La época en que los pueblos intentaban imponer por la fuerza a otros sus normas y valores ha quedado en el pasado. Pero nuestra época, más insidiosa, tiende, mediante una suerte de «coerción simbólica» (Bourdieu) ¯esa fuerza que se ejerce sobre los espíritus¯ a infiltrar los poros culturales de las sociedades para moldear ese hombre cultural «unidimensional», retomando la expresión del desaparecido filósofo Herbert Marcuse, que señalaría el nacimiento del tiempo mundializado de la cultura homogénea. En los albores de esta nueva época, podríamos decir que tres peligros acechan la diversidad cultural.

Diversidad cultural y hegemonía

Un primer peligro es que la diversidad cultural se torne en ventaja de una «supercultura», una cultura de culturas, que se impondría desde arriba a todas las culturas, cubriéndolas y volviéndose de algún modo el idioma común de la mundialidad. El peligro no reside aquí en anular las culturas en su existencia diversificada y diferenciada, sino simplemente en provocar la relegación de las culturas, su marginalización. Éstas últimas quedarían entonces reducidas a un estatuto de «indigenidad», similares a esas lenguas vernáculas que no tienen otra función que la de expresar el aspecto utilitario de la vida, dejando a la «supercultura» la función de decir y vehicular las transformaciones del mundo, los nuevos valores y las innovaciones que importan en la vida de los hombres. Es una postura de esquizofrenia cultural la que lleva a separar en la vida de los grupos culturales lo que tiene que ver con las normas y la tradición, por un lado, y lo que depende de las técnicas y los valores que se les vinculan, por el otro. En esta nueva configuración, la «supercultura» permitiría incluso el pasaje de una cultura a otra. Sería el médium obligado entre las culturas. Sería, en suma, la lengua en la cual todas las lenguas del mundo podrían encontrar su equivalente, traducirse y comprenderse. Desde luego, el riesgo no reside en el pluralismo de las lenguas y culturas, sino en una especialización rígida que asignaría, en definitiva, a una lengua o a una cultura funciones que no se les otorgaría a las demás. El conjunto cultural lingüístico anglosajón está a punto de ocupar esta posición dominante, mediante su lengua, su potencia tecnológica y económica y su influencia en el universo de los medios de comunicación. Se encuentran allí reunidos todos los ingredientes de la hegemonía y una especie de signo de la potencia que existe. Y que viene. Querer ignorarlo implica exponerse no a una monocultura sino a la aceptación de lo que podríamos designar como una lengua de lo esencial: una lengua del mundo que impondría al mundo su lengua administrativa, artística o científica y que dejaría a las demás lenguas y culturas un ámbito de especificidad menor, fragmentos de historia confinados al folklore de las naciones. Preservar la diversidad cultural es permitir la omnifuncionalidad cultural, es decir, que cada cultura pueda asumir por medio de sus elementos constitutivos y sus valores específicos los diferentes aspectos de la vida cultural, científica o estética de una comunidad humana.

Diversidad cultural y repliegues identitarios

A la inversa del primero, el otro peligro que acecha a la cultura, y con ella a la diversidad cultural, es el del arrinconamiento: que quede reducida a significar un marcador de identidad tan estrecho y autocentrado que termine excluyendo cualquier coexistencia. De hecho, con las guerras identitarias y los conflictos étnicos que han ensangrentado durante la última década a países de pluralismo cultural, hemos visto identidades llevadas al extremo reivindicando para sí, y excluyendo a las otras, el territorio, la ley y el poder. El repliegue de las culturas sobre sí mismas, este nivelamiento «hacia abajo» de la identidad reducida a los albures del nacimiento, el color de la piel o la afiliación religiosa, da cuenta de la función restrictiva y de exclusión que puede asumir la cultura en ciertas circunstancias. Todo ocurre entonces como si el grupo, consolidado en torno de sus valores y sus símbolos que ya no sirven más que para garantizar su unidad y cohesión, se cerrara a toda alteridad, negándose incluso a tolerar sus huellas en el espacio que le es propio. En nombre de una identidad de combate, «mortífera», étnica y discriminatoria, la vida con los demás se declara imposible. La tierra es entonces «limpiada» en nombre de la identidad. Las comunidades y los grupos que no comparten la cultura, la lengua o la religión del grupo más poderoso sufren debido a su diferencia las exacciones más duras. Esta instrumentalización de los valores y las culturas por la que se convierten en fortalezas del encierro identitario es una inversión de las funciones de la cultura. La identidad se vuelve una herramienta destinada exclusivamente a la definición de sí mismo y el principio de una oposición a los otros. Los valores, el espacio y la razón política son puestos al servicio de la exaltación de la identidad más estrecha. La diversidad cultural ya no está limitada o amenazada. Es simplemente negada. La guerra se inscribe así insidiosamente en las funciones de la cultura.

Una de las primeras funciones de la cultura en los conflictos es que ésta aparece como un prescriptor de identidad. Cuando las naciones estallan y se derrumba la autoridad que garantizaba su unidad, o la identidad política que garantizaba su cohesión, se apela fuertemente a la cultura, a través de algunos de sus aspectos tales como la lengua o la religión, como el marco dispensador de una identidad alternativa. La identidad cultural se hace valer entonces como el sustituto de una identidad nacional difunta o desfalleciente. Así, sin ser exclusiva de otros elementos culturales, la religión, por ejemplo, es llamada a desempeñar el papel de soporte identitario en comunidades que no dejan de reconocerse en la identidad nacional que, antaño, englobaba las diferentes pertenencias de los ciudadanos de un Estado o los miembros de una nación. En Bosnia, la configuración de las fuerzas antagonistas en presencia cubría la pertenencia a las comunidades, ortodoxa, católica o musulmana. Las poblaciones de Bosnia tienen sin embargo una lengua en común. La diferenciación en comunidades distintas se operó sin embargo sobre una línea de fractura religiosa trabajada por una historia trágica. Se podría comparar fácilmente el caso bosnio con el caso libanés, en el cual comunidades confesionales aun sumergidas en el mismo universo lingüístico y en el mismo entorno global han percibido no obstante, durante la guerra que desgarró al país, su identidad y su porvenir a través de las grillas de valores y cultura antagonistas.

Una segunda función que cumple la cultura en situación de conflictos identitarios tiene que ver con la legitimación que puede aportar a la acción política del grupo en guerra. Este carácter difuso, casi espontáneo, puede agravarse y volverse explícito cuando instancias culturales, regionales o religiosas asignan un claro reconocimiento a causas étnicas, clánicas o confesionales. La cultura desempeña en este caso el papel de una religión desviada que aporta una suerte de «bendición» a una causa, haciendo creer, por ejemplo, que violencias «inevitables» inherentes a la acción son «aceptables». La línea y los medios de defensa del grupo son presentados como estrategias de supervivencia frente a la amenaza que harían planear comunidades opuestas.

Por último, las culturas presas en los meandros de los conflictos pueden transformarse en una verdadera fuerza de movilización. En circunstancias de crisis, la cultura da testimonio de su temible capacidad de sensibilizar los espíritus y galvanizar las energías. Orientado a la defensa de una tierra «sagrada» o de una causa igualmente «sagrada», el combate identitario cobra el aspecto de una guerra santa. Tras su impulso pueden constituirse partidos llamados religiosos que hacen del componente religioso de ciertas identidades una verdadera plataforma para el activismo político. En numerosos conflictos del mundo, en India, Afganistán, Sudán, Israel/Palestina, la radicalización política puede extraer del fondo cultural de las religiones los resortes de su acción. Proteger la cultura o los valores del grupo, preservar su territorio, se convierten en exigencias de reacción a favor de la salvaguarda de un «sagrado-profano» que reviste en la ocasión todos los rasgos de lo sagrado. Lo político termina de instrumentalizar la cultura ¯en realidad, de someterla a los fines del poder, de preeminencia o reparto inicuo de las riquezas, cuando llega a sacralizar el espacio comunitario (topos), a exaltar las normas, los símbolos, los valores y las reglas del grupo (nomos) y a establecer un discurso (logos) de exclusión.

Diversidad cultural y choque de imaginarios

El tercer peligro que acecha a la cultura se sitúa en el plano internacional. La mundialización, antes de ser un acercamiento de los espacios, es un poderoso revelador de desigualdades. La situación de indefensión en la competencia económica internacional de conjuntos geoculturales que ocupan posiciones de importancia desigual, el triunfo del mercado y de los valores correspondientes al orden liberal, la preeminencia ligada a los derechos humanos como si pertenecieran a una única civilización y que su formulación dependiera de una única cultura, todo ello ha agrandado la distancia entre las regiones del mundo. Una impresión de triunfo se desprendía de la proclamación de un «fin de la historia», entendida como el congelamiento del mundo en una imagen, una configuración y un modelo que serían los de Occidente. Los trágicos acontecimientos de Irak ilustran esta percepción diferenciada y esta sospecha de hegemonía que puede ser vinculada a una cultura cuando ésta mezcla las razones de una intervención con el advenimiento de un orden moral o cultural. El drama del choque contemporáneo de valores y símbolos reside en esta parte supuesta e imaginada de superioridad cultural y de gobernanza que se pretende ética y que se propone como lo que está casi exclusivamente en juego en las relaciones internacionales. En realidad, si existe drama, éste reside más bien en el hecho de tomar la vía de las culturas y especialmente las religiones para expresar y encarrilar las protestas contra un orden del mundo percibido como injusto. Reside también en el recurso a lenguajes culturales en los cuales la función crítica se moldea en los términos de una oposición cultural para construir estrategias de protesta. Todo ocurre como si las líneas de fractura ya no fueran las de las ideas o las ideologías ¯es decir, de naturaleza política¯ sino las de las culturas ¯de naturaleza normativa. Las culturas se opondrían en un enfrentamiento por la imposición de los principios de regulación del orden internacional. Si la teoría del choque de civilizaciones tiene algún viso de verdad, habría que poner en foco el torcimiento y el desvío de los filtros culturales de percepción del mundo toda vez que fracasen el diálogo y la cooperación. El error de una teoría del choque de las civilizaciones consiste en olvidar que la cultura es inseparable del progreso y la organización material del mundo, y que la movilización cultural adviene cuando la toma de conciencia de un retraso es agudizada por la marginalización en la participación equitativa en la gestión del bien común universal o en la toma de decisiones.

El diálogo de las culturas, cuya finalidad es el acercamiento de las culturas, supone como primera condición su libre expresión y la preservación de su diversidad. Pero supone también un entorno favorable a la concertación sumado a la voluntad de asociar los destinos de los pueblos a la gestión de su planeta común. Defender la diversidad de las culturas es a la vez defender la especificidad de cada cultura con relación a todas las demás y la necesidad para cada una de ellas de cooperar con las otras.

Las funciones de la cultura

Antes de pensar estrategias de cooperación, este modo de abordar los problemas de la diversidad y los peligros que pueden amenazarla nos lleva a señalar, a manera de recordatorio, las funciones que la cultura cumple o debe cumplir para que sean preservados el diálogo y la cooperación entre los hombres.

La cultura es ante todo el prisma a través del cual un hombre lee el mundo, da un sentido a la vida en sociedad, una orientación a la organización de sus relaciones con los otros y a la coexistencia de las sociedades entre sí. La cultura comporta una parte de organización material de la vida social del mismo modo que sintetiza para cada miembro del grupo que se reconoce en ella los valores fundadores de su ser en el mundo y su ser con los otros. Tanto, si no más, como los valores seculares, toda cultura vehicula las dimensiones de la transcendencia. Cuando un grupo humano se encuentra movilizado por una causa importante o se siente amenazado, estos valores pueden volverse un refugio que puede transformarse en bastión y una defensa que puede convertirse en violencia. Nosotros, que vivimos hoy un encuentro inédito de las culturas, algunas de las cuales atraviesan un momento de resurgencia de lo religioso, deberíamos estar más atentos aún a este cruce particular de los valores del cielo y de la tierra.

La cultura es, en segundo lugar, un vector de identidad. Es un signo de pertenencia porque ha sido antes que nada un medio de socialización, educación y formación de la parte colectiva de nuestra identidad. En este sentido, es tradición y transmisión. La tradición es lo que es dado como un marco histórico de referencia, de enraizamiento e identificación. Transmitir es mantener el vínculo que une a las generaciones y proponer a cada individuo las condiciones de su inserción en el conjunto al que pertenece. Preservar los lugares simbólicos de pertenencia y perennizar los canales de la transmisión es trabajar por la salvaguarda de las culturas y obrar con vistas a la diversidad cultural.

Finalmente, la cultura es lo que reúne a los seres humanos en la común humanidad. La cultura es, pues, también una manera de ver a los otros, de pensarse con ellos, de tomar conciencia de que la pertenencia a un grupo comanda al mismo tiempo ciertas reglas de relación con los otros. Lo cultural es de entrada también lo intercultural. En efecto, ¿de qué valdría una cultura que no sirviera más que a la definición de sus miembros en un mundo en el que ninguna cultura está sola ni es solitaria? Formular la pregunta de este modo implica admitir que toda cultura está orientada hacia los otros y que esta orientación define múltiples estrategias. Estas estrategias pueden favorecer actitudes de apertura como pueden generar bloqueos, desconfianzas y conductas de cierre. «Nosotros y los Otros»: la dialéctica de las relaciones interculturales permanece abierta. Por tanto es una puerta hacia la alteridad y el soporte de una cultura de paz y cooperación entre conjuntos diversos y plurales. «Nosotros contra los Otros»: la defensa identitaria se convierte en el único objeto de la política cultural. Contribuye a la creación de barreras culturales y se torna hostilidad y desconfianza. Del devenir de las relaciones entre las culturas plurales depende no sólo el futuro de la diversidad, sino también el refuerzo de nuestras defensas culturales contra el choque de los imaginarios y la exacerbación de las pasiones identitarias.

Propuestas para una estrategia de refuerzo de la diversidad y la cooperación culturales

Las propuestas para un refuerzo de la cooperación entre las culturas con vistas a crear un entorno pacificado tienen que ver tanto con estrategias culturales que apunten a la cultura de la paz y su difusión, como con verdaderos modos de prevención, gestión y resolución de conflictos que nacerían en circunstancias de gestión de reivindicaciones culturales o de percepciones contradictorias de valores e ideas en el plano mundial.

La difusión de la cultura de la paz podría entenderse según tres ejes.

Un eje del ver, en primer término, en el que se trataría de colaborar para una modificación de las percepciones y las imágenes de las culturas otras. Más específicamente, la difusión de «clichés culturales» vehiculados por los medios masivos de comunicación requiere que se intente una educación a las culturas otras para no seguir cultivando esquemas someros y simplistas, cuando no caricaturales o depreciativos, que favorecen los prejuicios y las imágenes deformadas del Otro. Esta estrategia implica una acción de socialización y de educación en la base, por la vía de la promoción de la diversidad cultural en el nivel de los programas de enseñanza, de la escuela a la universidad. Esta óptica ha sido adoptada por la Francofonía en la Conferencia Ministerial de Cotonu sobre la cultura en 2001. Una colaboración entre nuestras tres áreas lingüísticas permitiría coordinarla y generalizarla. Nada se podrá intentar en la materia si, en lo tocante a los medios de comunicación audiovisuales, no se emprende una política de sensibilización a la diversidad cultural, respetuosa de las especificidades y de la dignidad de cada una de las culturas.

Un eje del creer, en segundo lugar, que reconocería todo su lugar a las convicciones, las ideas, las creencias y los modelos culturales de los otros. Es necesario un mejor conocimiento de las culturas, las religiones y los sistemas de valores si se quiere honrar, respetar y proteger la diversidad cultural. De la ignorancia de los ideales de civilización y las convicciones morales, culturales o religiosas nace la desconfianza o, peor aún, el fanatismo que hace de la cultura propia un sistema de verdad y de la de los otros un tejido de errores o anacronismos. La tragedia del 11 de septiembre ha dado lugar, de una y otra parte, a un florecimiento de juicios apresurados de alcance cultural, moral o religioso que traducían, cuando menos, un desconocimiento de los sistemas de valores y creencias. Podría considerarse la posibilidad de organizar un diálogo trilateral, intercultural e interreligioso, asociando a representantes calificados de los grandes sistemas filosóficos y religiosos de nuestro tiempo.

Por último, un eje del poder, entendido como una capacidad de actuar, dado que se trata de organizar la diversidad cultural, en todos los niveles, y respetar en el plano constitucional y político el derecho a la diversidad cultural. Por consiguiente, más allá de la protección de las identidades culturales, habrá de encontrarse un equilibrio, en el respeto de las formas democráticas, entre la universalidad del derecho y la particularidad de los derechos culturales en el seno de los conjuntos nacionales. Una democracia abierta, representativa de la diversidad de lenguas y culturas, con una dimensión consociativa, es decir, de gestión del pluralismo gracias a la participación activa de todos los actores de la vida social, política y cultural es el mejor medio de hacer oír las voces de la diferencia.

En cuanto a los medios de prevenir, gestionar y resolver los conflictos, especialmente en el plano de su dimensión cultural, y de hacer de la diversidad cultural uno de los fundamentos de la paz, habrá de concebirse una acción de envergadura. Esta acción se articularía en torno de tres puntos fundamentales.

En primer lugar, se impondría un trabajo de elucidación, que consistiría en reflexionar sobre las amenazas a la paz propias de nuestro tiempo. Es preciso un informe sobre el «estado del mundo». Este informe tomaría la medida de las amenazas que pesan sobre la paz y la seguridad internacionales. Diagnosticaría con detenimiento las fracturas, especialmente aquellas de tipo cultural que acechan el orden internacional y preconizaría una serie de medidas a tomar para prevenir la amenaza y reducir la brecha cultural que separa a las naciones y los conjuntos geoculturales del mundo.

Luego, habrá de emprenderse un trabajo de observación y de alerta. Podría llevarse a cabo mediante la creación de un observatorio de las prácticas democráticas, del respeto de las libertades, los derechos humanos y la paz. En la continuidad del Simposio Internacional de Bamako, que prevé un mecanismo muy preciso de alerta, investigación y sanciones en caso de violación de los derechos humanos y de ruptura del orden constitucional y de la paz, sería inminente la implementación de un observatorio de este tipo.

Por último, debería programarse un trabajo de mediación. Se llevaría a cabo a través de la creación de un Centro de mediación y facilitación cuya tarea principal será formar mediadores y proponerlos en casos de conflictos a las partes en disputa de manera de ayudarlos a superar sus diferendos. Este Centro capacitará en modos de resolución pacífica de conflictos poniendo el acento en el abordaje cultural de la resolución de conflictos con el fin de contribuir a la construcción de sociedades pacificadas.


Autor:

Joseph Maila (*)

Docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas en el Instituto Católico de París. Profesor de Ciencias Políticas y Director del Centro de Investigación sobre la Paz (CRP, París) y del Instituto de Formación en Mediación y Negociación (IFOMEN). Miembro del Comité de redacción de las revistas Esprit y Etudes




 

 

Diversidad cultural¿Cuál será el impacto de una red informática mundial que permita la expresión abierta y la circulación de todos los tipos de documentos sobre los foros culturales? La construcción de las sociedades de la información inclusivas vuelve a lanzar el debate sobre la diversidad cultural, renovando la percepción común y la evolución de este término de contornos mal definidos. Detengámonos en el sentido de los dos términos diversidad y cultura.

¿Cuál será el impacto de una red informática mundial que permita la expresión abierta y la circulación de todos los tipos de documentos sobre los foros culturales? La construcción de las sociedades de la información inclusivas vuelve a lanzar el debate sobre la diversidad cultural, renovando la percepción común y la evolución de este término de contornos mal definidos. Detengámonos en el sentido de los dos términos diversidad y cultura.

La diversidad es a menudo percibida como una disparidad, una variación, una pluralidad, es decir, lo contrario de la uniformidad y de la homogeneidad. En su sentido original y literal, la diversidad cultural se referiría entonces simplemente a la multiplicidad de las culturas o de las identidades culturales. Pero hoy en día esta visión está superada, ya que para numerosos expertos, la “diversidad” se define no tanto por oposición a “homogeneidad” sino por oposición a “disparidad”. Es sinónimo de diálogo y de valores compartidos. En efecto, el concepto de diversidad cultural, así como el de biodiversidad, va más lejos en el sentido de que considera la multiplicidad de las culturas en una perspectiva sistémica donde cada cultura se desarrolla y evoluciona en contacto con las otras culturas.

En lo que se refiere a la cultura, ella tiene sus orígenes en la palabra latina cultura que designaba el cuidado de los campos y del ganado. A partir del siglo XVI, significará la acción de cultivar, es decir formar, acepción de la que se desprende el sentido que se le da hoy en día, a saber lo que forma y moldea el espíritu. La cultura se torna entonces ese conjunto de significaciones, de valores y de creencias que determina nuestra manera de hacer y estructura nuestros modos de pensar [1].

Un desafó económico y cultural

El término “diversidad cultural” ha sido utilizado en primer lugar con referencia a la diversidad en el seno de un sistema cultural dado, para designar la multiplicidad de sub - culturas y de sub - poblaciones de dimensiones variables que comparten un conjunto de valores y de ideas fundamentales. Seguidamente, ha sido utilizado en un contexto de mestizaje social, para describir la cohabitación de diferentes sistemas culturales, o por lo menos la existencia de otros grupos sociales importantes en el seno de las mismas fronteras geopolíticas. En los países del Tercer Mundo, la diversidad de las identidades culturales se convertirá rápidamente, en la época de la descolonización, en un argumento político a favor de la liberación y de la independencia de los países colonizados. Posteriormente, a partir de los años 60, impulsará una nueva visión del desarrollo, el desarrollo endógeno. Será seguido, por otra parte, por la puesta en relieve de un nuevo vínculo, el de la cultura y la democracia, que conducirá a dar prioridad “a la promoción de las expresiones culturales de las minorías en el marco del pluralismo cultural”.

Hoy en día, el término “diversidad cultural” tiende a reemplazar la noción de “excepción cultural” utilizada en las negociaciones comerciales a partir del ciclo Uruguay en el GATT, luego de la OMC. En este enfoque, la diversidad cultural apunta a garantizar el tratamiento particular de los bienes y de los servicios culturales con medidas nacionales o internacionales. La UNESCO redacta actualmente (firma prevista en noviembre de 2005) un “Convenio sobre la protección y la promoción de la diversidad de los contenidos culturales” [2].

El proyecto reconoce la especificidad de los bienes y servicios culturales y la legitimidad de las políticas culturales. Sin embargo, su artículo 20, que trata de las relaciones entre este convenio y los otros instrumentos internacionales, especialmente la OMC, ha sido objeto de fuertes debates con los Estados Unidos. En el estado actual, el convenio obliga a las partes signatarias a tomar en consideración las exigencias de la diversidad cultural cuando ellas interpreten y apliquen sus obligaciones internacionales o cuando suscriban nuevos compromisos, aun cuando el convenio no pueda ser opuesto a los otros tratados. Una fórmula diplomática obtenida después de largas negociaciones.

La protección de la diversidad cultural desde un punto de vista político y económico se vuelve en efecto urgente con la mundialización, que se caracteriza por la liberalización en gran escala de los intercambios económicos y comerciales, y en consecuencia, lo que se ha llamado la mercantilización de la cultura. Se puede notar por ejemplo que en el curso de las dos últimas décadas, el comercio de los bienes culturales se ha cuadriplicado y las nuevas reglas internacionales (OMC, OCDE) en materia de comercio suprimen cada vez más, en nombre de la libertad del mercado y del libre comercio, las intervenciones de apoyo o de protección de los Estados a favor de los bienes y servicios nacionales. La declaración independiente de la sociedad civil SMSI señala la urgencia de la situación en estos términos “La información y el saber son transformados cada vez más en recursos privados susceptibles de ser controlados, vendidos o comprados, como si fueran simples mercaderías y no componentes indispensables para la organización y el desarrollo social. Así, reconocemos que es urgente encontrar soluciones a estos problemas, a los cuales las sociedades de la información y de la comunicación se confrontan en primer lugar”.

Con el advenimiento de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación, las grandes firmas comerciales han aprovechado estos cambios inducidos para hacer adoptar peligrosas revisiones de textos legislativos en el sentido de una propiedad comercial de la cultura. Esta ofensiva de una cultura “mercantilizada” tiende a desplazar los lugares de debate y de decisión de los organismos multilaterales de la ONU hacia entidades como la OMC y los acuerdos y tratados de libre intercambio regionales o bilaterales. El tema de los debates internacionales sobre la cultura consiste pues en garantizar la supervivencia de la diversidad cultural, a pesar de los peligros de la sociedad de la información. En todo caso, para los representantes de los pueblos autóctonos, la evolución de las sociedades de la información y de la comunicación debe reposar sobre el respeto y la promoción de los derechos de las poblaciones indígenas y de su carácter distintivo, aun cuando la idea de la promoción siga siendo difícilmente aceptable para los partidarios del libre comercio.

Para los que sostienen la promoción cultural, entre cuyas filas se encuentran Canadá, Francia, el Grupo de los 77 (agrupamiento de los países en desarrollo), se trata sobre todo de obtener de los Estados Unidos la garantía, sancionada por ley, de que el Convenio no esté subordinado a los instrumentos comerciales internacionales. En efecto, para los Estados Unidos y otros partidarios del libre comercio, este convenio es una mala idea [3], y las medidas mencionadas anteriormente demuestran pura y simplemente una visión intervencionista del Estado, cuya naturaleza no es la de favorecer al mercado. Las subvenciones a las empresas culturales, la imposición de cuotas de difusión, las restricciones a la propiedad extranjera de los medios de comunicación, serían, según ellos, frenos al desarrollo natural del mercado. Además, aunque esto no tiene nada de oficial, el convenio sobre la diversidad cultural aparece para muchos norteamericanos como una tentativa de debilitar la supremacía de sus industrias audiovisuales a través del mundo.

Visión ética de la diversidad cultural

Situándose en un plano ético, la Declaración Universal de la Unesco sobre la diversidad cultural, adoptada el 2 de noviembre de 2001 [4], reconoce la diversidad cultural como “patrimonio común de la humanidad”. De este modo, la lucha por la salvaguarda de las culturas amenazadas se convierte en un deber ciudadano. Esta posición se explica por el hecho de que la comunidad científica ha tomado conciencia del riesgo de uniformidad de la cultura en una sociedad globalizada, aún si ésta permite en teóriá la manifestación de la diversidad cultural. En efecto, las tecnologías de la información y de la comunicación, lejos de ser únicamente herramientas, modelan nuestras maneras de pensar y de crear. La cultura, por ese hecho, se ve habitada por la tecnología, dialogando con ella, conteniéndola a veces y dejándose elaborar por ella. Esta situación crea una desigualdad y una dependencia de la cultura hacia la tecnología, e impide la manifestación de la diversidad cultural, tan necesaria para la sociedad de los saberes [5]. Por otra parte, numerosos observadores afirman que la tecnología ha dejado en la sombra a toda una parte de la población, la que sigue viviendo según los principios de la naturaleza, la que no cree en el Estado, sino en el poder de los ancestros, la que no cree en la ciencia, sino en el saber tradicional. La diversidad cultural se inscribe entonces en la lógica que considera que existen otras maneras de pensar, de existir, de trabajar fuera de la manera antropo - centrada y racio - centrada moderna. En efecto, si bien la ciencia y la tecnología son fácilmente comunicables ¿ están,sin embargo, todas las culturas listas para aceptar el formalismo matemático que se encuentra en la base de la construcción de las tecnologíasy de sus usos ?

En el contexto del debate sobre la edificación de la “sociedad de la información”, esta adaptación pasa, por supuesto, por la diversificación de los contenidos, es decir la cohabitación de los contenidos llamados clásicos y aquellos provenientes de culturas minoritarias, de saberes locales y autóctonos [6]. Pero ¿cómo integrar las culturas y saberes autóctonos sin generalizarlos, ni particularizarlos [7]? ¿Cómo convalidarlos con la ayuda de criterios exógenos? La declaración de principio de la CMSI, adoptada en Ginebra en diciembre de 2003, insiste sobre el hecho de que “las aplicaciones deberían ser amigables, accesibles a todos, abordables, adaptables a las necesidades locales en términos de culturas y de idiomas, y facilitar el desarrollo sostenible”. Es por esa razón que conviene pensar el ciberespacio de otra manera, permitiendo a todos y a cada uno acceder a Internet en su propio idioma, pensar en usos diferentes adaptados a todas las poblaciones, especialmente aquellas que funcionan sobre el modelo comunitario. Tomar en cuenta esto daría nacimiento a la producción de aparatos y estructuras adaptadas, un despliegue que no puede hacerse sin el desarrollo de las industrias culturales locales y la implementación de modelos especificos a diferentes contextos socioeconómicos. Pero esta expresión de las culturas se inscribe en una relación de fuerza que conviene matizar. Para la Red Internacional por la Diversidad Cultural [8], se trata antes que nada de introducir en el Convenio, “medidas eficaces que permitirían a los países en desarrollo dotarse de herramientas eficaces de producción y de difusión”.

Hacia un nuevo enfoque de la diversidad cultural

Si bien la diversidad cultural es comprendida en general tomando esencialmente como fundamento distinciones binarias: cultura moderna/cultura local, la realidad de la diversidad cultural no es binaria, sino que se des proviene del respeto y de la aceptación de las diferencias, del diálogo y de la búsqueda de valores comunes para salir del monologismo que caracteriza a la sociedad de la información. La Declaración independiente de la sociedad civil en la SMSI de Ginebra en 2003 menciona por otra parte que cada cultura posee una dignidad y un valor que deben ser respetados y preservados [9].

En este nuevo contexto, la diversidad se convierte en una manera de abordar el mejoramiento de nuestra vida en común, cuyo fundamento es la aceptación de una visión plural del mundo [10]. Se ve entonces que la diversidad cultural es percibida aquí como integración y no como superposición o yuxtaposición de culturas, y que la sociedad de la información en la cual ella se expresa es ante todo una sociedad de saberes compartidos.

En efecto, la noción de diversidad cultural nos remite a dos realidades bastantes distintas. Existe para empezar una primera concepción centrada en las artes y en las letras, que remite a su vez a la expresión cultural de una comunidad o de un grupo y que engloba la creación cultural bajo todas sus formas. Seguidamente están los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias que remiten a una perspectiva más sociológica o antropológica de la cultura. Pero adhiriendo a una u otra concepción, se puede convenir en que el contexto social dominado por las tecnologías de la información y de la comunicación, necesita la implementación de medidas que sean a la vez incitativas y limitativas, que prevaleciendo sobre los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio. De esta manera los debates actuales llegan hasta pedir, por ejemplo, que los países desarrollados se comprometan a aumentar la parte de mercado que destinan a los profesionales, artistas y otros creadores de los países en desarrollo. Pero esta propuesta, que recuerda fuertemente los debates sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación a propósito del reequilibrio de los ¬flujos, suscita por supuesto la oposición de los Estados que poseen las industrias culturales más grandes. Sin embargo, la pregunta que planteamos aquí se encuentra en la base misma de la edificación de una sociedad de la información accesible para todos.

 

10 de abril de 20

De um viejo rojo asombrado... a los que no salen de su asombro

Veo los telediarios de estos días y oigo lo que se dice en tertulias radiofónicas y televisivas y no logro salir del asombro. Veo en el centro del Imperio a las gentes ricas resucitar el viejìsimo "ojo por ojo", blandir la sagrada bandera de los que nos han contado el cuento de que el mercado no tiene banderas y jalear los bombardeos de poblaciones civiles en nombre de la libertad y de la democracia mientras invocan a un viejo dios.

Veo, al otro lado del mundo, a las gentes pobres que se manifiestan en protesta contra los otros blandiendo las mismas banderas que les han hecho pobres, llamando a la guerra santa contra los infieles e invocando al viejo dios de un viejo libro.

Y oigo, en las provincias del Imperio, a intelectuales que un día fueron laicos y hasta "rojos" ponerse comprensivos con "esta guerra justa", alabar las religiones no fundamentalistas (como si hubiera habido alguna que no lo haya sido), recomendar la lectura del Corán a destiempo, comprometerse incluso a construir mezquitas a cuenta del estado laico y negociar con los imanes el futuro manual de la buena conducta del inmigrante integrado.

¿Era esto lo que llamaban posmodernidad?

Tiempos hubo, a los que Chaplin llamaba modernos, en que las guerras se mencionaban por su nombre (hasta cuando eran "frías"), los inmigrantes eran conocidos con el nombre de trabajadores, los sindicatos no diferenciaban a los trabajadores por sus creencias religiosas y los intelectuales no aspiraban a sustituir a los Papas ni a los Emires sino que cultivaban el análisis, la crítica, la cultura laica, el antibelicismo, los valores de la Ilustración.

Que venga Marx y lo vea! Aquellos tiempos no volverán, desde luego. Pero podrían volver al menos sus ideas para ayudarnos a salir del asombro.

Para los nuevos esclavos de la época de la economía global (que, según dice el profesor de Surrey, Kevin Bales, andarán rondando los treinta millones), para los proletarios que están obligados a ver el mundo desde abajo (un tercio de la humanidad) y para unos cuantos miles de personas sensibles que han decidido mirar el mundo con los ojos de estos otros (y sufrirlo con ellos), el viejo Marx todavía tiene algunas cosas que decir. Incluso después de que su busto cayera de los pedestales que para su culto construyeron los adoradores de otros tiempos.¿Qué cosas son esas? ¿Qué puede quedar vigente en la obra del viejo Marx después de que renegaran de él hasta aquellos que habían construido Estados en su nombre y de que llegara la nueva era de las banderas y de las religiones globalizadas?

Aunque Marx sea ya un clásico del pensamiento socioeconómico y del pensamiento político, todavía no es posible contestar a esas preguntas al gusto de todos, como las contestaríamos, tal vez, en el caso de algún otro clásico de los que caben en el canon. Y no es posible, porque Marx fue un clásico con un punto de vista muy explícito en una de las cosas que más dividen a los mortales: la valoración de las luchas entre las clases sociales.

Esto obliga a una restricción cuando se quiere hablar de lo que todavía haya de vigente en Marx. Y la restricción es gruesa. Hablaremos de vigencia sólo para los asombrados, para los que siguen viendo el mundo desde abajo, con los ojos de los desgraciados, de los esclavos, de los proletarios, de los humillados y ofendidos de la Tierra. No hace falta ser marxista para tener esa mirada, por supuesto, pero sí hace falta algo de lo que no andamos muy sobrados últimamente: compasión para con las víctimas de la globalización neoliberal (que es a la vez, como se está viendo, capitalista, precapitalista y posmoderna).

Para éstos, Marx sigue tan vigente como Shakespeare para los amantes de la literatura. Y tienen sus razones. Voy a dar algunas de las razones de que podrían aducir estos seres anónimos que sólo aparecen en los media debajo de las estadísticas y en las páginas de sucesos.

Marx dijo (en el volumen primero de El Capital y en otros lugares) que aunque el capitalismo ha creado por primera vez en la historia la base técnica para la liberación de la humanidad, sin embargo, justamente por su lógica interna, este sistema amenaza con transformar las fuerzas de producción en fuerzas de destrucción. La amenaza se ha hecho realidad. Y ahí seguimos.

Marx dijo (en el volumen primero de El Capital y en otros lugares) que todo progreso de la agricultura capitalista es un "progreso" no sólo en el arte de depredar al trabajador sino también, y al mismo tiempo, en el arte de depredar el suelo; y que todo progreso en el aumento de la fecundidad de la tierra para un plazo determinado es al mismo tiempo un "progreso" en la ruina de las fuentes duraderas de esa fecundidad. Ahora, gracias a la ecología y al ecologismo, sabemos más de esa ambivalencia. Pero los millones de campesinos proletarizados que sufren por ella en América Latina, en Asia y en Africa han aumentado.

Marx dijo (en el Manifiesto comunista y en otros lugares) que la causa principal de la amenaza que transforma las fuerzas productivas en fuerzas destructivas y mina así las fuentes de toda riqueza es la lógica del beneficio privado, la tendencia de la cultura burguesa a valorarlo todo en dinero, el vivir en las "gélidas aguas del cálculo egoísta". Millones de seres humanos, en Africa, Asia y América, experimentan hoy que esas aguas son peores, en todos los sentidos (no sólo el metafórico) que las que tuvieron hace años. Lo confirman los informes anuales de la ONU.

Marx dijo (en un célebre discurso a los obreros londinenses) que el carácter ambivalente del progreso tecnocientífico se acentúa de tal manera bajo el capitalismo que obnubila las conciencias de los hombres, aliena al trabajador en primera instancia y a gran parte de la especie humana por derivación; y que en este sistema "las victorias de la ciencia parecen pagarse con la pérdida de carácter y con el sometimiento de los hombres por otros hombres o por su propia vileza". Lo dijo con pesar, porque él era un amante de la ciencia y de la técnica. Pero, visto lo visto en el siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI, también en esto acertó.

Marx dijo (en los Grundrisse y en otros lugares) que la obnubilación de la consciencia y la extensión de las alienaciones producen la cristalización repetitiva de las formas ideológicas de la cultura, en particular de dos de sus formas: la legitimación positivista de lo existente y la añoranza romántica y religiosa.

Ojeo los periódicos de ese inicio de siglo y me veo, y veo a los pobres desgraciados del mundo, ahí mismo, en la misma noria, entre esas dos formas de obnubilacación de la conciencia: jaleando por millones a Papas o a Emires que condenan los anticonceptivos en la época del SIDA, matándose en nombre de dioses que dejaron de existir después de Auschwitz y consumiendo por millones la última inutilidad innecesaria mientras otros muchos más millones se mueren de hambre.

Marx dijo (ya de joven pero también de viejo) que para acabar con esa noria exasperante de las formas repetitivas de la cultura burguesa hacían falta una revolución y otra cultura. No dijo esto por amor a la violencia en sí ni por desprecio de la alta cultura burguesa, sino sencillamente con la convicción de que los de arriba no cederán graciosamente los privilegios alcanzados y con el convencimiento de que los de abajo también tienen derecho a la cultura. Han pasado ciento cincuenta años. Inutilmente se ha intentado por varias vías que los de arriba cedieran sus privilegios, pero todos esos intentos han fracasado.

Y cuando los de abajo han hecho realidad su derecho a la cultura los de arriba han empezado a llamar cultura a otra cosa. De esa constatación nace el fundamento de la revolución.

Como Marx sólo conoció los comienzos de la globalización y como era, además, una pizca eurocéntrico, cuando hablaba de revolución pensaba en Europa. Y cuando hablaba de cultura pensaba en la proletarización de la cultura ilustrada. Ahora, en el siglo XXI, para hablar con propiedad, habría que hablar de la necesidad de una revolución mundial. Y para hablar de cultura, habría que valorar lo que ha habido de bueno en las culturas de los "pueblos sin historia".

Como de momento no se puede hablar en serio de esto, porque quienes podrían hacerlo no tienen ni siquiera las proteinas necesarias para ello, las gentes, en general, vuelven sus ojos nuevamente hacia las religiones. Lo que no se dicen es que las religiones siguen siendo, como cuando vivía Marx, "el suspiro de la criatura abrumada", "el sentimiento de un mundo sin corazón", "el espíritu de los tiempos sin espíritu".

A esa mirada sobre el mundo desde abajo la llamó Marx "materialismo histórico". No hay duda de que desde entonces se han producido otras miradas, tal vez más más finamente expresadas. La pregunta que deberíamos hacernos, al menos los que estamos asombrados por lo que vemos ahora, es esta: ¿Hemos producido algo que dé más esperanza a los que no tienen nada o, en el asombro, vamos a pasarnos?

----------

Francisco Fernández Buey é professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona.



Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

    Av. Barão do Rio Branco, 2390 - Centro - 36.016-310 - Juiz de Fora - MG - Fone: (32)2101-2000

    Las 13 abuelas que sanan la Tierra

    Hubo un tiempo, no hace tantos años, en que los ancianos eran respetados y admirados por su experiencia. A ellos se acudía a pedir consejo; ellos tenían casi la última palabra dentro de las familias. Pero hoy en la mayoría de las sociedades occidentales la estructura familiar ha cambiado: se ha reducido drásticamente y es cada vez más rara la convivencia de tres (o más) generaciones en un mismo espacio. El rol de los abuelos se limita, en muchos casos, a cuidar a los nietos que sus propios hijos no pueden atender por las jornadas extensivas de trabajo. Nuestra sociedad rinde culto a la juventud (aparente o real) y a la novedad, en detrimento de la senectud y la sabiduría atesorada. ¿Quién nos orienta, entonces? ¿Cómo encontrar esta voz de la experiencia?

    La respuesta llega de los que siguen viviendo en contacto estrecho con la Naturaleza: los grupos indígenas. Entre los indios americanos, las tribus africanas y de la Amazonia, los pueblos del Ártico o las comunidades espirituales del Tíbet, los ancianos son ejemplo, apoyo y mando. De entre estos ancianos, además, han sido las mujeres las que se han puesto en marcha para lo que consideran una tarea de vital importancia: aportar su experiencia para sanar un mundo que ven doblegado por el hambre, las enfermedades, las guerras, la falta de diálogo y la muerte lenta de la Naturaleza. Las Grandmothers (o Abuelas, en inglés) son un consejo de trece mujeres indígenas de todo el mundo reunidas para una múltiple vindicación: por el valor de los ancianos, por el respeto a la mujer, por la preservación de sus culturas y por la salvación de la Tierra y de todos los seres que la habitan. Cuentan para ello con medios casi exclusivamente espirituales: las Abuelas poseen la sabiduría que puede curarnos, basada en su contacto directo con la Naturaleza y en las enseñanzas transmitidas de generación en generación. Enseñan a hacerle frente al desconcierto actual y la enfermedad con la fe, la tradición y la medicina natural. Desde siempre, lo han hecho en sus zonas de origen; desde hace apenas un año, trabajan para todo el planeta en el Consejo Internacional de las Trece Abuelas.

    El comienzo de la marcha

    Fue Bernadette Rebienot, una bwiti con 23 nietos, la que un día visualizó el nacimiento del Consejo de Abuelas. En su Gabón natal, las reuniones de las ancianas en la selva para orar por la paz y el bienestar del mundo son habituales. Esta visión se materializó cuando Bernadette coincidió con Jyoti, una psicóloga clínica y guía espiritual estadounidense que viajó a África para estudiar con ella. Al comprobar que ambas coincidían en su visión, Jyoti movilizó a su organización, el Center For Sacred Studies (CSS), para hacer realidad el Consejo. Jyoti, Lynn Schauwecker, Ann Rosenkranz y Carole Hart, todas del CSS, organizaron tanto la reunión de las Abuelas como el Global Women’s Gathering (Encuentro Planetario de Mujeres), celebrado en octubre de 2004 en Fenicia, Nueva York, en el que las abuelas indígenas y otro nutrido grupo de abuelas occidentales debatieron los retos del sistema social actual.

    Sus conclusiones sobre cómo curar al mundo de la opresión, cómo mantener el equilibrio de la Madre Tierra y preservar las culturas mediante el retorno a la sostenibilidad, el respeto a los mayores y a la sabiduría tradicional, las empujó a crear el Consejo Internacional de las Trece Abuelas Indígenas, auspiciado por el Center For Sacred Studies, para expandir su sabiduría con fe y esperanza: «Representamos una alianza global de plegaria, educación y formación para nuestra Madre Tierra, todos sus habitantes, todos los niños y para las generaciones venideras». De hecho, su intención de recuperar esta voz de la experiencia femenina es una labor a largo plazo que, esperan, hará perdurar su saber protector a los descendientes de los próximos siglos. Lo importante es dar a conocer sus intenciones tanto a la clase política como a todos los ciudadanos del mundo. Unas intenciones que se definen en la Declaración de las Abuelas, elaborada durante del Encuentro planetario de mujeres: «Somos trece abuelas indígenas unidas por una visión común. Venimos aquí desde la selva amazónica, del círculo polar ártico norteamericano, de los grandes bosques del noroeste de Estados Unidos, de las montañas de América Central, de las Black Hills de Dakota del Sur, de las montañas de Oaxaca, del Tíbet y de las selvas tropicales de África Occidental. Creemos que nuestras ancestrales formas de rezar, de reconciliación y sanación son necesarias hoy. Nos reunimos para educar a nuestros hijos; conservar las práctica de nuestras ceremonias y afirmar el derecho para usar nuestras plantas medicinales libres de restricciones legales; proteger las tierras donde nuestros pueblos viven y de las que dependen; para salvaguardar la herencia colectiva de la medicina tradicional y defender la Tierra en sí misma. Creemos que las enseñanzas de nuestros antepasados iluminarán nuestro camino por un futuro incierto».
    Desde la primera reunión, el mensaje de las Abuelas se ha podido escuchar en varios actos, como el segundo encuentro del Consejo en Pojoaque Pueblo (Nuevo México, EEUU) y los intercambios culturales y rituales en California y la Amazonia brasileña, en primavera y verano de 2005, respectivamente. El tercer encuentro del Consejo se celebrará en Oaxaca, México, esta primavera. A continuación, resumimos este saber sanador en las palabras de tres de las Abuelas: Bernadette Rebienot, Flordemayo y Agnes Baker-Pilgrim.

    Secretos de la naturaleza

    Bernardette nació en Libreville, donde ha tenido 10 hijos y ha trabajado como profesora y coordinadora de escuela. Además, es sanadora, maestra del rito Iboga Bwiti y de la Women’s Initiations. Desde las selvas tropicales de Gabón, cuenta: «Nuestro planeta está enfermo por los interminables estragos causadospor la gente, la contaminación, la deforestación, los abusos de poder, los celos y el odio. La Tierra sufre de horribles guerras que transforman a la gente en monstruos. Además, están las pandemias: el sida, la malaria, el cáncer y otras plagas. Estas importantes enfermedades se agravan con el hambre, una pobreza que va en aumento: por la muerte de ideas y culturas y por el desprecio y el rechazo del prójimo, que señala el retorno de todas las formas de discriminación. Hemos perdido nuestro camino. La naturaleza nos lleva hablando desde hace ya algunos años y manifiesta su rabia con terribles y precisas catástrofes, usando el aire y el agua, mortíferos fuegos y olas de calor.

    »He estado al servicio de las personas desde joven como doctora tradicional y sanadora, pero donde encuentro vida es en la selva. Es aquí donde todavía sé como convertirme en un todo con un paisaje lleno de miles de misterios. La selva no absorbe mi ser. Todo lo contrario, me permite capturar los secretos de lo invisible, de los que somos depositarios. Creo que pronto estos secretos se convertirán en valiosas brújulas para la Humanidad. Escuchando los secretos de la selva, he elaborado remedios. He aprendido sobre la fragilidad y la infinita pequeñez de la Humanidad, la vanidad de nuestros excesos y la efímera naturaleza de nuestra existencia. Me han enseñado la fuerza de la paz y de las familias unidas. La Humanidad debe reconciliarse con la naturaleza. Los pueblos del futuro no serán aquellos que creían únicamente en la lógica, en el reino de los números y en el capital, sino aquellos que hayan entendido que la red de la sociedad del mañana reside en el respeto y la consideración por el prójimo. Así el diálogo reemplazará a la guerra».

    Unión de plegarias

    Agnes Baker-Pilgrim es la mujer viva más vieja de los indios del río Rogue, los takelma bamd de los grandes bosques al sur de Oregón, EEUU. Su tribu la considera una leyenda viva, la embajadora de la MadreTierra. «En mi pueblo se ha pasado una historia que cuenta que la única obligación que nos dejaron los antepasados fue rezar, por lo que me convertí en una oradora. Viajo a países diferentes siendo una voz para los que no la tienen. Todas las cosas creadas necesitan una voz. Se me pide que rece por los tigres de Bengala, por los animales de África, por los lobos, por el salmón y por el río Ganges de la India. Fui a Australia para rezar por el río Murray-Darling y su contaminación y también lo hice por los cóndores y ahora están regresando a Oregón, después de haberse ido hace unos 200 años. Mi tribu me envía a regiones que necesitan oraciones y bendiciones. Se me envía a bautizar un barco, a derrumbar edificios, a prestar testimonio en lugares protegidos y a luchar por la vida de plantas únicas. Me han llamado para dirigir plegarias y parar talas completas o para ser grupo de presión en Washington y de este modo salvar nuestro lugar sagrado, Siskiyou, aquí en Oregón, que tiene flora que no crece en ningún otro lugar de la Tierra. Hasta el momento, lo hemos conseguido y continuaremos luchando. Como miembro titular de mi tribu, las Tribus Confederadas de los Indios Siletz, he luchado por mejoras en cultura y tradiciones. He estado a las puertas de la muerte. Sobreviví a un cáncer en 1982. Le pedí a mi Creador que me salvara porque me quedaba mucho por hacer. El Creador ha respondido a muchas de mis plegarias y yo reparto bendiciones porque se me ha permitido ser una mediadora.

    »Ya es hora de que unamos nuestras oraciones a las de todos los pueblos de la Tierra. Juntos podemos acabar con los abusos a mujeres y niños, el hambre, la falta de protección de nuestras plantas medicinales y el consumo de drogas. Podemos estar unidos sin que importe cuáles sean nuestras creencias religiosas o espirituales. Podemos estar unidos y luchar por salvar nuestra Madre Tierra y rescatar nuestra propia existencia. Estamos todos juntos en esta ‘canoa agujereada’ por lo que debemos ser fuertes y seguir hasta que nuestros corazones toquen tierra».

    Ser honrados

    Más al sur, entre la frontera de Nicaragua y Honduras, la indígena maya Flordemayo aprendió de su padre, chamán, y de su madre, sanadora, las costumbres y los métodos de curación de su pueblo. La honradez y la libertad de espíritu son los pilares de su mensaje: «Nunca me he preguntado qué he venido a hacer a este mundo. Siempre había entendido mi objetivo a través de mi diálogo personal con el espíritu de mis antepasados, mediante visiones y sueños. Crecí aprendiendo a interpretar sueños. Era obligatorio en mi familia. La Asamblea de las Abuelas estaba ya escrita en piedra para mí: era mi destino. Había oído hablar de ella en las profecías del pueblo maya y también me fue otorgada una visión directa de que la Asamblea se iba a reunir. Elegí aceptar un puesto en la Asamblea porque sentí que somos muchos en el mundo los que hemos perdido el contacto con lo básico. Las mujeres llevan más toxinas en sus cuerpos ahora que nunca. Es esperanzador volver a enseñar a la gente a cultivar y sobrevivir. Estamos reaprendiendo a cuidar la Madre Tierra. Con esto, permitimos que el espíritu de las plantas y las aguas sagradas nos sanen.

    »Creo que la tierra y los elementos tienen la capacidad de autocurarse. Quizás no ocurra durante nuestra vida, pero todo lleva su tiempo. Vivimos bajo una ley sagrada: la vida es un círculo. Nada está oculto, y siempre hay una razón para que las cosas ocurran.

    »Creo que la sanación del mundo es posible. Pero como para todo, se va a necesitar un buen grupo de gente que lo crea para hacerlo una realidad.

    »El mejor modo de continuar curándonos a nosotros mismos es honrar a nuestros espíritus libres. Honrándolos, nos volvemos indulgentes y, con ello, comprensivos y cuando somos comprensivos, nos volvemos honrados y entonces podemos continuar con nuestras vidas. Tenemos que encontrar también nuestro propio camino individual. Nos costará todauna vida conseguirlo, pero es necesario».


    La profecía del Tambor

    El Tambor de la Abuela es uno de los instrumentos del Consejo. Fue construido en el año 2000 a partir de una visión de las indígenas de Alaska para convertirlo en el símbolo de su misión.

    Tiene 200 cristales en su base en forma de tetera de unos dos metros de diámetro, y viaja por todo el mundo como un símbolo de unión universal.

    Dicen que su sonido mueve almas y corazones. Su centro de piel de búfalo emite un estruendo clave para curar el mundo en la próxima década.

    Las Abuelas recorren con él el Anillo de Fuego geológico de nuestro planeta, un fuego que si se activa, según la profecía de las Abuelas, renovará la voluntad global de reconciliación y de paz.

    Nota: (Fuente del texto: La Revista Integral) 

     

    Cultura de la marginación


    Las representaciones de las comunidades pobres en Brasil muchas veces nos presentan imágenes de una población que sólo posee como principales agentes la exclusión social y la violencia. Favela es sinónimo de violencia y narcotráfico. Una etiqueta muy fácil de imponer a los más de 4.000 barrios marginales de Brasil. Sin embargo, muy pocos saben que los símbolos más exportables del país, desde la samba al carnaval, son productos culturales surgidos en estos suburbios.

    La favela Cidade de Deus se hizo famosa en Europa por la película de mismo nombre del director Fernando Meirelles, que narra las guerras del crimen organizado y las andanzas de una banda de adolescentes liderada por un asesino compulsivo, el sanguinario Zé Pequeño. Esta interpretación cinematográfica representa la imagen de unas comunidades donde muchas veces las relaciones sociales traspasan los límites de lo justo, y así lo tomamos por su identidad. Con sus trazados caóticos, las favelas son delineadas con dibujos de líneas sinuosas y entrelazadas para formar tramas laberínticas. Estructura compuesta por gran número de divisiones (pasillos angostos, callejones, claraboyas) y de resoluciones espaciales tan complejas en las que difícilmente podríamos orientarnos. Un universo cerrado que mantiene sus propias reglas, un campo de batalla donde los moradores son soldados armados. Un bando de miserables, asociados a un estado de barbarie cuyos límites están determinados por su propia miseria, que parecen amenazar el confortable mundo civilizado de las élites brasileñas.

    Dentro de todos estos signos externos que a primera vista no ayudan a deshacer el tópico de marginalidad, la mayoría de la población lleva una vida alejada de la violencia. Este mundo de chabolas se ha convertido en uno de los mayores focos emisores de cultura de Brasil. Una cultura caracterizada por ser tremendamente joven y autogestionada. Sin ninguna ayuda de las autoridades, esta gente, salida de los guetos y la pobreza, hace música, moda, danza o teatro como alternativa a la violencia. Una marca de identidad propia y de distinción que gana hoy visibilidad como la fuente de significado de un submundo atrapado por la marginación estatal y por las clases altas del país.

    El resultado es una cultura bastante singular, de carácter local y ciertamente aislada pero que se conecta con el resto del país y del mundo gracias a las poderosas armas de Internet. A través de Google, el gran buscador de la Red, se encuentran páginas referentes a multitud de proyectos y algunos incluso con web propia, imagen corporativa y logotipo. Desde compañías de teatro hasta una agencia de fotógrafos. Todo por un mismo objetivo: mostrar al mundo la realidad de la favela a través de su propia gente sin los tópicos creados desde el exterior.

    Es una cultura conectada a la Red, de tal modo que existen favelas que sólo pertenecen al universo virtual, como es el caso de la web de Viva Río, una de las ONG más potentes del país. Esta organización da trabajo a un millar de personas y está presente en 600 comunidades pobres con proyectos de superación de la violencia, trabajo para jóvenes y propuestas de educación y cultura sobre todo a través de Internet.

    Por otro lado, se encuentra TV ROC, la primera televisión por cable hecha y gestionada desde una comunidad marginal. Se emite en Rocinha, la favela más grande de América y una de las más emblemáticas de Rio de Janeiro con cerca de 200.000 habitantes. Por 7 euros al mes toda una programación compuesta por 25 canales en una ciudad sin alcantarillado, sin agua corriente y sin servicio urbano alguno.

    Tony Barros, fotógrafo nacido en la favela de Cidade de Deus, en el mismo lugar donde nació el famoso Zé Pequeño, vive entregado a la solidaridad con su comunicad. Desde 2002 dirige Lente do Sonhos, una escuela de modelos en la que centenares de jóvenes favelados de hasta 21 años y de ambos sexos participan de diferentes actividades como son la moda, la fotografía o la danza. “Tenemos a la vez una cultura supervocal, aislada y muy conectada con el mundo por Internet”, comentaba el fotógrafo en una entrevista. Son las principales características del auge de una cultura contra la marginación en espacios donde la miseria y la pobreza conforman estos escenarios.

    EL ESPIRITU DE LAS DANZAS AFROYORUBAS - DANZAS DE ORIXÁS

    Las Danzas de Orixás que hoy en día practicamos, son recreaciones artísticas y estilizadas de las danzas sagradas religiosas pertenecientes a la Religión Tradicional Africana. (RTA), mas precisamente la religión del pueblo Yoruba, originario de lo que hoy llamamos Nigeria y Benim, en África Occidental.
    El pueblo Yoruba, que constituye una Nación, es una de las tres tribus principales del actual territorio de Nigeria, junto a los Igbo y a los Ahussas. Tienen su centro político en la ciudad de Oyó, cuyo rey recibe el nombre de Alafin, y su centro religioso en la ciudad de ifé gobernada por el Ooni, líder espiritual de la Nación. Este pueblo fue en la antigüedad conquistador, por lo que ejerció una fuerte influencia religiosa sobre los pueblos conquistados, pero también supo asimilar creencias que completaban y eran afines a sus concepciones filosofo-religiosas.
    Fueron unos de los últimos pueblos que llegaron esclavizados a América, pero son los que mayor legado religioso nos han dejado.
    Para el negro, la religión es la vida misma, y sus dioses habitan entre los hombres, hasta el menor acto cotidiano tiene relación directa con los seres superiores y los ancestros, quienes son invocados, alabados y exaltados por medio de rituales, de la música y la danza.
    La característica principal de estas danzas, es que es "propia de los Dioses (Orixás)" es decir, dentro del ámbito místico-religioso, cuando los Orixás "bajan" a tierra y se manifiestan en el cuerpo de sus fieles, bajan para alabar a Dios, y el modo en que lo hacen es simplemente, danzando. Cada uno tiene su energía particular, que se traduce aquí en la tierra y entre los hombres, con un toque de tambor que le es propio a ese Orixá, y se acompaña con determinados pasos de danza. Lo que se representa, son mitos y leyendas, los sucesos que ellos vivieron en el cielo(Orum) y aquí en la tierra (Ayé).

    Los Orixás, son Las Fuerzas Vivas de la Naturaleza es decir, la energía del mar, del volcán, del viento, del sol. Si bien se los representa con características humanas, los mitos y leyendas no hacen sino, contar en parábolas las relaciones que tiene entre sí las diferentes energías de la naturaleza y la interacción con los hombres. Por esto, se distinguen danzas y toques de fuego, de aire, de tierra y de agua. La principal destreza a desarrollar es justamente reconocer estos diferentes toques para danzarlos con los pasos y gestos que le corresponden. Podría decirse, (y sinceramente creo que es el trabajo más arduo pero al mismo tiempo el mas gratificante) que el fin último de estas danzas es llegar a bailar el Xiré o Rueda de Orixás, con la energía acorde a cada elemento, sin sobresaltos, sin tensiones, pasando de un estado emocional y corporal a otro completamente diferente, con naturalidad, pero siempre aplicando la energía correspondiente. Así, en esa Rueda irán pasando uno a uno los Orixás, envueltos en su magia, en sus misterios: Exú, el Primogénito del Universo, el Dinamo que genera la energía para que el mundo siga en constante movimiento, dará paso al guerrero Ogum, que es el hierro que se esconde en las entrañas de la tierra, la energía masculina que abre caminos y simplemente "realiza". Es el esperma que entra con fuerza en el óvulo para crear vida, el ingeniero que construye caminos para la comunicación humana, el metal que facilita las labores y el progreso humano. También se encuentran las energías femeninas, como Yemanjá, quizá la más conocida de todos los Orixás. Ella es el mar, y su danza reproduce el movimiento de las olas, de las mareas fuertes, o del mar en calma. Iansa, cuyo cuerpo físico es el viento, y tiene una danza rápida, nerviosa, sensual y alucinante...Nadie puede resistir quieto el toque de Iansa, nadie puede no desear despegar sus pies de la tierra como ella y entregarse al ritmo con igual pasión y encanto...

    Estas danzas tiene mucho de "representación actoral" pues no basta con conocer la técnica y las coreografías, sino que el bailarín tiene que llegar a "ponerle alma a su personaje" En las danzas africanas, el bailarín se hace dueño del espacio, se hace protagonista y centro de la reunión, intentando recibir el reconocimiento y el festejo de todos los participantes. Danza con todo el cuerpo y a la vez, cada parte del mismo puede llegar a responder a un tambor diferente. Son comunes los "duelos" entre el bailarín y los tamboreros, en los cuales se entabla un "diálogo" entre ambos, hablándose, respondiéndose y desafiándose mutuamente.
    Siempre se baila descalzo, pues el contacto con la tierra es fundamental. La tierra representa los ancestros, y es honrada por ser el sustento y madre de todo lo que existe. Muchas veces, el bailarín danza manteniendo su plexo solar inclinado hacia el suelo, en una reverencia a la tierra, mostrándole respeto y gratitud.
    Es un trabajo que exige una sana curiosidad por aprender cada día más sobre los distintos Orixás, pues cuantas mas narraciones mitológicas conozca el bailarín, mayores herramientas tendrá para darle vida a cada personaje, paciencia para desbloquear movimientos que están dentro de nosotros desde tiempos remotos pero los hemos olvidado, y sobre todo un profundo respeto hacia la cultura Africana y sus mitos.
    Dice un poema de Birago Diop, escritor Senegalés:

    Escucha más seguido
    A las cosas que a los seres:
    La voz del fuego se oye,
    Oye la voz del agua.
    Escucha en el viento
    El arbusto en llanto...

    De eso se trata, de restablecer lazos primitivos y sagrados de comunión con la naturaleza, con los dioses, con nuestra más pura esencias humana que encierra la esencia divina, pues la energía de cada elemento es parte de nosotros mismos. Siendo hombres y mujeres mortales, tenemos dentro de nosotros cada arquetipo ( hasta Carl Yung estudió estos mitos religiosos para realizar sus estudios) que en mayor o menor grado, pugnan por expresarse, por darnos un mensaje particular para ayudarnos a entendernos mejor, a ser más plenos...
    Así, hoy puedo decir después de años de profundización y de un eterno aprendizaje que bailo para los dioses, porque escucho sus voces en el vaivén de la naturaleza y de todo lo que existe"...


    LA DANZA DEL VIENTRE

    «La danza del vientre te conecta con algo que fuiste. En otra vida, otros mundos»

    Maialen Urdapilleta. La danza: Tierra, aire, fuego, agua.

    Descubrió la danza del vientre con 14 años. No en Arabia, no en Egipto. Aquí mismo, cerca de La Zurriola. Supo que iba a ser su forma de expresión. Y la de sus alumnas. Da clases en muchos talleres de danza. Aún no ha estado ni en la Arabia feliz ni en Persia ni en el Magreb pero tiene muy claro que un hilo magnífico, de oro y sensualidad, une la danza del vientre con el yoga y la meditación. Y está inmersa en un proceso de investigación, estudio, placer y comunicación.

    Egilea
    Begoña del Teso

    Komunikabidea
    Diario Vasco

    Lekua
    San Sebastián

    Mota
    Elkarrizketa

    Data
    2006/06/25

    - Estamos hablando de la danza del vientre en euskera. Curioso, ¿no?

    - ¿Te lo parece?

    - De primeras, me asombra. Supongo que esperaba una odalisca, una hurí, una dama del Magreb. No sé, como hablar de flamenco con una japonesa...

    - Verás, por supuesto que en todo el mundo árabe bailan la danza del vientre desde la raíz más verdadera. Desde niñas han estado cerca de esa música, de esos ritmos, de esa sensualidad, de ese universo, de esos movimientos. Pero, por otra parte, no creas. La danza del vientre del siglo XXI es el resultado de una potentísima fusión. Al principio, casi en la prehistoria, mujeres de pura tierra movían únicamente las caderasen un rito de intensa fertilidad. Poco a poco esa mujeres entraron en contacto con los otros elementos primigenios: las persas movían las manos elevándolas al aire; en la mirada de las señoras del harén había fuego. Los movimientos se fueron ondulando más y más, hasta hacerse casi acuáticos... Volviendo a lo de una occidental bailando la danza del vientre, por supuesto que ese baile tiene un origen claro y un universo sabido, pero en realidad, puede bailarlo cualquier mujer que quiera recuperar aquello que, de alguna manera, le ha sido hurtado: su cuerpo, sus caderas, sus curvas. Su chakra primero, ése que nos ha sido cercenado.

    - El chakra primero está, precisamente ahí, en el vientre, y es el de la sexualidad, ¿no?

    - Sí. Y por serlo, por ser el más peligroso, porque si se nos enciende puede llevarnos al éxtasis y al contacto con la Naturaleza más poderosa, es por lo que nos lo han hecho ocultar hasta casi provocar su desaparición.

    - Pero no lo han conseguido.

    - No. Es demasiado potente. Sin embargo, Occidente ha desarrollado una danza en exceso estilizada y gimnástica que se aleja de la tierra. Espectacular, eso sí, muy espectacular. Cuando contactas y conectas con los mil bailes del Oriente, o con el flamenco mismo, descubres que lo suyo, a pesar de la gran perfección, de la maravilla, de sus pasos y movimientos, es simple, muy simple y busca la relación con lo que nos da la vida.

    - De alguna manera, impresiona. Me imagino a sus alumnas. Llegan para mover un poco el esqueleto y se encuentran con una danza que clava sus raíces en la vida misma.

    - Yo, lógicamente, ni puedo ni quiero ni debo obligarlas a que se introduzcan tan al extremo de esta danza, pero sí prefiero enseñarles cinco movimientos bien sentidos, bien interiorizados, que mil realizados porque sí o porque no. De todas ellas, algunas se quedarán en la superficie y otras empezarán a preguntarse qué es lo que están sintiendo y por qué lo sienten. Entonces, penetrarán suavemente en su interior. De esas, unas tantas comprenderán que la danza del vientre te conecta con algo que fuiste. En otras vidas, en otros mundos. Uno puede bucear en su interior de muchas maneras. Yo creo que hay quien lo hace a través del yoga o por medio de la meditación. A mí me ha tocado buscarme a través de la danza. Y quiero unir esos tres puentes.

    - En Arabia, ¿reflexionan de esta manera sobre la danza del vientre?

    - Resulta increíble y poderoso. Por un lado, no hay fiesta sin bailarina, bailarina que llegó a bailar en antiguos templos como una sacerdotisa. Pero por otro lado, ningún hombre quiere que la que baile sea su mujer o su hija porque aquella que ejecuta la danza del vientre está considerada, en ciertos casos, lugares y momentos, peor que una perdida. Las desprecian, las aman y crearon mil músicas diferentes para acompañarlas. Bailan al ritmo de sones populares y antiquísimos. También al de otros de altísima sofisticación y clasicismo.

    - En Occidente la imagen de una bailarina de la danza del vientre es...

    - ...La que nos transmitieron aquellos primeros viajeros y artistas llamados orientalistas. Cayeron bajo el embrujo de pueblos que no habían renunciado a su unión con la tierra verdadera. Una imagen puede que idealizada pero real: supieron captar la sensualidad de la mujer que reconoce su cuerpo y su placer.

    Ilustrazioa  

    SISTEMAS DE RADIODIFUSORAS CULTURALES DE LOS PUEBLOS INDIGENAS

    Las radiodifusoras indigenistas se han abierto paso en la mente y el corazón de sus escuchas. Locutores, operadores, músicos, intérpretes, danzantes, compositores, narradores, corresponsales y muchos indígenas más han hecho suyo este espacio de comunicación único en su tipo.

    Todo empezó el 10 de marzo de 1979, cuando el entonces Instituto Nacional Indigenista, hoy Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), puso en el aire las transmisiones de la radioemisora XEZV La Voz de la Montaña, en Tlapa de Comonfort, Guerrero. Hoy, el Sistema de Radiodifusoras Culturales Indigenistas (SRCI) comprende veinte emisoras que transmiten en la banda de amplitud modulada y siete más en la banda de frecuencia modulada operadas, cuatro de ellas, con la participación de niños y niñas mayas en los albergues de Yucatán.

    No es posible narrar la historia del Sistema de Radiodifusoras Culturales Indigenistas en pocas palabras. A lo largo de su vida han transitado compañeros y compañeras, radioapasionados todos ellos, que han puesto lo mejor de su empeño por lograr un medio de comunicación indígena para los indígenas.

    Es posible observar el impacto que han tenido las radios en la población indígena en las fiestas de los aniversarios, en los rostros de la gente que llega a su radio, muchos de ellos tras caminar horas o días para llegar al festejo. A ello se suma la satisfacción de recibir miles de cartas y de llamadas telefónicas que llegan mes con mes a las emisoras; de poder servir de enlace entre los migrantes y sus familias; de contar con la participación de las comunidades en los Consejos Consultivos que trabajan en la mayoría de las estaciones; de observar la alegría de los niños que tienen su propio programa o de leer la carta del indígena que produce material desde el Centro de Producción Radiofónica del reclusorio en Tlaxiaco, Oaxaca.

    A lo largo de 25 años, las radiodifusoras indigenistas han transmitido y difundido la lengua, la cultura, las tradiciones y la música de las comunidades y los pueblos indígenas. En estos más de cinco lustros las radios han acumulado la sabiduría de los ancianos, han recogido las inquietudes de los jóvenes, de los hombres y de las mujeres; y su memoria se encuentra resguardada en la Fonoteca Henrietta Yurchenco, así como en las fonotecas de cada una de las emisoras del SRCI. Un gran acervo fonográfico único en el mundo.

    En estos años, las radiodifusoras indigenistas también han hecho escuela, han formado recursos humanos al interior de las propias radios, pero al mismo tiempo han abierto espacios para la comunidad, trabajando con corresponsales comunitarios y capacitando a productores radiofónicos en las comunidades indígenas.

    Hoy, cerca del 75% del personal que labora en las radios es indígena y la calidad de su trabajo también es reconocida por innumerables instituciones que acuden a la radio, cada vez más, para la difusión de mensajes de interés para la población.

    Las emisoras del SRCI son las únicas, en todo el país, que transmiten en 31 lenguas indígenas,en cumplimiento del derecho de los pueblos indígenas a ser informados en su propio idioma. Durante este cuarto de siglo las radios indigenistas han sido facilitadoras de procesos educativos, del uso de las lenguas y de su fortalecimiento. Pero, sobre todo, se han convertido en un puente de comunicación entre el mundo indígena y el no indígena.

    La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas asume que el respeto a la diversidad y a la pluralidad de la nación, así como el reconocimiento pleno de que los pueblos indígenas de hoy forman parte de la historia presente y del devenir de nuestro país, todavía son retos por concretar.

    Contar con un sistema nacional de radiodifusión indigenista es una importante estrategia para enfrentar estos desafíos, porque ha contribuido al reconocimiento de la diversidad de los pueblos, a la pluriculturalidad y al fortalecimiento de las lenguas indígenas. Las radios indigenistas se han ganado la confianza de sus radioescuchas porque en estos años han demostrado su inquebrantable compromiso hacia ellos.

    Hoy, la CDI se compromete a trabajar más para lograr que el Sistema de Radiodifusoras Culturales Indigenistas de México se convierta en un espacio accesible y altamente participativo para más pueblos indígenas, que cumpla con el papel de un medio de servicio público de comunicación hacia estos pueblos y que asegure ser una instancia de información e interlocución entre las comunidades indígenas y otros actores de la sociedad. Todo ello con el fin de consolidar el carácter plural y diverso de la nación.


    Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas
    Sistema de Radiodifusoras Culturales Indigenistas